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   A página principal  

    Que Juan Pablo II busque a mi hijo
    María me invitó a su casa

    El último adiós de Juan Pablo a Sor Lucía
    La verdad sobre Balduino de Bélgica
    Un testimonio fecundo: Juan y Áurea

    Un ángel llamado Juan Pablo
    Chiara Amirante
    La visita de Benjamín Berger
    Desde la fe: un sacerdote chino habla de su conversión


 

  Que Juan Pablo II busque a mi hijo 
 

 

 

 

 

 

 Se llama Francesca. A juzgar por su voz se trata de una mujer joven, del norte de Italia. En medio del tráfico de una ciudad enloquecida por los millones de peregrinos, ella empieza a contarnos su historia.

Tiene pocos segundos, pues Radio Radical está recibiendo un sinnúmero de llamadas… Todos quieren contar su experiencia del Papa, todos desean compartir lo que este gigante de la fe representó para sus vidas. ¡A ver qué nos dice esta chica!

De pronto, cesan las preocupaciones viales, y parece como si todos los que esperábamos en el semáforo de la calle Gregorio VII, nos quedáramos prendados de lo que va relatando Francesca, con voz entrecortada.

«Ahora el Papa se ha ido al cielo. Yo, sinceramente, no he sido la mejor de sus hijas… de hecho, hace tiempo que dejé de ir a la iglesia. Aunque he vuelto a rezar en las últimas semanas, porque Juan Pablo II contaba con mis oraciones.»

Y continúa: «Yo sólo deseo decirle al Papa que lo quiero, y pedirle un favor… que ahora que entre en el paraíso, busque a mi hijo. Que busque y encuentre a ese bebé que yo no tuve la valentía de traer al mundo, y que con toda su bondad -que yo he sentido siempre- le suplique que me perdone. Que le diga a mi hijo que pida por mí, para poder abrazarlo un día en el cielo, pues cometí la barbaridad de no querer tenerlo aquí en la tierra… Hoy, después de tantos años, me he acercado a pedirle perdón a Dios…»

La Iglesia ha sepultado al Papa. Pero con su historia, Francesca nos confirma que si bien una lápida cubre hoy el cuerpo de Juan Pablo II, su espíritu, su ejemplo evangélico y su mensaje de misericordia están más libres que nunca.

A la luz de estos ejemplos podremos darnos cuenta cómo este hombre ha transformado el mundo. No sólo en el aspecto cultural, social o político, sino también y sobre todo, cómo ha llegado a nuestro mundo interior para curar nuestras heridas.

¡Cuántas Francescas han sido cambiadas por la palabra valiente de este hombre! ¡Cuántas vidas se han salvado gracias a la promoción audaz de la cultura de la vida!

Hoy también, el Papa, desde la ventana de la casa del Padre, nos bendice. Y si estamos atentos, quizás podamos ver que ahí está con él, el hijito de Francesca. Ya ha perdonado a su madre. Ahora pide para que también ella llegue al cielo, y desde este momento, defienda y celebre la vida, tomando la estafeta de Juan Pablo II.
 

 

 

 

 


     María me invitó a su casa…   
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aún recuerdo la primera vez que encontré el Eco de María en la capilla subterránea de la iglesia greco-católica de mi
ciudad. Era el año 1997 en una pequeña ciudad del centro-norte de Rumanía y  aún no había cumplido 17 años. Para mí, que estaba hambriento de una palabra viva y el deseo de encontrar a gente que sintiese mi misma sed de eternidad, esta pequeña publicación fue un grandísimo don. Sentí enseguida que aquellos mensajes de la Virgen me nutrían, me liberaban, me sumergían en una Luz que lo colmaba todo en mí. Y luego los artículos en los que las personas hablaban de su experiencia de Dios o explicaban acontecimientos cotidianos – o particulares – de la vida de la Iglesia me hacían gozar inmensamente porque comprendía que no era la única que tenía este gran deseo de Dios, de santidad, de entregar completamente mi vida, sino que era parte de un cuerpo, del Cuerpo de Cristo que tendía con todas sus energías al Padre.

Así, escribí a la hermana (sor Anka q.e.p.d.) que traducía el Eco del italiano, para poder recibirlo regularmente. Más tarde
ella me envió el libro “Vivid el amor” que contenía los mensajes de Medjugorje.

Comencé a leerlos junto a mi hermana, a
rezar el Rosario completo todos los días, a ayunar los miércoles y viernes, y a ir a Misa con la mayor frecuencia posible.

Aprendimos también a consagrarnos al Corazón Inmaculado de María y al Corazón de Jesús con aquellas oraciones que la
Virgen misma había dado a través de Jelena.

Y si al principio me parecían oraciones como todas las demás, enseguida me di
cuenta que la consagración no era una simple oración, sino algo que cambiaba completamente mi día: era un ofrecimiento total, un abandono a Dios a través del cual Él guiaba mi vida, la llevaba a cumplimiento y la llenaba de sí. En resumen, ¡era una Vida completamente distinta!

Y así, viviendo los mensajes, sentimos crecer en nosotras el deseo de ir a Medjugorje, de encontrar más profundamente a Aquella que cambió nuestras vidas y nos había unido en su amor.

