"¡Qué
estúpido era al no creer en Dios!"
Los soplos del Espíritu Santo
La lección del huracán
Katrina
El Maestro Cleto
Matilde Barrera, adoradora
El
aparcamiento
Un billete gratis
Kassan Baiev, cirujano en Chechenia
El niño que no pudo
ofrecer un vaso de agua
Tolstoi y el monje de Optina
¡Qué estúpido era al no creer en Dios!
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«¡Qué estúpido era al no creer en Dios!»
¡Qué estúpido era al no creer en Dios!: en esta frase se puede resumir el testimonio de un joven sacerdote de Kazajstán, el padre Alexander Fix, de origen alemán, pronunciado ante seminaristas del mundo entero reunidos en la iglesia de San Pantaleón, en la tarde del 19 de agosto, en torno a Benedicto XVI.
La comunidad cristiana en Kazajstán es un pequeño rebaño en este país de mayoría musulmana. Los católicos, que no tenían iglesias, se beneficiaban de la hospitalidad de los ortodoxos durante los años del comunismo.
Cuando realizaba su servicio militar obligatorio en la Armada Roja, Fix trató de abandonar el Ejército, lo cual le hubiera expuesto a innumerables peligros. |
En un permiso fuera del cuartel, le contó algunas confidencias a su abuela, quien le dijo: «Tienes que rezar y el buen Dios te ayudará».
«Estas sencillas palabras de mi abuela, pronunciadas en esta situación, fueron el toque de gracia para mí. Escribí el Padrenuestro y el Avemaría y comencé a rezar.
Cuando estaba de guardia, las noches, rezaba y sentía la presencia de Dios tan sensible que me decía a mí mismo:
¡Qué estúpido era al no creer en Dios! Terminé mi servicio militar y regresé sano y salvo a mi casa. Poco a poco profundicé en mi fe. Rezaba el Rosario y leía la Escritura.
Dos años después escuché la llamada al sacerdocio», recordó. Fue ordenado en Astana, la capital de su país, en 2001, y su obispo, monseñor Thomas Peta, le pidió que acompañara a los jóvenes kazajos hasta Colonia.
El
presbítero concluyó pidiendo al Papa que rezara por su país.
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Según el malabarista de Dios, Paul Ponce: uno de los tres mejores malabaristas del mundo, de origen argentino pero residente en Cataluña, hizo el malabar de su vida en la noche del 20 de agosto: representar sus números, en plena Vigilia de oración y adoración, sin alterar para nada el recogimiento de los 800.000 jóvenes presentes.
Es un mago de los sombreros, de las pelotas de ping pong en la boca, y puede hacer lo que quiera con los siete bolos… Sin embargo, en Colonia lo tenía difícil. «Mi participación requirió tres días de ensayos en Marienfeld, en el mismo lugar de la Vigilia.
Al contemplar durante esos tres días el mal tiempo y las fuertes ráfagas de viento que allí se concentraban, pensé que sería casi imposible realizar mis malabarismos, especialmente con mis sombreros. Pero le confié esta intención a muchas almas conocidas, y además al Siervo de Dios Juan Pablo II».
Tras terminar el espectacular número de los malabares con las antorchas, se acercó junto a su esposa, Lia, para saludar al Papa.
«Nos arrodillamos a los pies del Santo Padre, y le imploramos su bendición que, con tanto cariño, nos dio.
Le dijimos que llevamos tres meses casados y que cada día rezamos por él, algo que acostumbramos a hacer después de cada Comunión.
Recibimos de sus manos un rosario cada uno, y con gran alegría nos alejamos del Santo Padre sintiéndole en nuestros corazones más cerca que nunca», añadió.
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Paul, que no ha vivido más de diez meses en una misma ciudad en toda su vida, heredó la fe de su familia, pero sus viajes por el mundo le impidieron mantener una formación cristiana continua.
Lo que él llama su conversión tuvo lugar a los 21 años, cuando trabajaba en un espectáculo del casino de Nassau, Bahamas («donde pasé los únicos 10 meses seguidos en un solo lugar»).
