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    "¡Qué estúpido era al no creer en Dios!"
    Los soplos del Espíritu Santo
    La lección del huracán Katrina
    El Maestro Cleto
   Matilde Barrera, adoradora
  
El aparcamiento
   Un billete gratis
   Kassan Baiev, cirujano en Chechenia

    El niño que no pudo ofrecer un vaso de agua
    Tolstoi y el monje de Optina


    ¡Qué estúpido era al no creer en Dios!


Testimonio ante el Papa de un joven sacerdote de Kazajstán:

«¡Qué estúpido era al no creer en Dios!»

 

¡Qué estúpido era al no creer en Dios!: en esta frase se puede resumir el testimonio de un joven sacerdote de Kazajstán, el padre Alexander Fix, de origen alemán, pronunciado ante seminaristas del mundo entero reunidos en la iglesia de San Pantaleón, en la tarde del 19 de agosto, en torno a Benedicto XVI.

 

La comunidad cristiana en Kazajstán es un pequeño rebaño en este país de mayoría musulmana. Los católicos, que no tenían iglesias, se beneficiaban de la hospitalidad de los ortodoxos durante los años del comunismo.

 

Cuando realizaba su servicio militar obligatorio en la Armada Roja, Fix trató de abandonar el Ejército, lo cual le hubiera expuesto a innumerables peligros.

En un permiso fuera del cuartel, le contó algunas confidencias a su abuela, quien le dijo: «Tienes que rezar y el buen Dios te ayudará».

 

«Estas sencillas palabras de mi abuela, pronunciadas en esta situación, fueron el toque de gracia para mí. Escribí el Padrenuestro y el Avemaría y comencé a rezar.

 

Cuando estaba de guardia, las noches, rezaba y sentía la presencia de Dios tan sensible que me decía a mí mismo:

 

¡Qué estúpido era al no creer en Dios! Terminé mi servicio militar y regresé sano y salvo a mi casa. Poco a poco profundicé en mi fe. Rezaba el Rosario y leía la Escritura.

 

Dos años después escuché la llamada al sacerdocio», recordó. Fue ordenado en Astana, la capital de su país, en 2001, y su obispo, monseñor Thomas Peta, le pidió que acompañara a los jóvenes kazajos hasta Colonia.

 

El presbítero concluyó pidiendo al Papa que rezara por su país. q
(De Alfa y Omega nº 463 )

 


 

    Los soplos del Espíritu Santo 

Según el malabarista de Dios, Paul Ponce:

 uno de los tres mejores malabaristas del mundo, de origen argentino pero residente en Cataluña, hizo el malabar de su vida en la noche del 20 de agosto: representar sus números, en plena Vigilia de oración y adoración, sin alterar para nada el recogimiento de los 800.000 jóvenes presentes.

 

Es un mago de los sombreros, de las pelotas de ping pong en la boca, y puede hacer lo que quiera con los siete bolos… Sin embargo, en Colonia lo tenía difícil. «Mi participación requirió tres días de ensayos en Marienfeld, en el mismo lugar de la Vigilia.

 

Al contemplar durante esos tres días el mal tiempo y las fuertes ráfagas de viento que allí se concentraban, pensé que sería casi imposible realizar mis malabarismos, especialmente con mis sombreros. Pero le confié esta intención a muchas almas conocidas, y además al Siervo de Dios Juan Pablo II».

 

Tras terminar el espectacular número de los malabares con las antorchas, se acercó junto a su esposa, Lia, para saludar al Papa.

 

«Nos arrodillamos a los pies del Santo Padre, y le imploramos su bendición que, con tanto cariño, nos dio.

 

Le dijimos que llevamos tres meses casados y que cada día rezamos por él, algo que acostumbramos a hacer después de cada Comunión.

 

Recibimos de sus manos un rosario cada uno, y con gran alegría nos alejamos del Santo Padre sintiéndole en nuestros corazones más cerca que nunca», añadió.

 

Paul, que no ha vivido más de diez meses en una misma ciudad en toda su vida, heredó la fe de su familia, pero sus viajes por el mundo le impidieron mantener una formación cristiana continua.

 

Lo que él llama su conversión tuvo lugar a los 21 años, cuando trabajaba en un espectáculo del

casino de Nassau, Bahamas («donde pasé los únicos 10 meses seguidos en un solo lugar»).