Pero tuvo que pasar un tiempo antes de que nuestros deseos se realizaran. Nuestros padres se oponían. Por muchos motivos: Medjugorje se encontraba en una zona de guerra, las luchas aún no habían cesado del todo, estaba demasiado lejos (¡una noche y un día y medio de viaje!)…

 Y luego no comprendían el motivo de nuestro deseo porque ellos no vivían la fe y no iban a la Iglesia. Finalmente había otro aspecto a tener en cuenta: no costaba poco, sobre todo para una familia con muchos hijos.

A sus rechazos repetidos, recuerdo que le decía a mi hermana – que me parecía estar más afligida que yo por no poder ir – que nosotros podíamos seguir viviendo  Medjugorje en casa, que nuestro Medjugorje estaba allí, sobre el altar, cuando íbamos a Misa y que en la Eucaristía está todo: Jesús y María junto con todo el Cielo.

Recuerdo que para mí era verdaderamente así: cuando vivía las palabras de María, La sentía dentro de mi corazón cada
vez más viva, y nada podía quitarme ese gozo, ni siquiera el hecho de no poder ir a visitarla a su casa. De hecho, ¿no era esto lo que la Reina de la Paz nos había enseñado? Vivir cada día con Ella, poner al Cristo en el centro de nuestras vidas, hacer de Él nuestra alegría más grande y nuestro todo…

Así pues llegué a Medjugorje por primera vez, sólo en el 2000, junto a un grupo de jóvenes para el festival del año jubilar. Y me encontré enseguida en casa: el silencio, los mensajes, el Rosario completo, la Liturgia cotidiana, la adoración eran
cosas que ya formaban parte de mi vida, pero allí pude experimentarlas más profundamente.

Pude dedicarme a éstas, por así decirlo, a tiempo completo. Muchos buscaban signos, hubieran querido ver a la Virgen, iban de un vidente a otro; pero yo percibía a la Virgen hasta en el aire que respiraba, sentía cada vez más fuerte la necesidad de orar, orar, orar, de estar con Ella, de escucharla, de imitarla.

Cuando volví a casa entré a formar parte de un grupo de oración que había nacido precisamente en Medjugorje, y que ponía en el centro la adoración eucarística y la oración.

Estaba en el tercer año de universidad, tenía que estudiar mucho y ante mí se abrían muchas perspectivas, pero yo sentía que mi vida estaba allí: en la oración, en el ofrecimiento total de la vida – tal como la Madre había dicho en Medjugorje.

Sentía que “es allí donde yo puedo dar más a la humanidad”: en la adoración, en la oración,

en la contemplación, es decir, en el encuentro con el Dios vivo porque es allí donde se  purifica mi corazón y donde yo puedo dar el amor más grande al mundo.

Sentía cómo María me atraía cada vez con más fuerza a Cristo. Resonaban en mi corazón las palabras: “Gracias por haber respondido a mi llamada” y sentía que yo aún no había respondido plenamente a su llamada. No lo había dado todo, todo realmente.

En los dos años siguientes volví seis veces a Medjugorje para pedir luz y comprender cómo podía entregarlo todo, y cada vez fue María la que se encargó del dinero, del viaje, del alojamiento; a veces incluso de forma incomprensible y  completamente sorprendente. Y todo para llevarme allí, a aquel lugar al que Dios Padre la había enviado para recordar a sus hijos “el camino de la paz” y para ayudarlos a caminar, “en santidad y justicia”, hacia la plenitud de la vida.

Porque Ella sabía que si yo encontraba y tocaba el infinito amor del Dios Vivo no iba a desear nada más en esta tierra que entregarme completamente a Él y ponerme a Su servicio.

Ahora estoy consagrada en una comunidad contemplativa que conocí precisamente en Medjugorje, y en el silencio de la
oración, a través del Corazón Inmaculado de la “Toda Santa”, ofrezco mi vida por la salvación del mundo para que puedan cumplirse los planes de Dios para la humanidad de hoy.

Ruego para que cada hombre pueda acoger la invitación de la Reina de la Paz a la oración y a la conversión del corazón y descubra de este modo la bondad infinita, la belleza estupenda de Dios y el inmenso gozo de vivir en Él, por Él, con Él, como Él, siempre junto a una Madre Inmaculada.

Cristina Palici

Tomado del "Eco de Medjugorje",  número 180, marzo-abril 2005.


 

 



   El último adiós de Juan Pablo II a Sor Lucía 

El PAPA RECONOCE QUE SIEMPRE SE SINTIÓ SOSTENIDO
POR LA ORACIÓN DE SOR LUCÍA


El último adiós de Juan Pablo II a Sor Lucía  -testigo de las apariciones marianas de Fátima-, con quien le unía una profunda amistad espiritual, se hizo el martes vehiculo de su gratitud por el apoyo  que siempre sintió, especialmente en los momentos de prueba y sufrimiento, en la oración de la carmelita.

Al cardenal Bertone confió el pontífice un mensaje -dirigido al obispo de Coimbra, monseñor Albino Cleto-  en el que descubrió su «intima emoción» por la desaparición de Sor Lucía y daba su «último adiós a esta humilde y devota carmelita».

«La visita de la Virgen María, que recibió la pequeña Lucía en Fátima junto a sus primos Francisco y Jacinta en 1917, fue para ella el comienzo de una singular misión a la que se mantuvo fiel hasta el final de sus días. Sor Lucía nos deja un ejemplo de gran fidelidad al Señor y de gozosa adhesión a su voluntad divina», escribió el Papa.

«Me he sentido siempre sostenido por el don diario de su oración, especialmente en los momentos duros de la prueba y del sufrimiento -reconoció-. Que el Señor la recompense ampliamente por el gran y escondido servicio que ha hecho a la Iglesia».