Allí se preparó para recibir la Confirmación. «Algo que no se me puede olvidar de este proceso de mi conversión, fue el entrar a solas a la iglesia a rezar y fijar mis ojos en el Crucifijo; al mirarlo, me preguntaba: ¿por qué tanto dolor y sufrimiento?», recuerda.
«Lo increíble fue que, cuanto más intentaba entender y aprender a hacer el bien hacia Dios y los demás, más felicidad y plenitud sentía», revela.
«El culmen de todo esto fue cuando decidí parar un año entero de trabajar en el mundo artístico, para dar un año de colaborador (misionero laico) a la Iglesia», aclara.
«Al final, me di cuenta de que ese año había sido el más feliz de toda mi vida, pues aprendí dónde se encontraba la felicidad: en buscar a Dios y el bien de los demás», confirma.
«Ahora trabajo en el mundo artístico con un nuevo ideal: ver cómo puedo ser un instrumento de Dios hacia mis compañeros, y no por lo que yo pueda hacer por ellos, que sería nulo, sino por lo que Dios, sirviéndose siempre de instrumentos indignos, pueda hacer por ellos», concluye.q (De Alfa y Omega nº 463 ) |
La Lección del huracán Katrina
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Hace algunos años tuve la fortuna de conocer el sur de los Estados Unidos, perderme en algunas ciudades de Alabama y Missisipi, hasta llegar a la cuna del jazz, Nueva Orleáns.
Allí conocí a un feligrés de la catedral de San Luis, un tipo adusto y franco, que tuvo la gentileza de hacerme de lazarillo para que no me perdiera un solo metro cuadrado de la belleza de la ciudad.
Recuerdo que me condujo hasta los hoy tristemente célebres diques que mantenían ceñida a la ciudad frente a la amenaza de desaparición.
«Sabemos –me decía– que en cualquier momento puede ocurrir el desastre». Su serenidad era bien similar a la de los agricultores sicilianos que viven a los pies del Etna; ellos saben que la recompensa por la fertilidad de la tierra puede verse súbitamente alterada por un par de espumarajos del volcán.
Me dio la impresión de que Nueva Orleáns era una ciudad de cartón piedra; la fachada de la iglesia de San Luis tenía la textura de un decorado provisional; y las termitas de Formosa campaban a sus anchas devorándose calles y edificios.
Estos días hemos estado pegados a la CNN para no perdernos detalle de la evacuación de los supervivientes del S u p e rd o m e , en la Pompeya del siglo XXI. |
Las transmisiones en directo se sucedían ininterrumpidamente en programas de extraordinaria calidad informativa y humana. Recuerdo las palabras de uno de los supervivientes: «Es curioso pensar que la nación más avanzada del planeta no esté preparada para enfrentarse a la naturaleza».
Más que cierto. Nuestra interpretación es pueril cuando decimos que la culpa del horror la tiene Bush, porque rechazó en su momento el presupuesto para reforzar la muralla de los diques, o por la flagrante desinversión en infraestructuras, o por la tardanza en la organización del dispositivo de ayudas.
No, los culpables aquí hay que buscarlos más atrás, en los que se aferran al pensamiento ilustrado que pretende hacer del hombre el dispensador de la perfección en la tierra, sin margen de error.
El pasado sábado, Ignacio Sotelo escribía en El País y sostenía esta misma tesis en un artículo sobre el elogio inmoderado a la razón: «Dos son los enemigos principales de la ilustración: las Iglesias y los Estados.
Las Iglesias predican el No razonéis, pues por ese camino no llegaréis a ninguna parte». Esa razón que se adora sin apoyaturas es la que trae la ilusión de nuestra omnipotencia; sin embargo, la realidad (como la devastación que estamos viendo en Nueva Orleáns) nos acerca el rostro más genuinamente nuestro: el de la fragilidad.