 

Allí se preparó para recibir la Confirmación. «Algo que no se me puede olvidar de este proceso de mi conversión, fue el entrar a solas a la iglesia a rezar y fijar mis ojos en el Crucifijo; al mirarlo, me preguntaba: ¿por qué tanto dolor y sufrimiento?», recuerda.

 

«Lo increíble fue que, cuanto más intentaba entender y aprender a hacer el bien hacia Dios y los demás, más felicidad y plenitud sentía», revela.

 

«El culmen de todo esto fue cuando decidí parar un año entero de trabajar en el mundo artístico, para dar un año de colaborador (misionero laico) a la Iglesia», aclara.

 

«Al final, me di cuenta de que ese año había sido el más feliz de toda mi vida, pues aprendí dónde se encontraba la felicidad: en buscar a Dios y el bien de los demás», confirma.

 

«Ahora trabajo en el mundo artístico con un nuevo ideal: ver cómo puedo ser un instrumento de Dios hacia mis compañeros, y no por lo que yo pueda hacer por ellos, que sería nulo, sino por lo que Dios, sirviéndose siempre de instrumentos indignos, pueda hacer por ellos», concluye.q

(De Alfa y Omega nº 463 )


     La Lección del huracán Katrina 

Hace algunos años tuve la fortuna de conocer el sur de los Estados Unidos, perderme en algunas ciudades de Alabama y Missisipi, hasta llegar a la cuna del jazz, Nueva Orleáns.

 

Allí conocí a un feligrés de la catedral de San Luis, un tipo adusto y franco, que tuvo la gentileza de hacerme de lazarillo para que no me perdiera un solo metro cuadrado de la belleza de la ciudad.

 

Recuerdo que me condujo hasta los hoy tristemente célebres diques que mantenían ceñida a la ciudad frente a la amenaza de desaparición.

 

«Sabemos –me decía– que en cualquier momento puede ocurrir el desastre». Su serenidad era bien similar a la de los agricultores sicilianos que viven a los pies del Etna; ellos saben que la recompensa por la fertilidad de la tierra puede verse súbitamente alterada por un par de espumarajos del volcán.

 

Me dio la impresión de que Nueva Orleáns era una ciudad de cartón piedra; la fachada de la iglesia de San Luis tenía la textura de un decorado provisional; y las termitas de Formosa campaban a sus anchas devorándose calles y edificios.

 

Estos días hemos estado pegados a la CNN para no perdernos detalle de la evacuación de los supervivientes del S u p e rd o m e , en la Pompeya del siglo XXI.

Las transmisiones en directo se sucedían ininterrumpidamente en programas de extraordinaria calidad informativa y humana. Recuerdo las palabras de uno de los supervivientes: «Es curioso pensar que la nación más avanzada del planeta no esté preparada para enfrentarse a la naturaleza».

 

Más que cierto. Nuestra interpretación es pueril cuando decimos que la culpa del horror la tiene Bush, porque rechazó en su momento el presupuesto para reforzar la muralla de los diques, o por la flagrante desinversión en infraestructuras, o por la tardanza en la organización del dispositivo de ayudas.

 

No, los culpables aquí hay que buscarlos más atrás, en los que se aferran al pensamiento ilustrado que pretende hacer del hombre el dispensador de la perfección en la tierra, sin margen de error.

 

El pasado sábado, Ignacio Sotelo escribía en El País y sostenía esta misma tesis en un artículo sobre el elogio inmoderado a la razón: «Dos son los enemigos principales de la ilustración: las Iglesias y los Estados.

 

Las Iglesias predican el No razonéis, pues por ese camino no llegaréis a ninguna parte». Esa razón que se adora sin apoyaturas es la que trae la ilusión de nuestra omnipotencia; sin embargo, la realidad (como la devastación que estamos viendo en Nueva Orleáns) nos acerca el rostro más genuinamente nuestro: el de la fragilidad.

 

JavierAlonso Sandoica

 

(De Alfa y Omega nº 463 )


  El Maestro Cleto 

Fuente: Buenas Noticias
Autor: Marco Antonio Batta


El pasado 30 de agosto, los católicos mexicanos recibieron una buena noticia: Anacleto González Flores, abogado, profesor y padre de familia, será beatificado el próximo 20 de noviembre. Con ello la Iglesia reconoce sus virtudes heroicas y nos anima a buscar –también nosotros– la santidad.