La víspera del fallecimiento, el Papa había enviado un fax a Sor Lucía en el que expresaba su cercanía y aseguraba su oración para que pudiese «vivir este momento de dolor, sufrimiento y ofrecimiento con el espíritu de la Pascua, del paso».

Sor Lucía «rezó hasta el último momento por el Papa y su salud», y «cuando Juan Pa­blo II le envió por fax un mensaje de agradecimiento destinado a ella» por sus oraciones, durante la hospitalización en el Gemelli, quiso estrechar esos folios y, aún estando ya casi ciega, dijo a sus hermanas de comunidad: "dejadme leer, es el Papa quien me escribe"», recuerda su sobrino, el sacerdote salesiano José dos Santos Valinho.

«Cuando la priora del convento -cuenta el padre José a "Avvenire"- le entregaba un mensaje, una comunicación del Papa, para ella era siempre una gran emoción.

Lo que más impresionó fue la llegada del último mensaje: en aquel trance es como si de improviso recuperara las fuerzas perdídas y sus pequeños ojos se iluminaran».

CIUDAD DEL VATICANO/COIMBRA, miércoles, 16 febrero 2005

 

Tomado del Boletín Trimestral del Apostolado de la Oración Abril-Mayo-Junio 2005


 


            La verdad sobre Balduino 

Medios que nos son más afines a los católicos han tachado de hipócrita la decisión del rey Balduino de Bélgica al negarse a rubricar con su firma la ley del aborto que, en su momento, presentó el Parlamento belga.

Soy sobrina política de la reina Fabiola y fui testigo de las horas de oración y silencioso discernimiento que le costó al rey tomar esta decisión.

Era perfectamente consciente de que podía ser depuesto y conocía lo necesario de su presencia como elemento de concordia para el pueblo. Tras consultar con la reina Fabiola, se acogieron al derecho de objeción de conciencia.  

Tan es así, que tenían literalmente las maletas hechas para marcharse. No es verdad que tuviera la solución preparada para abdicar tres días. Ni tenía la solución a su dilema, ni sabía que pudiera haberla. Fue su Primer Ministro que, comprendiendo sus razones (existe una preciosa carta del rey explicándole las razones de

su decisión…) y preocupado por los belgas, buscó la salida legal a la situación. De hipocresía nada, hubo

una coherencia hasta las últimas consecuencias.

 

En este momento se está en fase de recoger todos los testimonios y documentación necesaria para su

proceso de beatificación.

 

(De Alfa y Omega, Nº 453/26.V.2005 )

 



 

  UN TESTIMONIO FECUNDO, JUAN Y ÁUREA 

 

Ésta es la historia de un hombre y una mujer unidos por el amor y la oración. Dios les dio doce hijos. Educados en un ambiente de devoción al Señor, siete de ellos son ahora religiosos, y los cinco laicos dedican buena parte de su tiempo al prójimo. La historia de Juan y Áurea está marcada por un profundo amor a la Eucaristía. Juan fundó la Adoración Nocturna en su pueblo natal y Áurea acompañaba cada semana al Señor en el sagrario. El Señor se llevó a Juan, precisamente, durante la celebración de una misa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Áurea, con sólo 20 años, acercaba la mula de su padre a beber agua. Era mediodía y llegó al gran p i l ó n situado en medio del pueblo, frente a la iglesia. Al otro lado, Juan, de 22 años, la observaba disimuladamente un poco alejado.
 

Poco a poco se fue acercando también con su mula y la puso a beber junto a la de Áurea. Juan la miró y le dijo: «Quiero pasear contigo después del Rosario». Áurea, muy sorprendida, no reaccionaba. El silencio pareció detener el tiempo... «Lo pensaré», le respondió. Y volvió a su casa con la mula, mientras Juan se quedaba esperanzado.

 

Áurea, con sólo 20 años, acercaba la mula de su padre a beber agua. Era mediodía y llegó al gran p i l ó n situado en medio del pueblo, frente a la iglesia. Al otro lado, Juan, de 22 años, la observaba disimuladamente un poco alejado.
 

Poco a poco se fue acercando también con su mula y la puso a beber junto a la de Áurea. Juan la miró y le dijo: «Quiero pasear contigo después del Rosario». Áurea, muy sorprendida, no reaccionaba. El silencio pareció detener el tiempo... «Lo pensaré», le respondió. Y volvió a su casa con la mula, mientras Juan se quedaba esperanzado.

 

Áurea, con sólo 20 años, acercaba la mula de su padre a beber agua. Era mediodía y llegó al gran p i l ó n situado en medio del pueblo, frente a la iglesia. Al otro lado, Juan, de 22 años, la observaba disimuladamente un poco alejado.
 

Poco a poco se fue acercando también con su mula y la puso a beber junto a la de Áurea. Juan la miró y le dijo: «Quiero pasear contigo después del Rosario». Áurea, muy sorprendida, no reaccionaba. El silencio pareció detener el tiempo... «Lo pensaré», le respondió. Y volvió a su casa con la mula, mientras Juan se quedaba esperanzado.

 

Juan, sólo en el campo, pensaba y pensaba cómo volver a acercarse y obtener respuesta. Aquel día en el Rosario Juan sentía algo muy adentro, en el hondón del corazón… Y rezó: si eso que sentía e r a cosa de Dios, no podía fallar… Quería a
Áurea. Al s a l i r, se dirigió de nuevo a Áurea que paseaba con sus amigas. Esta vez su respuesta no se hizo esperar y le contestó decidida: «Sí, salgamos».
 

