Que Juan Pablo II busque a mi hijo
María me invitó a su
casa
El último adiós de Juan
Pablo a Sor Lucía
La
verdad sobre Balduino de Bélgica
Un testimonio fecundo: Juan y
Áurea
Un ángel llamado Juan Pablo
Chiara Amirante
La visita de Benjamín Berger
Desde la
fe: un sacerdote chino habla de su conversión
Que Juan Pablo II busque a mi hijo
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Se llama Francesca. A juzgar por su voz se trata de una mujer joven, del norte de Italia. En medio del tráfico de una ciudad enloquecida por los millones de peregrinos, ella empieza a contarnos su historia. Tiene pocos segundos, pues Radio Radical está recibiendo un sinnúmero de llamadas… Todos quieren contar su experiencia del Papa, todos desean compartir lo que este gigante de la fe representó para sus vidas. ¡A ver qué nos dice esta chica! De pronto, cesan las preocupaciones viales, y parece como si todos los que esperábamos en el semáforo de la calle Gregorio VII, nos quedáramos prendados de lo que va relatando Francesca, con voz entrecortada. «Ahora el Papa se ha ido al cielo. Yo, sinceramente, no he sido la mejor de sus hijas… de hecho, hace tiempo que dejé de ir a la iglesia. Aunque he vuelto a rezar en las últimas semanas, porque Juan Pablo II contaba con mis oraciones.» |
Y
continúa: «Yo sólo deseo decirle al Papa que lo quiero, y pedirle un
favor… que ahora que entre en el paraíso, busque a mi hijo. Que busque y
encuentre a ese bebé que yo no tuve la valentía de traer al mundo, y que
con toda su bondad -que yo he sentido siempre- le suplique que me
perdone. Que le diga a mi hijo que pida por mí, para poder abrazarlo un
día en el cielo, pues cometí la barbaridad de no querer tenerlo aquí en
la tierra… Hoy, después de tantos años, me he acercado a pedirle perdón
a Dios…»
La Iglesia ha sepultado al Papa. Pero con su historia, Francesca nos confirma que si bien una lápida cubre hoy el cuerpo de Juan Pablo II, su espíritu, su ejemplo evangélico y su mensaje de misericordia están más libres que nunca. A la luz de estos ejemplos podremos darnos cuenta cómo este hombre ha transformado el mundo. No sólo en el aspecto cultural, social o político, sino también y sobre todo, cómo ha llegado a nuestro mundo interior para curar nuestras heridas. |
¡Cuántas
Francescas han sido cambiadas por la palabra valiente de este hombre!
¡Cuántas vidas se han salvado gracias a la promoción audaz de la cultura
de la vida! Hoy también, el Papa, desde la ventana de la casa del Padre, nos bendice. Y si estamos atentos, quizás podamos ver que ahí está con él, el hijito de Francesca. Ya ha perdonado a su madre. Ahora pide para que también ella llegue al cielo, y desde este momento, defienda y celebre la vida, tomando la estafeta de Juan Pablo II.
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Aún
recuerdo la primera vez que encontré el Eco de María en la capilla subterránea
de la iglesia greco-católica de mi Así, escribí a la hermana (sor Anka q.e.p.d.) que traducía el Eco del
italiano, para poder recibirlo regularmente. Más tarde Comencé a leerlos junto a mi hermana, a Y si al principio me parecían
oraciones como todas las demás, enseguida me di Y así, viviendo los mensajes, sentimos crecer en nosotras el deseo de ir a Medjugorje, de encontrar más profundamente a Aquella que cambió nuestras vidas y nos había unido en su amor. Pero tuvo que pasar un tiempo antes de que nuestros deseos se realizaran. Nuestros padres se oponían. Por muchos motivos: Medjugorje se encontraba en una zona de guerra, las luchas aún no habían cesado del todo, estaba demasiado lejos (¡una noche y un día y medio de viaje!)… |
Y luego no comprendían el motivo de
nuestro deseo porque ellos no vivían la fe y no iban a la Iglesia. Finalmente
había otro aspecto a tener en cuenta: no costaba poco, sobre todo para una