“El maestro Cleto”, como le decían familiarmente quienes lo conocían, nació en Tepatitlán, México, el 13 de junio de 1889. Sus orígenes fueron humildísimos: hijo de un tejedor de rebozos que además era alcohólico. Logró a base de esfuerzo y constancia, titularse como abogado en 1922. En noviembre del mismo año, contrajo matrimonio con María Concepción Guerrero, quien le dio dos hijos.

Entres sus numerosas iniciativas está la fundación del periódico Gladium (“Espada”) para refutar las leyes y el pensamiento anticatólico que el presidente Plutarco Elías Calles quería imponer al país. Fue el creador de la Unión Popular, una asociación que agrupaba a miles de obreros, campesinos y mujeres dedicados a la catequesis y a la resistencia pacífica de la persecución religiosa. Un auténtico líder católico.

Combinaba esta intensa actividad con una profunda vida espiritual. Comulgaba todos los días y, como miembro de la Sociedad de san Vicente de Paúl, visitaba frecuentemente a los pobres, enfermos y encarcelados.

Como era de esperar, las autoridades vieron en su liderazgo y militancia un obstáculo para sus objetivos.

 Por ello, el 1º de abril de 1927, viernes primero de mes, lo detuvieron junto con cuatro de sus colaboradores, tres de ellos muy jóvenes: «Si me buscan, dijo, aquí estoy; pero dejen en paz a los demás». No fue escuchado.

Los oficiales querían obtener información sobre los cristeros y sobre el lugar donde se escondía el obispo de Guadalajara, Mons. Francisco Orozco y Jiménez. Como no conseguían nada, comenzaron a torturarlo: lo desnudaron y lo colgaron de los pulgares; después lo flagelaron y, con hojas de afeitar, fueron provocándole heridas en el cuerpo y en las plantas de los pies.

Uno de los jóvenes que había sido apresado con él, ante la inminencia de la muerte, dijo que quería confesarse. Anacleto le exhortó: «¡No hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar! Es un Padre y no un juez el que te espera. Tu misma sangre te purificará».

Le atravesaron el costado con una bayoneta, y como sangraba mucho, se dispuso su ejecución; sin embargo, los soldados elegidos se negaron a disparar y fue necesario formar un nuevo pelotón. Anacleto, antes de morir perdonó al general que dirigía la ejecución y le dijo: «Cuando llegue usted ante el Tribunal Divino tendrá en mí un intercesor». Murió con el grito de «¡Viva Cristo Rey!» en los labios. Sus compañeros también fueron ajusticiados.

Si el maestro Cleto viviera aún, posiblemente se admiraría de muchos de nosotros que –quizás– no somos capaces de confesar nuestra fe con valentía, ya no ante una bayoneta o un pelotón de fusilamiento, sino ante una simple burla o comentario irónico; hoy en día en que con tanta facilidad se confunde “coherencia” con “fanatismo”. Pero, a decir verdad, lo que nos sobra son discursos y buenas explicaciones; lo que nos falta son testimonios. q

Maestro Cleto, ruega por nosotros.

        Matilde Barrera, adoradora 

En el recordatorio de la adoradora Matilde Barrera Sánchez, fallecida el pasado 28 de abril, a los 75 años, figura la cita, profunda y estimulante, de san Pablo –”si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte, somos del Señor”–, que retrata con exactitud su vida y su figura de creyente.

Primeros años y opción por la enseñanza

 

Había nacido en Teruel. Viven dos hermanas suyas. Sus padres y un hermano fallecieron antes que ella.

Obtuvo la Licenciatura en Filosofía y Letras. Educadora auténtica, con verdadera vocación por la enseñanza, era muy creativa y le gustaba escribir, sobre todo composiciones para sus alumnos, positivas, ricas en valores, a fin de que pudieran sacar siempre algún provecho.

 

Un año, –según recuerda su fiel compañera doña Victoria López, quien nos ha facilitado muchos de estos datos y recuerdos –, redactó un cuento navideño para niños, que hizo imprimir, pagando la edición y el franqueo, y envió a todas las familias de su centro escolar. Alguien le dijo: “Matilde, ¿por qué escribes tantas cosas buenas, si nadie hace caso…?”. Pero ella siguió adelante con sus iniciativas, sin desanimarse. Entre sus páginas mejores, figura la composición en verso “Funeral y asunción de María”, que deseaba llevar a la escena.