«¿Qué oraciones sabes?», preguntó la joven a Juan. Ella, que sentía la fe en lo más profundo, pero también como algo habitual, veía que un proyecto común de matrimonio exigía rezar juntos. «Mira –añadió–, te enseñaré algunas para que juntos podamos hablar con el buen Dios».

 

Diálogo, sonrisas de complicidad, oración…Todo esto ocurría en 1920 en Badarán (La Rioja). La narración anterior
es todo un símbolo de lo que viviría después esta pareja.
 

Cuando los amigos y conocidos se enteran de que los hijos de Juan y Áurea son doce, y de ellos siete religiosos, les dicen:

 

«Vuestros padres serían unos santos».
– «Bueno, a tanto no llegan», suelen contestar éstos.

 

Efectivamente, la mayoría de los hijos son religiosos: cuatro Hijas de la Caridad (Cristina, Andrea, Angelita y Carmina), dos jesuitas (Valentín y José) y una Franciscana Concepcionista (Silvina). Los cinco seglares (Paulina, Crispín, Juan, Ángel y Feli), casados y con hijos, han llevado y llevan adelante actividades parroquiales y en beneficio de la colectividad.
 

Por supuesto, la vocación es una gracia de Dios, pero Él actúa muchas veces a través de elementos humanos. El primer elemento, en este caso, fue el ambiente religioso del pueblo de Badarán, que a su vez participaría del de La Rioja y del de España en general. A él contribuiría, sin duda, la presencia de párrocos admirables, que dejaron huella profunda e influyeron en una intensa vida religiosa y parroquial. Pero el ambiente familiar es determinante. La influencia de Juan y Áurea se produjo casi sin pretenderla. Ellos jamás intentaron convencer a sus hijos para que se dedicasen a la vida religiosa; la opción respondió a la iniciativa libre y personal de cada uno, aunque sin duda los padres crearon un ambiente tan propicio que las vocaciones brotaron espontáneamente.

 

En verdad, en un primer momento, la vocación religiosa de un hijo o de una hija significaba para ellos la pérdida de la ayuda que tanto necesitaban en casa o en el campo, e incluso veían desvanecerse sus planes de contar con la compañía y asistencia de sus hijos en su ancianidad. Pero en seguida aceptaban su decisión con gran alegría espiritual, eran los planes de Dios.
 

Enamorados de la Eucaristía Uno de los rasgos más determinantes en la vida religiosa de Juan y Áurea fue el amor a la Eucaristía. Juan, con otros 30 hombres de Badarán, fue convocado por el párroco don Carmelo Peláez el 15 de septiembre de 1929 para fundar la Adoración Nocturna en el pueblo, una especie de retiro mensual colectivo y del que fue emanando, en fuerte vinculación, la devoción al Corazón de Jesús.

 

Juan permaneció como miembro activo de la Adoración Nocturna durante 43 años largos, desde su fundación hasta su
muerte en marzo de 1973. Por su parte, Áurea pertenecía al grupo de las M a r í a s de los Sagrarios, que se turnaban acompañando al Señor Sacramentado durante la semana.

 

Juan murió durante la Misa, de repente, escuchando junto a Áurea la homilía de don Pedro Rioja, párroco de Badarán durante 43 años, quien tanto contribuyó a fomentar y conservar la fe cristiana y los valores humanos en el pueblo. Juan se fue
reclinando poco a poco sobre el hombro de su esposa hasta descansar en el Señor.

 

A muchas personas del pueblo que lo conocían bien, les pareció natural que un hombre tan singular, padre de dos sacerdotes
y cinco religiosas, muriera durante la Misa, una especie de regalo de Dios.
 

Apesar de lo dicho hasta aquí, Juan y Áurea no fueron una excepción en Badarán. Eran personas sencillas, comunes y
corrientes como los demás. Ellos son más bien ejemplos representativos de toda una generación de personas comprometidas
con el ideal cristiano. El testimonio de Juan y Áurea nos interpela. ¿Cómo hacer la nueva evangelización? ¿Cómo vivir
hoy día nuestro cristianismo?
 

José Martínez de Toda, S.J.
(Alfa y Omega Nº 454, 09.05.05)


 


  Un ángel llamado Juan Pablo 

Fuente: Buenas Noticias  - Autor: Roel Osorio

Tiene apenas sesenta días de vida. Se llama Juan Pablo y con su vocecita, casi de susurro, va comunicando su mensaje entre doctores, mujeres que le atienden y personas que lo conocen. No tiene cerebro debido a una malformación durante su gestación. Cuenta sólo con el tallo cerebral, lo que le permite desarrollar las funciones elementales para vivir.

Nació en una institución pública de la ciudad de León, en México. Su madre, sin conocer su estado de salud, lo dio en adopción desde su nacimiento quedando en la sombra del anonimato. De hecho nadie advirtió su malestar sino hasta un mes después.