familia con muchos hijos. A sus rechazos repetidos, recuerdo que le decía a mi hermana – que me parecía estar más afligida que yo por no poder ir – que nosotros podíamos seguir viviendo Medjugorje en casa, que nuestro Medjugorje estaba allí, sobre el altar, cuando íbamos a Misa y que en la Eucaristía está todo: Jesús y María junto con todo el Cielo. Recuerdo que para mí era verdaderamente así: cuando vivía las
palabras de María, La sentía dentro de mi corazón cada Pude dedicarme a éstas, por así decirlo, a tiempo completo. Muchos buscaban signos, hubieran querido ver a la Virgen, iban de un vidente a otro; pero yo percibía a la Virgen hasta en el aire que respiraba, sentía cada vez más fuerte la necesidad de orar, orar, orar, de estar con Ella, de escucharla, de imitarla. Cuando volví a casa entré a formar parte de un grupo de oración que había nacido
precisamente en Medjugorje, y que ponía en el centro la adoración eucarística y
la oración. Sentía que “es allí donde yo puedo dar más a la humanidad”: en la adoración, en la oración, |
en la contemplación, es decir, en el
encuentro con el Dios vivo porque es allí donde se purifica mi
corazón y donde yo puedo dar el amor más grande al mundo. Sentía cómo María me atraía cada vez con más fuerza a Cristo. Resonaban en mi corazón las palabras: “Gracias por haber respondido a mi llamada” y sentía que yo aún no había respondido plenamente a su llamada. No lo había dado todo, todo realmente. En los dos años siguientes volví seis veces a Medjugorje para pedir luz y comprender cómo podía entregarlo todo, y cada vez fue María la que se encargó del dinero, del viaje, del alojamiento; a veces incluso de forma incomprensible y completamente sorprendente. Y todo para llevarme allí, a aquel lugar al que Dios Padre la había enviado para recordar a sus hijos “el camino de la paz” y para ayudarlos a caminar, “en santidad y justicia”, hacia la plenitud de la vida. Porque Ella sabía que si yo encontraba
y tocaba el infinito amor del Dios Vivo no iba a desear nada más en esta tierra
que entregarme completamente a Él y ponerme a Su servicio. Ruego para que cada hombre pueda acoger la invitación de la
Reina de la Paz a la oración y a la conversión del corazón y descubra de este
modo la bondad infinita, la belleza estupenda de Dios y el inmenso gozo de vivir
en Él, por Él, con Él, como Él, siempre junto a una Madre Inmaculada.
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El último adiós de Juan
Pablo II a Sor Lucía
El PAPA RECONOCE QUE SIEMPRE SE SINTIÓ
SOSTENIDO
POR LA ORACIÓN DE SOR LUCÍA
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UN TESTIMONIO FECUNDO, JUAN Y ÁUREA
Ésta es la historia de un hombre y una mujer unidos por el amor y la oración. Dios les dio doce hijos. Educados en un ambiente de devoción al Señor, siete de ellos son ahora religiosos, y los cinco laicos dedican buena parte de su tiempo al prójimo. La historia de Juan y Áurea está marcada por un profundo amor a la Eucaristía. Juan fundó la Adoración Nocturna en su pueblo natal y Áurea acompañaba cada semana al Señor en el sagrario. El Señor se llevó a Juan, precisamente, durante la celebración de una misa.
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Un
ángel llamado Juan Pablo
Fuente: Buenas Noticias -
Autor: Roel Osorio

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Boletín de Medjugorje 15 julio
de 2005
La visita de Benjamín Berger
Luego, fue como si alguien
viniera muy cerca de mí, con una llave en la mano, luego introdujo
esa llave en mi corazón, la hizo girar y la puerta se abrió. Era una
puerta extremadamente maciza, semejante a la puerta de un banco, de
aquellas donde se guarda el dinero, como la puerta de una caja de
seguridad. ¡A eso se asemejaba la puerta de mi corazón! Cuando la puerta
se abrió, y fue como si ese amor hubiera entrado e inundaba totalmente
mi corazón. No comprendía qué era lo que estaba ocurriendo pero comencé
a llorar. Y permanecí allí, sentado, llorando por un buen rato.