 

Realización profesional y vocacional


Una vez terminados los estudios de Magisterio, estuvo en Gerona una temporada, hasta conseguir plaza en Barcelona, a donde se trasladó en 1978, destinada a un Colegio público de la barriada de San Andrés. Se cumplía su ilusión, poder enseñar a los niños, porque, según decía, “lo que aprenden en esta edad, suele durar toda la vida”.

 

Velaba por ellos, defendía siempre a los más pequeños y, sobre todo, les hablaba de Dios, sintiendo mucho que la “clase de religión” estuviera minusvalorada y el poco relieve que se daba a las cosas del espíritu.

 

Con el paso del tiempo, los niños de antaño, ahora ya mayores, cuando se cruzaban con ella por la calle, la saludaban efusivamente y le mostraban su gran cariño, recordándole anécdotas de su infancia.

 

Les solía decir: “¿cómo van tus estudios?, ¿tienes trabajo?”, “¿te acuerdas de Dios?”, “no te veo por la iglesia”, “¿tienes novia (o novio)?”.

 

Su sola presencia era un continuo apostolado. El aprecio que se le tenía, hondo y sincero.

Así fue transcurriendo su vida, fecunda y callada. Su amiga y vecina, Victoria, con la que se conocía desde hace tiempo, le acompañaba muchas veces: juntas hacían excursiones y subían al Tibidabo, otro de los ejes de su existencia como cristiana comprometida.

Su vida fue austera, entregada al sacrificio y a los demás. Y, en lo personal, de una delicadeza extrema.

 

Solía repetir, al ver que sus fuerzas disminuían, que quería vivir…, pero que se sometía gustosa a la santa Voluntad de Dios. Estaba totalmente abandonada a ella. “Me muero; el Señor sabe que le amo mucho. ¡Que se haga su voluntad”.

 

El Tibidabo en su vida


Pertenecía a la Adoración Diurna, turno de los jueves. Estaba tan enamorada de esta Obra, de su ideario –”la ­expiación por el sacrificio”–, de la Adoración, que, en su última etapa, desde la ventana de la habitación, que daba al Templo, le decía al Corazón de Jesús: “Ya no subiré más a verte”.

 

En su contacto íntimo con el Señor, a veces se explayaba: “Mira, pasa esto; he hecho lo que he podido; arréglatelas Tú y no permitas que sucedan estas cosas”.

 

Su oración era escuchada y así se solucionaban muchos problemas, prueba de su confianza plena en la Divina Misericordia. Victoria, su confidente, habla de gracias especiales del Señor, en ciertos casos

 

Hacia el encuentro con el Señor


Hace cuatro años se le detectó un cáncer en ambos pulmones, que fue soportando ejemplarmente; pero los últimos meses estaba tan imposibilitada, que Victoria optó por acompañarle en su enfermedad. Matilde sufría por que su compañera tuviese que estar pendiente de ella.

 

Cuenta que, muchas veces, la encontraba absorta, como si estuviera meditando o rezando profundamente. Últimamente, no quería recibir visitas. “Que recen por mí, pero que no vengan a verme”, decía, porque se asfixiaba y estaba con respiración asistida.

 

Vio claramente que se moría. Querían suministrarle morfina, pero ella se negó, pues quiso vivir sus sufrimientos, plenamente consciente, unida a Cristo.

 

Al médico y a la enfermera que la visitaban habitualmente les pedía que no viniesen hasta que no los llamara, porque se estaba muriendo y “necesitaba tiempo para prepararse; que rezasen por ella, era lo único que pedía”.

 

Victoria, con permiso del párroco, le llevaba la Sagrada Comunión cada día. La Unción de los Enfermos la recibió con fervor. Y, tres días antes de morir, afirmó que “había visto” a sus padres y a su hermano, ya difuntos; y a quien la cuidaba: “No tardaré mucho en morirme”.

 

Pedía hacerlo un día de la Virgen y falleció el 28 de abril, fiesta de Nuestra Señora de la Cabeza.

 

El día antes, siguió la recomendación del alma, y con gran serenidad, expresó sus deseos sobre el funeral: quería ser enterrada, con sus padres, en su pueblo de Teruel.