La casa de adopción VIFAC (Vida y Familia), inmediatamente le buscó acogida en uno de los hogares de su lista de espera. Una familia le recibió con inmensa alegría. Lo llevaron a casa, lo bautizaron; pero pronto su felicidad se tornó en desencanto. Simplemente no era el bebé que esperaban y en esos días recibieron la llamada de otra casa de adopción para recibir un bebé sano.
¿Qué hacer con Juan Pablo? Para la joven pareja creció la dificultad de decidir viendo a su ángel sin cerebro dormidito entre las sábanas de su nueva cuna. Ya no sería la cuna de Juan Pablo. Nuestro ángel voló de regresó a la casa de adopción hasta encontrar una familia que le quisiera sabiendo que, quizá, nunca dirá mamá y que su reloj de arena marcará la hora de partida en poco tiempo.

Así llegó la historia de Juan Pablo hasta su actual familia. Un matrimonio joven de León, con hijos propios, y con un corazón tan grande como para aceptar con amor este nuevo Don que Dios les confiaba. «No sean tontos, será una carga…» «Significará gastos médicos y las cosas no están para eso…» «Se encariñarán con él y después sufrirán su muerte…»

Todo tipo de “recomendaciones” llovieron a la puerta de su hogar, pero el amor a la vida, a la inocencia y a la fragilidad de Juan Pablo, ha sido un sol mucho más fuerte y luminoso. «No te imaginas lo especial que es -me decían-. Cada momento encierra en sus ojitos el esfuerzo por vivir.»

Como buen ángel, este bebé llega con un anuncio.

 Su corta vida trae como lluvia fresca el mensaje de otro Juan Pablo, el del gran Papa que siempre defendió la vida, sobre todo la de los más indefensos, haciéndonos valorar la dignidad de toda persona por el hecho de ser persona, con salud o en la enfermedad.

Parece una contradicción, pero la historia de Juan Pablo es un milagro, un milagro de amor. Una llamada al amor y al agradecimiento por la vida, así como una exigencia a protegerla y defenderla por encima de cualquier otro valor.

Actualmente, la familia del bebé ha comenzado una cadena de oración. Esperan que mucha gente se una a ellos pidiendo a Juan Pablo el Grande que interceda desde el cielo por la vida de nuestro pequeño Juan Pablo.

 

   Chiara Amirante    

 

Una nueva comunidad en Medjugorje. En 1989, el padre Slavko me decía enfáticamente: “¡Las Comunidades salvarán a Medjugorje!” La Santísima Virgen nunca se queda corta en invenciones: para gran alegría de todos nosotros, ¡una nueva comunidad acaba de poner pie en Medjugorje! Se trata de los hermanos y hermanas de “Nuovi Orizzonti” (“Nuevos Horizontes”). Fundada en Italia, esta comunidad está formada por “rescatados de la muerte”. Son todos jóvenes que hicieron ese descenso al infierno, tan frecuente entre la juventud hoy en día, y que han vuelto a la vida. ¿Pero cómo?
 

Su fundadora, Chiara Amirante, (hoy de 38 años), una maravillosa joven italiana, estaba fascinada por ese versículo del Evangelio: “Permanezcan en mi amor... para que mi gozo esté en ustedes y que su gozo sea colmado” (Jn 15, 9-11). Elige por consiguiente buscar esta alegría, vivirla a fondo y comunicarla a los demás. Más tarde, cae gravemente enferma y sus sufrimientos se vuelven intolerables. A pesar de estar prácticamente ciega y postrada en su lecho, ese gozo no la abandona más. En los momentos de mayor sufrimiento, Chiara se da cuenta de que la alegría de Jesús es más fuerte que el dolor y que la muerte. Arde en deseos de comunicarlo, de aventurarse en el infierno de los pobres y de todos los quebrantados por la vida para anunciarles la alegría de Jesús. Hace entonces un pacto con Dios: si le devuelve un poco de salud, ¡irá al encuentro de los que habitan la desesperación! Sin demoras, al día siguiente mismo, va al hospital para hacerse unos exámenes y un nuevo pinchazo en el ojo. El médico no puede creerlo: ¡Chiara está completamente curada! Su vida intensa de oración la hacía necesitar de un sólido padre espiritual – un obispo de Roma se encarga de ello. Chiara le obedece en todo para no ser víctima de ilusiones. Como el signo esperado le es dado y su salud se encuentra restablecida, con el permiso de su obispo, se pone en seguida manos a la obra.

Los clientes de la muerte son fáciles de encontrar, ya que pululan en la estación Termini, en el corazón de Roma. Chiara pasa allí noche y día intentando infiltrar una lucecita de esperanza en ese mundo del crimen, de la droga, de la prostitución y de las sectas satánicas. Está alucinada por lo que ve, oye y toca. ¡El infierno sobre la tierra! ¡Jesús crucificado a 15 minutos del Vaticano! Le pide a Dios una casa para poderlos acoger, para que puedan recibir amor y paz... ¡Pero nada! Ninguna puerta se abre para ella, a pesar de las lindas promesas de los políticos. Decide ir a Medjugorje y allí, en oración, comprende que no sucederá nada hasta tanto no haya superado una etapa, aquella de la locura del Evangelio: “Ve, vende todo lo que tienes, dálo a los pobres y tendrás un tesoro en el Cielo, luego ven y sígueme (Mt. 19,21) Con el permiso de su obispo, renuncia a su trabajo y decide, en la fiesta de María Auxiliadora, dejar su linda casa familiar para ir a vivir en la calle junto al pueblo que sufre. Ahora bien, precisamente ese día una casa le es ofrecida en bandeja de plata, y no sólo una sino varias, ¡todo esto el mismo día! Chiara las acepta a todas, pues los jóvenes necesitan un lugar. Son cientos, y ¡pronto serán miles!