JavierAlonso Sandoica
(De Alfa y Omega nº 463 ) |
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Fuente: Buenas Noticias
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Por ello, el 1º de abril de 1927, viernes primero de mes, lo
detuvieron junto con cuatro de sus colaboradores, tres de ellos muy
jóvenes: «Si me buscan, dijo, aquí estoy; pero dejen en paz a los
demás». No fue escuchado. Los oficiales querían obtener información sobre los cristeros y sobre el lugar donde se escondía el obispo de Guadalajara, Mons. Francisco Orozco y Jiménez. Como no conseguían nada, comenzaron a torturarlo: lo desnudaron y lo colgaron de los pulgares; después lo flagelaron y, con hojas de afeitar, fueron provocándole heridas en el cuerpo y en las plantas de los pies. Uno de los jóvenes que había sido apresado con él, ante la inminencia de la muerte, dijo que quería confesarse. Anacleto le exhortó: «¡No hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar! Es un Padre y no un juez el que te espera. Tu misma sangre te purificará». Le atravesaron el costado con una bayoneta, y como sangraba mucho, se dispuso su ejecución; sin embargo, los soldados elegidos se negaron a disparar y fue necesario formar un nuevo pelotón. Anacleto, antes de morir perdonó al general que dirigía la ejecución y le dijo: «Cuando llegue usted ante el Tribunal Divino tendrá en mí un intercesor». Murió con el grito de «¡Viva Cristo Rey!» en los labios. Sus compañeros también fueron ajusticiados. Si el maestro Cleto viviera aún, posiblemente se admiraría de muchos de nosotros que –quizás– no somos capaces de confesar nuestra fe con valentía, ya no ante una bayoneta o un pelotón de fusilamiento, sino ante una simple burla o comentario irónico; hoy en día en que con tanta facilidad se confunde “coherencia” con “fanatismo”. Pero, a decir verdad, lo que nos sobra son discursos y buenas explicaciones; lo que nos falta son testimonios. q Maestro Cleto, ruega por nosotros. |
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En el recordatorio de la adoradora Matilde Barrera Sánchez, fallecida el pasado 28 de abril, a los 75 años, figura la cita, profunda y estimulante, de san Pablo –”si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte, somos del Señor”–, que retrata con exactitud su vida y su figura de creyente. Primeros años y opción por la enseñanza
Había nacido en Teruel. Viven dos hermanas suyas. Sus padres y un hermano fallecieron antes que ella. Obtuvo la Licenciatura en Filosofía y Letras. Educadora auténtica, con verdadera vocación por la enseñanza, era muy creativa y le gustaba escribir, sobre todo composiciones para sus alumnos, positivas, ricas en valores, a fin de que pudieran sacar siempre algún provecho.
Un año, –según recuerda su fiel compañera doña Victoria López, quien nos ha facilitado muchos de estos datos y recuerdos –, redactó un cuento navideño para niños, que hizo imprimir, pagando la edición y el franqueo, y envió a todas las familias de su centro escolar. Alguien le dijo: “Matilde, ¿por qué escribes tantas cosas buenas, si nadie hace caso…?”. Pero ella siguió adelante con sus iniciativas, sin desanimarse. Entre sus páginas mejores, figura la composición en verso “Funeral y asunción de María”, que deseaba llevar a la escena.
Realización profesional y vocacional
Velaba por ellos, defendía siempre a los más pequeños y, sobre todo, les hablaba de Dios, sintiendo mucho que la “clase de religión” estuviera minusvalorada y el poco relieve que se daba a las cosas del espíritu.
Con el paso del tiempo, los niños de antaño, ahora ya mayores, cuando se cruzaban con ella por la calle, la saludaban efusivamente y le mostraban su gran cariño, recordándole anécdotas de su infancia.
Les solía decir: “¿cómo van tus estudios?, ¿tienes trabajo?”, “¿te acuerdas de Dios?”, “no te veo por la iglesia”, “¿tienes novia (o novio)?”.
Su sola presencia era un continuo apostolado. El aprecio que se le tenía, hondo y sincero. Así fue transcurriendo su vida, fecunda y callada. Su amiga y vecina, Victoria, con la que se conocía desde hace tiempo, le acompañaba muchas veces: juntas hacían excursiones y subían al Tibidabo, otro de los ejes de su existencia como cristiana comprometida. |
Su vida fue austera, entregada al sacrificio y a los demás. Y, en lo personal, de una delicadeza extrema.