(Revista Tibidabo, Sept-Oct. 2005)


     El aparcamiento 

Hace un tiempo conocí a un señor de algo de edad, quien me llevó a su
trabajo. Noté que estacionó su auto en lugar mas lejano del estacionamiento a pesar de que todos los espacios estaban desocupados.

Le pregunté entonces el por qué lo hacía, y me dijo que era porque tenía
tiempo suficiente para caminar hasta la oficina, y que sus compañeros,
conforme fueran llegando cada vez mas tarde, tendrían menos tiempo, por lo que necesitarían estacionar más cerca del edificio.

Me impresionó notablemente lo que este hombre me enseñó y me hizo pensar en lo distinto que sería el mundo si cada uno se preocupara más por los demás y dejáramos de lado nuestros tontos egoísmos.

 

   Un billete gratis 


Cuando aquel hombre se acercó a la taquilla del metro como todos los días y saludó a la empleada, recibió una respuesta que le dejó maravillado:
- Hoy no le cobro, hoy viaja Vd. gratis.

- ¿Cómo es eso, no pago hoy el billete?
- No, señor, ayer se olvidó Vd. de recoger el cambio, hoy se le compensa.

- Pero si ayer no estaba Vd. en taquilla. ¿Cómo sabe que fui yo el que no recogió el cambio?
- Porque me lo dijo mi compañera. Me dijo:
mañana no le cobres al señor que se olvidó el cambio.

- Y ¿cómo me han podido reconocer entre tantos miles de usuarios del metro?.

- Muy sencillo. El que se olvidó de recoger el cambio -me dijo- es el Señor que siempre nos saluda amablemente y nos da los buenos días. Y ese sólo es Vd. Pase, por favor.q

 

  Khassan Baiev, cirujano durante la guerra en Chechenia 
La Vanguardia . martes 27.09.05

KHASSAN BAIEV, CIRUJANO DURANTE LA GUERRA EN CHECHENIA
"Sus gritos todavía me persiguen"

No es un actor de moda ni un intelectual que se compromete desde el orejero de su casa. Es un hombre corriente, con valores de toda la vida, cuya ética y empatía lo convierten en un valiente. Lo admiro profundamente. En su maravilloso libro, ´El juramento´, cuenta su historia, la de un cirujano que cuando estalló la guerra ruso-chechena en 1994, y mientras la mayoría de los médicos huía del país, volvía a Grozny consciente de que su ayuda era necesaria. Cuando el hospital fue destruido por los rusos y tras pasar días en coma, habilitó una clínica a pocos kilómetros de la capital. Durante seis años operó sin electricidad, sin agua corriente, sin anestesia y donando su sangre. Fiel a sí mismo, atendió a todo herido y acabó siendo condenado por ambos bandos.

 Tengo 42 años. Nací en Aljan-Kala (Chechenia) y vivo en Boston desde hace seis años. Estoy casado y tengo 6 hijos. Tras once años de guerra, Chechenia está en ruinas y su población enferma y desesperada. Me he vuelto independentista. Soy musulmán. Publico El juramento, un cirujano bajo el fuego en Chechenia (Entre Libros)

IMA SANCHÍS - 27/09/2005


- ¿La guerra cambia a las personas?

- En Chechenia, los jóvenes entre 30 y 40 años aparentan 60. Llevan el terror en el rostro.

- Usted vivió la guerra desde una pequeña clínica de su pueblo.

- Era el único médico de la zona para miles de personas. Operaba sin electricidad, sin agua, sin anestesia. Atendía a todo el que llegara: civiles, soldados rusos o chechenos, por eso ambos me consideraban un traidor.

- ¿Usted ha llegado a sentir odio?

- Es una pregunta muy dura, pero sí, durante las limpiezas étnicas... Nuestro pueblo estaba rodeado por tanques rusos, dispararon durante dos días seguidos. El criminal Barayev, un extremista checheno, vino al hospital a matarme por traidor. Como no paraban de llegar heridos me dijo: "Te mataré en cualquier momento, pero sigue operando".

- Y usted ¿qué pensaba?

- No pensaba. Los rusos fueron ganando terreno y, al tercer día, Barayev escapó abandonando a sus hombres. Cuando salí del hospital las calles estaban llenas de civiles y animales muertos. Yo estaba totalmente manchado de sangre, la notaba en los zapatos. Soldados rusos se me acercaron: "Usted es el cirujano que ha ayudado Barayev", me dijeron.