Su primera urgencia: la de guiar a esos muertos en vida a que abran su corazón al amor de Dios, pues sólo ese amor puede curarlos.

 Chiara y el pequeño equipo que se le ha unido los inician en la oración. ¡Imagínense a estos “ragazzi” que desembarcan en la capilla de la fortuna, preguntándose dónde han ido a parar! Pero el amor verdadero no engaña. Se quedan y deciden seguir el juego. La mayoría no conoce a Dios y muchos odian a la Iglesia. ¡No importa! Chiara les pide que intenten rezar. ¡Que lo intenten por lo menos! “Probamos de todo, ¿por qué no intentar también esto?”, responden los jóvenes. Muchos le entregan su vida al Señor. Los frutos no tardan en manifestarse. Las resurrecciones se suceden a gran velocidad y nuevas casas se abren. En julio del 2004, Chiara es nombrada por Juan Pablo “Consultora del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes”. ¿Y Medjugorje?

El 1° de enero de 1993, en plena guerra, Chiara va a Medjugorje. En realidad, allí es donde la Virgen coloca en el corazón de Chiara Su corazón, ese amor por Sus hijos, por “los que aún no conocen el amor de Dios” y mueren a causa de ello. Después de todas las fundaciones en Italia, Chiara continúa respondiendo al llamado acuciante de María y, siempre con la autorización de su obispo, reúne a una docena de “antiguos” de la Comunidad para abrir un centro en Medjugorje. Después de muchas luchas y dificultades, la Comunidad adquiere un terreno cercano al cementerio de Bijakovici. El año pasado, comenzaron los trabajos y el Centro “Estrella de la mañana” está ahora prácticamente terminado. Esperan poder instalarse allí este verano. El 6 de junio, el obispo protector de Nuovi Orizzonti vino de Roma para infundirles ánimo y recibir las promesas de 7 muchachos (pobreza, castidad, obediencia y ALEGRÍA...)

 

¿Cuántos perdidos han sido reencontrados desde 1993, gracias a Nuevos Horizontes? Según sus registros, la Comunidad ha entrado en contacto con 650.000 jóvenes en el 2004 gracias a su evangelización callejera, y cuenta con 300 miembros consagrados, pero el número real de almas que Chiara y los Nuevos Horizontes han tocado sólo podrá conocerse en el cielo.
 

Hoy en Medjugorje, los peregrinos que así lo deseen pueden ver y escuchar a estos testigos de primera mano. Tel (387) 063 435 148 – e-mail: angelanuoviorizzonti@libero.it - en Italia, 9 via Portoferraio, 00182 Roma – Te (39) 0775 502 353 o (39) 0637 519 974 - Arcobaleno@nuoviorizzonti-onlus.com o piglio@nuoviorizzonti-onlus.com - Sitio Internet: www.nuoviorizzonti-onlus.com

 



Boletín de Medjugorje 15 julio de 2005
 

  La visita de Benjamín Berger


Queridos hijos de Medjugorje, ¡Alabados sean Jesús y María!

1 - Al igual que en muchos otros santuarios, ¡Medjugorje es un lugar de sorpresas! El mes pasado, me encontraba "de casualidad" en Bijakovici por una urgencia y se presenta un hombre, Benjamín Berger, un antiguo amigo mío, judío mesiánico, del tiempo en que vivía en Jerusalén. Solíamos (la Cdad. de las Bienaventuranzas) pasar horas rezando con él y con su hermano Rubén. Hablábamos de Dios y ellos nos explicaban la Biblia a partir del hebreo. Cuántas veces hicimos juntos la experiencia de los peregrinos de Emaús, quienes, luego de la partida de Jesús, comentaban entre ellos: "¿No ardían acaso nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?
 



Benjamín aceptó compartir su maravilloso testimonio, y aquí les cuento algo del mismo:
Testimonio de Benjamín Berger, Medjugorje, junio 2005
"Provengo de un ambiente judío religioso, no ultra ortodoxo, pero sí ortodoxo. Mis padres, mi padre de origen alemán y mi madre austríaca, ambos supervivientes de los campos de concentración nazis, habían logrado emigrar a los Estados Unidos. Una gran parte de mi familia fue exterminada
en Auswitch. Tanto mi hermano Rubén como yo, sus únicos hijos, fuimos por tanto educados como judíos ortodoxos. Durante la primera parte de mi vida, fui muy religioso, pero a medida que pasaban los años, comenzaron a surgir muchas dudas en mi corazón, particularmente con respecto a la historia del pueblo judío y lo que le había acaecido. Me preguntaba cómo Dios había podido permitir algo tan terrible. Luego, siendo estudiante universitario,
decidí que debía abandonarlo todo y volverme. no diría exactamente ateo,  pero casi ateo. Pensaba: "No puedo creer que Dios exista verdaderamente y que haya permitido algo así", y por otra parte nunca había hecho verdaderamente la experiencia de Dios. Entonces decidí tirar todo por la borda y me volví completamente secular.