Solía repetir, al ver que sus fuerzas disminuían, que quería vivir…, pero que se sometía gustosa a la santa Voluntad de Dios. Estaba totalmente abandonada a ella. “Me muero; el Señor sabe que le amo mucho. ¡Que se haga su voluntad”.
El Tibidabo en su vida
En su contacto íntimo con el Señor, a veces se explayaba: “Mira, pasa esto; he hecho lo que he podido; arréglatelas Tú y no permitas que sucedan estas cosas”.
Su oración era escuchada y así se solucionaban muchos problemas, prueba de su confianza plena en la Divina Misericordia. Victoria, su confidente, habla de gracias especiales del Señor, en ciertos casos
Hacia el encuentro con el Señor
Cuenta que, muchas veces, la encontraba absorta, como si estuviera meditando o rezando profundamente. Últimamente, no quería recibir visitas. “Que recen por mí, pero que no vengan a verme”, decía, porque se asfixiaba y estaba con respiración asistida.
Vio claramente que se moría. Querían suministrarle morfina, pero ella se negó, pues quiso vivir sus sufrimientos, plenamente consciente, unida a Cristo.
Al médico y a la enfermera que la visitaban habitualmente les pedía que no viniesen hasta que no los llamara, porque se estaba muriendo y “necesitaba tiempo para prepararse; que rezasen por ella, era lo único que pedía”.
Victoria, con permiso del párroco, le llevaba la Sagrada Comunión cada día. La Unción de los Enfermos la recibió con fervor. Y, tres días antes de morir, afirmó que “había visto” a sus padres y a su hermano, ya difuntos; y a quien la cuidaba: “No tardaré mucho en morirme”.
Pedía hacerlo un día de la Virgen y falleció el 28 de abril, fiesta de Nuestra Señora de la Cabeza.
El día antes, siguió la recomendación del alma, y con gran serenidad, expresó sus deseos sobre el funeral: quería ser enterrada, con sus padres, en su pueblo de Teruel. (Revista Tibidabo, Sept-Oct. 2005) |
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Hace un tiempo conocí a un señor de algo de edad, quien me llevó a su |
Le pregunté entonces el por qué lo hacía, y me dijo que era porque tenía tiempo suficiente para caminar hasta la oficina, y que sus compañeros, conforme fueran llegando cada vez mas tarde, tendrían menos tiempo, por lo que necesitarían estacionar más cerca del edificio. Me impresionó notablemente lo que este hombre me enseñó y me hizo pensar en lo distinto que sería el mundo si cada uno se preocupara más por los demás y dejáramos de lado nuestros tontos egoísmos. |
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Cuando aquel hombre se acercó a la taquilla del metro como todos los
días y saludó a la empleada, recibió una respuesta que le dejó
maravillado: |
- Pero si ayer no estaba Vd.
en taquilla. ¿Cómo sabe que fui yo el que no recogió el cambio? - Porque me lo dijo mi compañera. Me dijo: mañana no le cobres al señor que se olvidó el cambio. - Y ¿cómo me han podido reconocer entre tantos miles de usuarios del metro?. - Muy sencillo. El que se olvidó de recoger el cambio -me dijo- es el Señor que siempre nos saluda amablemente y nos da los buenos días. Y ese sólo es Vd. Pase, por favor.q |
Khassan Baiev,
cirujano durante la guerra en Chechenia
La Vanguardia . martes 27.09.05
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KHASSAN BAIEV,
CIRUJANO DURANTE LA GUERRA EN CHECHENIA No es un actor de moda ni un intelectual que se compromete desde el orejero de su casa. Es un hombre corriente, con valores de toda la vida, cuya ética y empatía lo convierten en un valiente. Lo admiro profundamente. En su maravilloso libro, ´El juramento´, cuenta su historia, la de un cirujano que cuando estalló la guerra ruso-chechena en 1994, y mientras la mayoría de los médicos huía del país, volvía a Grozny consciente de que su ayuda era necesaria. Cuando el hospital fue destruido por los rusos y tras pasar días en coma, habilitó una clínica a pocos kilómetros de la capital. Durante seis años operó sin electricidad, sin agua corriente, sin anestesia y donando su sangre. Fiel a sí mismo, atendió a todo herido y acabó siendo condenado por ambos bandos. Tengo 42 años. Nací en Aljan-Kala (Chechenia) y vivo en Boston desde hace seis años. Estoy casado y tengo 6 hijos. Tras once años de guerra, Chechenia está en ruinas y su población enferma y desesperada. Me he vuelto independentista. Soy musulmán. Publico El juramento, un cirujano bajo el fuego en Chechenia (Entre Libros)
IMA
SANCHÍS - 27/09/2005 |
¿Cuántos murieron?