- Vaya.

- "Yo he ayudado a los heridos", les dije, y entonces recibí un golpe en la sien con la culata, caí al suelo y me patearon. Luego me cogieron de escudo humano. La gente salió de los refugios. Se reunieron unas 30 mujeres y se pusieron junto a mí: "No dejaremos que le disparen", dijeron; me salvaron.

- Qué injusto todo.

- Creo que lo peor que he vivido ocurrió al comienzo de la segunda guerra. Los rusos lanzaron misiles tierra-tierra, uno cayó en el mercado y otro en la maternidad. Hubo unos 200 muertos y 400 heridos, la mayoría mujeres y niños. Los teníamos tumbados en el suelo helado, sobre charcos de sangre. Sus gritos todavía me persiguen.

-...

- Otro momento que me atormenta ocurrió cuando en una sola noche me trajeron a 300 heridos por minas. Era invierno, los chechenos abandonaron Grozny para irse a las montañas. Los campos estaban minados y para abrir el paso al resto de los civiles salieron voluntarios que volaron por los aires.

¿Cuántos murieron?

- Unos 170. Los 300 que sobrevivieron, sin piernas, sin brazos, me los trajeron a mí. No había dónde acomodarlos, así que los amontonamos en los pasillos y en la calle. La mayoría tenía entre 20 y 30 años. En 48 horas realicé 47 amputaciones y 7 trepanaciones de cráneo. Por todas partes había cubos de fregar llenos de extremidades.

- Debe de estar orgulloso de haber salvado tantas vidas.

- A menudo me siento culpable por no haber salvado más vidas, por dejar a niños y jóvenes sin piernas. Estoy hundido.

- Arriesgó su vida para salvar la de un colega ruso.

- Era médico militar y estaba condenado a muerte, pero a mí me daba mucha pena, tenía dos hijos, así que le ayudé a escapar. Los rebeldes chechenos me tuvieron en un foso durante diez días, sin agua, sin comida, pero yo lo negaba todo y al final me dejaron ir.

- Tuvo que ser duro tomar la decisión de marcharse de Chechenia.

- Me fui en abril del 2000, cuando ya todo se había acabado: habían destrozado el hospital y yo estaba muy enfermo, no podía ver más sangre, ni oír más gritos de dolor. De tantas operaciones mis manos estaban completamente hinchadas. Hacía las suturas con hilo corriente y tenía todos los dedos cortados. Mis manos ya no me respondían.

- ¿Todavía tiene pesadillas?

- Sueño con niños que se quedan calvos de golpe, niños que salen de los escombros y su cabello se ha vuelto blanco por el miedo o se les ha paralizado la cara. Pero no son pesadillas, son recuerdos; horribles recuerdos. Es curioso lo que está ocurriendo.

- Diga.

- Desde que ocurrió el 11-S se pueden matar chechenos porque ya no se nos considera personas, todos somos bandidos y terroristas. Y eso es absurdo, es como si dijeran que todos los vascos son de ETA. La peor arma que hay en este mundo es la propaganda.

- ¿Sus hijos están bien?

- Los chechenos estamos acostumbrados a que nos paren en cada esquina y nos pidan el pasaporte, nos lleven a comisaría sin motivo, nos insulten, tener que dar un soborno para que nos dejen marchar y dar las gracias por aceptar el dinero. Así se vive en Rusia, y ahora, en Boston, no nos ocurre eso. Es curioso, porque no me di cuenta de lo humillante que era hasta que salí de allí.

- Estuvo varias veces al borde de la muerte.

- Muchas. La primera fue al comenzar la guerra. Un misil alcanzó el hospital de Grozny, murió mucha gente. Durante el coma encontré la paz y perdí el miedo a la muerte.

- ¿Los soldados no respetaban a nadie?

- Sus ataques comenzaban siempre de la misma manera: los militares rusos acusaban a los pobladores de dar refugio a los combatientes chechenos. No era cierto, los ancianos de los pueblos negociaban con los comandantes chechenos para que se fueran y no pusieran a la población en peligro.

- ¿Cómo reaccionaba el ejército ruso?