Al cabo de cierto tiempo, vine a Europa por motivos de trabajo, primero a  Dinamarca donde trabajé en un estudio de arquitectura. Pero en el fondo de mí, experimentaba un gran vacío. Me faltaba algo y nada podía colmar ese vacío. Me interesaba mucho al arte y a la arquitectura, esto me apasionaba, pero no era suficiente. Entonces llegué a resignarme, diciéndome en mi fuero íntimo: "¡No sé si alguna vez encontraré la respuesta a lo que busco!" 
No sabía lo que buscaba, pero sabía que tenía que ver con la verdad. 
Permanecí así durante largo tiempo. En 1967, un día de primavera creo, volví a casa luego de mi trabajo. Era un día como cualquier otro. Estaba sentado leyendo el diario como solía hacerlo al volver del trabajo. Y nuevamente me puse a pensar en muchas
cosas. Pensé en la fe y me dije: "Y bien, he llegado a un punto en mi vida en que no creo en nada. ¡Esto no es normal, tengo que creer en algo! Aquello me inquietaba mucho y pensé: "Si debo creer en algo, ¡quiero creer en algo que sea verdadero! ¡Porque uno puede creer en cualquier clase de cosas!, pero no sabía qué podía serlo.
Estando ocupado en esas cavilaciones, de repente sentí que había alguien más en la habitación. Sin embargo, no veía a nadie. Y esto me causó cierto temor, porque nunca había tenido esa clase de experiencias, ni había participado en ningún tipo de culto de ninguna especie. Era una persona muy racional, algo en cierta manera típicamente judío. Lo que podía ver y tocar, ¡eso era lo que podía creer! No creía en lo que no podía ver. No obstante había una presencia en la habitación, y esa presencia se hacía
cada vez más intensa. Tenía mucho miedo, aunque se trataba de una presencia de una pureza nunca antes experimentada. ¡Había algo tan puro que emanaba de aquella presencia! ¡Era absolutamente inmaculada! (No era una cosa, era una persona, pero al principio yo decía "una cosa" porque no podía de manera alguna identificar lo que era). 'Esto' llenaba la habitación. Experimentaba como una sensación de la Santidad de Dios en el cuarto. Por supuesto, para alguien que no estaba en absoluto  acostumbrado a pensar en esos términos, no sabía de qué se trataba.

Luego, fue como si alguien viniera muy cerca de mí, con una llave en la  mano, luego introdujo esa llave en mi corazón, la hizo girar y la puerta se abrió. Era una puerta extremadamente maciza, semejante a la puerta de un banco, de aquellas donde se guarda el dinero, como la puerta de una caja de seguridad. ¡A eso se asemejaba la puerta de mi corazón! Cuando la puerta se abrió, y fue como si ese amor hubiera entrado e inundaba totalmente mi corazón. No comprendía qué era lo que estaba ocurriendo pero comencé a llorar. Y permanecí allí, sentado, llorando por un buen rato. 
Fue entonces cuando Dios me habló, y cuando lo hizo, era como si Su voz  llenase el universo entero. Me dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob y soy Tu Dios. Tu vida es como un libro abierto ante mí. Conozco todo de ti".
Era muy reconfortante, en cierta manera, saber que Dios existía y que me  hablaba, pero también era aterrador. Era maravilloso saber que Dios era un Dios personal, que acudía a mí de esa forma. ¿Pero, por qué me estaba ocurriendo eso precisamente a mí? ¡No tenía la menor idea! Estaba en la búsqueda de la verdad, pero vivía mi vida a mi manera.
Fue entonces que me aconteció algo más increíble aún. Desde lo alto del  Cielo cayó un nombre hebreo, Yeshua, el nombre de Jesús en hebreo. No había leído nunca el Nuevo Testamento, no tenía ningún amigo cristiano y nunca había verdaderamente oído hablar de los Evangelios. Lo único que sabía sobre Jesús, lo había oído decir aquí y en la tele, en el momento de Navidad, o en films como "La Túnica" (de Henry Koster, con Richard Burton, 1953, NDT), sin haberlo nunca comprendido verdaderamente.

Los cristianos  siempre me habían desconcertado porque hablaban de Sión, de cosas que, siendo judío, me eran familiares, pero no llegaba a comprender cuál era el  nexo entre ellos y nosotros. Había crecido en un entorno en el cual no teníamos vínculo alguno con Jesús. El estaba allí muy lejos, verdaderamente muy lejos de nosotros. Pero en el preciso momento en que recibí Su nombre, en ese preciso instante, supe que era el Mesías, que él era el Dios de Israel. Era una revelación, por cierto, ya que esto no provenía de mi espíritu. Supe que Él era la respuesta a mi pregunta, a todos mis cuestionamientos. Sabía que en Él iba a encontrar respuesta a todas mis  preguntas.

Luego, tuve una experiencia difícil de poner en palabras, pensé: "Si alguien  como él viniera al mundo, ¿qué sería de él?" Sabía que el mundo lo rechazaría y lo crucificaría porque era completamente lo opuesto a lo que hay en el mundo. He aquí como esto comenzó."
(..)
Benjamín me cuenta luego más de veinte años de su vida con Jesús, en  especial su encuentro con una comunidad italiana muy relacionada con Medjugorje.
La entrevista prosigue de esta manera:

"Hemos conocido esta comunidad en 1996 y Dios nos ha unido de manera muy profunda en nuestros corazones, estamos profundamente unidos. 
Fueron un modelo de vida para nosotros y esto nos ha ayudado mucho.  Desde entonces hemos permanecido muy próximos, manteniendo contacto, y si Dios quiere, vendrán a Israel en octubre próximo. Veremos qué sale de todo esto. Es por cierto la primera vez que una comunidad mesiánica y una comunidad católica viven una tal comunión, una real comunión. No creo que esto haya ya sucedido anteriormente. Pienso que es un signo, un signo profético de lo que Dios desea (.)
 