Los cristianos
siempre me habían desconcertado porque hablaban de Sión, de cosas que,
siendo judío, me eran familiares, pero no llegaba a comprender cuál era
el nexo entre ellos y nosotros. Había crecido en un entorno en el
cual no teníamos vínculo alguno con Jesús. El estaba allí muy lejos,
verdaderamente muy lejos de nosotros. Pero en el preciso momento en que
recibí Su nombre, en ese preciso instante, supe que era el Mesías, que
él era el Dios de Israel. Era una revelación, por cierto, ya que esto no
provenía de mi espíritu. Supe que Él era la respuesta a mi pregunta, a
todos mis cuestionamientos. Sabía que en Él iba a encontrar respuesta a
todas mis preguntas. "Hemos conocido esta
comunidad en 1996 y Dios nos ha unido de manera muy profunda en nuestros
corazones, estamos profundamente unidos. |
un sacerdote chino habla de su conversión:
La
Iglesia católica en China, en la clandestinidad, está viva
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Monseñor Lajolo reconoce al Estado chino su gran tradición cultural y artística, asegura que es necesario distinguir la realidad del propio país y de su Gobierno para poder establecer relaciones diplomáticas. Cuestión que se está examinando desde hace tiempo. Afirma que, con buena voluntad, las dos partes podrán llegar a buen puerto, aunque China rompió las relaciones con la Santa Sede en 1951, expulsando al entonces Nuncio Apostólico, el arzobispo Antonio Riberi. China pide que, para que haya relaciones con ellos, es necesario que la Santa Sede renuncie a sus relaciones con Taiwán. En China, donde la Iglesia no es bien aceptada, sin embargo, los católicos en la clandestinidad son una realidad. Poco a poco, las conversiones se están dando en este gigantesco país, como demuestra este testimonio:
«Mi nombre es Bao y soy sacerdote del norte de China, ordenado hace unos años. Fui bautizado hace apenas 11 años. Antes de eso era ateo; de hecho, era un activista del Partido Comunista. En la Universidad, era líder de un grupo de jóvenes comunistas en mi Facultad. En mi corazón tenía muchos planes e ideas para el futuro, pero ninguna de ellas tenía nada que ver con Dios, quien para mí ni siquiera existía. En cuanto a mi familia, sólo mi abuela era protestante. No estaba interesado en ninguna religión. La educación es obligatoria en China desde Primaria hasta la universidad. Mi mente estaba llena de teorías ateas y pensaba que creer en Dios era algo infantil, quizás incluso un poco estúpido.
Conversión
En mi cuarto año de Universidad me involucré en el Partido Comunista Chino. Mi vida en la célula no era ni mala ni buena, pero estaba molesto porque había mentiras. Tras un tiempo, enfermé. Una noche, soñé que encontraba un paquete; lo abría y encontraba un libro. Era la Biblia. Me levanté y recordé que mi abuela era la única persona que me había hablado sobre ella, y sobre Jesús omnipotente. De esta manera pensé: ¡Si Jesús es omnipotente, quizá pueda curarme!; y así busqué una iglesia en la zona, una protestante, de manera clandestina. Un amigo -que era católico, después lo descubrí- me dio 10 cintas con grabaciones de sermones de un cura chino. |
Tras escucharlas, una lucha comenzó en mi corazón: empecé a pensar que Dios quizás existía; quizá la religión católica era verdadera..., pero, al mismo tiempo, todas las teorías que estudié en el colegio y en la universidad sobre el ateismo venían a mi mente. La angustia me superaba, también porque temía que, al aceptar la fe católica, corría el riesgo de perder mi trabajo. Fui en busca de una iglesia católica y, una vez allí, «No fuisteis vosotros los que me elegisteis a Mí, sino Yo quien os elegí a vosotros» fui a Misa, pero siempre clandestinamente. Poco a poco, comencé a entender más sobre la fe católica y, al final, decidí pedir el bautismo. Pero tenía que dejar el Partido comunista. Lo dejé, me bauticé y comencé a participar de una profunda paz. En la comunidad católica encontré a una gente buena y sencilla, donde no había mentiras. Encontré verdaderos amigos. Fue una liberación para mí. Comencé a ver la luz y a entender que había encontrado el sentido de la vida. Seis meses más tarde, estaba rezando en mi habitación cuando escuché una voz que me decía: Sígueme. En mi corazón entendí que era Jesús quien me llamaba. Dije que no. Pero, con mi rechazo, dejé de sentirme en paz, como si estuviera inquieto y hubiera perdido toda alegría. No quería seguir a Jesús porque tenía un buen trabajo, una vida tranquila. Pero no podía resistirme a la llamada del Señor. Estuve cinco años en el seminario de la Iglesia clandestina. La vida era muy difícil y muy arriesgada. Cuando teníamos noticia de que la policía nos había descubierto, teníamos que huir y encontrar otro sitio. En cinco años, cambiamos tres veces de lugar. Después de estos cinco años, me ordené. Aunque la vida como católico es difícil, nuestra fe se fortalece día tras día. Y esto es gracias al ejemplo de los sacerdotes en prisión. Un pequeño ejemplo: en mi pueblo, en 1983, cuando China comenzó con las reformas económicas, sólo había tres familias católicas. Ahora, después de veinte años, hay más de 4.000. Es realmente verdadero que la sangre de los mártires se convierte en fuente de nuevos cristianos. También para mí, mi fuerza es Jesús mismo. Él dijo: No fuisteis vosotros los que me elegisteis a Mí, sino Yo quien os elegí a vosotros. A lo largo de mi camino encontré mi cruz, pero también la alegría y la paz. Con Su ayuda, lo seguiré siempre, superando cualquier dificultad que pueda suceder».
Ma del Pilar Blázquez
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