- Hacían incursiones de castigo. La gente se escondía en los sótanos, pero ellos abrían las trampillas y tiraban granadas. Saqueaban las casas y lo incendiaban todo. Cuando las autoridades rusas retiraban el bloqueo y dejaban entrar a los médicos, el horror era tan increíble que a veces temo que no me crean. q

 

 


     El niño que no pudo ofrecer un vaso de agua 

 

Joshua Heldreth es un niño norteamericano de diez años que, el pasado Viernes Santo, fue arrestado por intentar dar de beber a Terry Schiavo. Algunos recordaréis que esta mujer tenía una enfermedad que la obligaba a permanecer en la cama sin poder moverse, ni hablar, ni poder hacer nada por sí sola. Los tribunales decidieron, en contra de la familia de ésta, que la cuidaba con mucho cariño, que era mejor que Terry estuviera muerta, porque esa vida que ella llevaba no era, a su parecer, d i g n a .

 

Así que la condenaron a morir de hambre y de sed. Era una manera de hacerla desaparecer «por su bien», según ellos.

El Viernes Santo, Joshua, el menor de 8 hermanos, decidió por su cuenta saltarse las vallas del hospital en el que se

en el que se encontraba Te r r y, para llevarle un vaso de agua. 

La policía detuvo a Joshua en su intento, y fue juzgado y condenado a 25 horas de servicios comunitarios. 

 

El niño ha escrito una carta de disculpa. En ella, explica por qué lo hizo: «En la Biblia se dice que no debes matar, en los 10 mandamientos. Dice que ames a tu prójimo como a ti mismo. Dice también, en Mateo, 15: Cuando Yo estaba hambriento y sediento, tú me diste de comer y de beber. Haciendo eso por otros es como si lo hicieras por Dios, y Él llama a la gente que es justa a ir al cielo. Yo quise hacer lo mismo». Además, Joshua dice que le entristeció mucho ver cómo Terry pasaría tanta sed y tanta hambre, y que «Jesús habría hecho lo mismo. Siento que eso no les haya

gustado –proseguía en su carta– y que no me hayan permitido ayudarla. Un día tendrán ustedes que decirle a Dios por qué».

 

De una manera tan sencilla, simplemente queriendo dar de beber al sediento, un niño pequeño ha hecho ver al mundo la aberración que suponía dejar morir a una persona de sed y de hambre, sólo porque consideraban, según su opinión, que no tenía una vida digna. Y es que, al igual que nadie elige nacer, porque la vida es un regalo de Dios al hombre, nadie tampoco está en su derecho de elegir cuándo alguien debe morir. q
 

 


    Tolstoi y el monje de Optina  


El gran escritor León Tolstoi, cuenta que un monje católico-griego, que había ingresado en un monasterio de Optina (Rusia), fue atacado por una enfermedad desconocida, terrible y espantosa.
Quedó totalmente imposibilitado, tumbado en el lecho de su celda. No podía ni siquiera comer. Tenían que dárselo y hacérselo todo.
Jamás pudo trabajar ni asistir a los oficios divinos. Era un hombre inútil... Unos monjes decían que debía marcharse, que aquel no era un lugar para un enfermo.

Otros que debía quedarse, porque podría recuperar la salud. Sufría grandes dolores.

Lo soportaba y lo ofrecía todo con gran amor.

Más: lo hacía con un ánimo tan tranquilo y con un corazón tan jubiloso y  alegre, que  comunicaba. fuerza y  alegría a los monjes que lo cuidaban.

La fama del enfermo imposibilitado de Optina no solamente ganó los corazones de todos los monjes sino que llegó a todos los rincones de Rusia. Así empezaron a llegar grupos de peregrinos de todas partes de Rusia para verlo, para pedirle consejo y recibir -con su sola presencia, su gran sonrisa y su alegría- un baño de espiritualidad, de optimismo, de fuerza para así afrontar los sufrimientos y las cruces de cada día.

-Si estás enfermo aparta de tu mente... que eres un inútil para el apostolado.
-Los maestros espirituales dicen que: «Apostolado no quiere decir actividad exterior. Cristo clavado en la cruz... no predicaba, no hacía nada. Sufría... y amaba. Así redimió al mundo».
-Tú puedes ayudar. «Tu misión es intransferible. Ése es tu camino y no otro. Nadie puede aportar... lo que tú aportas».

José Mª Alimbau - Hoja Diocesana 16-X-05

 


 

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