 

Desde la fe

un sacerdote chino habla de su conversión:

La Iglesia católica en China, en la clandestinidad, está viva
 

La libertad es lo que ha pedido la Santa Sede en China. Del 11 al 22 de junio pasado, el Secretario del Vaticano para las Relaciones con los Es­tados, el arzobispo Giovanni Lajolo, visitó el sudeste asiático: Tailandia, Singapur, Malasia y Brunei, a pesar de que estos dos últimos países no mantienen relacio­nes con la Santa Sede.

 

Monseñor Lajolo reconoce al Estado chino su gran tradición cultural y ar­tística, asegura que es necesario distin­guir la realidad del propio país y de su Gobierno para poder establecer relacio­nes diplomáticas. Cuestión que se está examinando desde hace tiempo. Afirma que, con buena voluntad, las dos partes podrán llegar a buen puerto, aunque Chi­na rompió las relaciones con la Santa Se­de en 1951, expulsando al entonces Nun­cio Apostólico, el arzobispo Antonio Riberi.

China pide que, para que haya rela­ciones con ellos, es necesario que la Santa Sede renuncie a sus relaciones con Taiwán. En China, donde la Iglesia no es bien aceptada, sin embargo, los católicos en la clandestinidad son una realidad. Poco a poco, las conversiones se están dando en este gigantesco país, como demuestra es­te testimonio:

 

«Mi nombre es Bao y soy sacerdote del norte de China, ordenado hace unos años. Fui bautizado hace apenas 11 años. Antes de eso era ateo; de hecho, era un activista del Partido Comunista. En la Universidad, era líder de un grupo de jó­venes comunistas en mi Facultad. En mi corazón tenía muchos planes e ideas para el futuro, pero ninguna de ellas tenía nada que ver con Dios, quien para mí ni siquiera existía. En cuanto a mi familia, sólo mi abuela era protestante. No estaba interesado en ninguna religión. La educación es obligatoria en China desde Primaria hasta la universidad. Mi mente estaba llena de teorías ateas y pensaba que creer en Dios era algo infantil, quizás incluso un poco estúpido.

 

Conversión

 

En mi cuarto año de Universidad me

involucré en el Partido Comunista Chi­no. Mi vida en la célula no era ni mala ni buena, pero estaba molesto porque había mentiras. Tras un tiempo, enfermé. Una noche, soñé que encontraba un paquete; lo abría y encontraba un libro. Era la Biblia. Me levanté y recordé que mi abuela era la única persona que me había hablado sobre ella, y sobre Jesús omnipotente. De esta manera pensé: ¡Si Jesús es omnipotente, quizá pueda curarme!; y así busqué una iglesia en la zona, una protestante, de manera clandestina.

Un amigo -que era católico, después lo descubrí- me dio 10 cintas con gra­baciones de sermones de un cura chino.

 Tras escucharlas, una lucha comenzó en mi corazón: empecé a pensar que Dios quizás existía; quizá la religión católica era verdadera..., pero, al mismo tiempo, todas las teorías que estudié en el colegio y en la universidad sobre el ateismo venían a mi mente. La angustia me superaba, también porque temía que, al aceptar la fe católica, corría el riesgo de perder mi trabajo. Fui en busca de una iglesia católica y, una vez allí,

«No fuisteis vosotros los que me elegisteis a Mí, sino Yo quien os elegí a vosotros»

fui a Misa, pero siempre clandestina­mente. Poco a poco, comencé a entender más sobre la fe católica y, al final, decidí pedir el bautismo. Pero tenía que dejar el Partido comunista. Lo dejé, me bauticé y comencé a participar de una profunda paz.

En la comunidad católica encontré a una gente buena y sencilla, donde no había mentiras. Encontré verdaderos amigos. Fue una liberación para mí. Comencé a ver la luz y a entender que había en­contrado el sentido de la vida.

Seis meses más tarde, estaba rezando en mi habitación cuando escuché una voz que me decía: Sígueme. En mi corazón entendí que era Jesús quien me llamaba. Dije que no. Pero, con mi rechazo, dejé de sentirme en paz, como si estuviera in­quieto y hubiera perdido toda alegría. No quería seguir a Jesús porque tenía un buen trabajo, una vida tranquila. Pero no podía resistirme a la llamada del Señor. Estuve cinco años en el seminario de la Iglesia clandestina. La vida era muy difícil y muy arriesgada. Cuando teníamos noticia de que la policía nos había descubierto, teníamos que huir y encontrar otro sitio. En cinco años, cambiamos tres veces de lugar. Después de estos cinco años, me ordené.

Aunque la vida como católico es difícil, nuestra fe se fortalece día tras día. Y esto es gracias al ejemplo de los sa­cerdotes en prisión. Un pequeño ejem­plo: en mi pueblo, en 1983, cuando Chi­na comenzó con las reformas económi­cas, sólo había tres familias católicas. Ahora, después de veinte años, hay más de 4.000. Es realmente verdadero que la sangre de los mártires se convierte en fuente de nuevos cristianos.

También para mí, mi fuerza es Jesús mismo. Él dijo: No fuisteis vosotros los que me elegisteis a Mí, sino Yo quien os elegí a vosotros. A lo largo de mi cami­no encontré mi cruz, pero también la alegría y la paz. Con Su ayuda, lo seguiré siempre, superando cualquier dificultad que pueda suceder».

 

Ma del Pilar Blázquez

 


 

 

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