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El niño que no pudo ofrecer un vaso de agua
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Joshua Heldreth es un niño norteamericano de diez años que, el pasado Viernes Santo, fue arrestado por intentar dar de beber a Terry Schiavo. Algunos recordaréis que esta mujer tenía una enfermedad que la obligaba a permanecer en la cama sin poder moverse, ni hablar, ni poder hacer nada por sí sola. Los tribunales decidieron, en contra de la familia de ésta, que la cuidaba con mucho cariño, que era mejor que Terry estuviera muerta, porque esa vida que ella llevaba no era, a su parecer, d i g n a .
Así que la condenaron a morir de hambre y de sed. Era una manera de hacerla desaparecer «por su bien», según ellos. El Viernes Santo, Joshua, el menor de 8 hermanos, decidió por su cuenta saltarse las vallas del hospital en el que se en el que se encontraba Te r r y, para llevarle un vaso de agua. |
La policía detuvo a Joshua en su intento, y fue juzgado y condenado a 25 horas de servicios comunitarios.
El niño ha escrito una carta de disculpa. En ella, explica por qué lo hizo: «En la Biblia se dice que no debes matar, en los 10 mandamientos. Dice que ames a tu prójimo como a ti mismo. Dice también, en Mateo, 15: Cuando Yo estaba hambriento y sediento, tú me diste de comer y de beber. Haciendo eso por otros es como si lo hicieras por Dios, y Él llama a la gente que es justa a ir al cielo. Yo quise hacer lo mismo». Además, Joshua dice que le entristeció mucho ver cómo Terry pasaría tanta sed y tanta hambre, y que «Jesús habría hecho lo mismo. Siento que eso no les haya gustado –proseguía en su carta– y que no me hayan permitido ayudarla. Un día tendrán ustedes que decirle a Dios por qué».
De una manera tan
sencilla, simplemente queriendo dar de beber al sediento, un niño
pequeño ha hecho ver al mundo la aberración que suponía dejar morir a
una persona de sed y de hambre, sólo porque consideraban, según su
opinión, que no tenía una vida digna.
Y es que, al igual
que nadie elige nacer, porque la vida es un regalo de Dios al hombre,
nadie tampoco está en su derecho de elegir cuándo alguien debe morir.
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El gran escritor León Tolstoi, cuenta que un monje
católico-griego, que había ingresado en un monasterio de Optina (Rusia),
fue atacado por una enfermedad desconocida, terrible y espantosa. Otros que debía quedarse, porque podría recuperar la salud. Sufría grandes dolores. |
Lo soportaba y lo ofrecía todo con gran amor.
Más: lo hacía con un ánimo tan tranquilo y con un corazón tan jubiloso y alegre, que comunicaba. fuerza y alegría a los monjes que lo cuidaban. La fama del enfermo imposibilitado de Optina no solamente ganó los
corazones de todos los monjes sino que llegó a todos los rincones de
Rusia. Así empezaron a llegar grupos de peregrinos de todas partes de
Rusia para verlo, para pedirle consejo y recibir -con su sola presencia,
su gran sonrisa y su alegría- un baño de espiritualidad, de optimismo,
de fuerza para así afrontar los sufrimientos y las cruces de cada día.
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