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    Catequesis del Papa a los niños de Primera Comunión
    Christiane Vera Felscherinow, una tabla de salvación
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    Carlos de Foucauld, una conversión sincera
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    Bosco Gutiérrez, lecciones de un secuestro


  

CATEQUESIS DEL PAPA A NIÑOS DE PRIMERA COMUNIÓN

 

 

CIUDAD DEL VATICANO, 15 OCT 2005 (VIS).-Esta tarde, 150.000 personas, de las cuales 100.000 niños de Italia y de otras partes del mundo que han hecho este año la primera comunión, participaron en la Plaza de San Pedro en un encuentro de catequesis y de oración con el Papa, cuyo tema fue "El Pan del cielo".

 

  Los niños, acompañados por sus familiares y catequistas, llenaron la Plaza de San Pedro y parte de la Via della Conciliazione. Antes de la llegada de Benedicto XVI hubo una fiesta, que incluyó música y espectáculos en los que actuaron varios pequeños.

 

  El momento principal fue el diálogo en el que el Santo Padre respondió espontáneamente a las preguntas que le hicieron algunos niños sobre la Eucaristía, que se encontraban sentados muy cerca de él.

 

  Al responder a la primera cuestión, el Papa contó el día de su primera comunión: "Un precioso domingo de marzo de 1936, hace 69 años. Era un día de sol, la iglesia era muy bonita, había música. El recuerdo más precioso es cuando entendí que Jesús había entrado en mi corazón, que me había visitado, y con Jesús, Dios mismo estaba conmigo. Este es un don de amor que realmente vale más que todo el resto de la vida", recordó. Aquel día, dijo, "prometí al Señor, en la medida de lo posible: Quiero estar siempre contigo, y le pedí: pero Tú tienes que estar siempre conmigo".

 

Una niña le preguntó por qué confesarse antes de comulgar si siempre cometen los mismos pecados.

 

El Papa se rió al escuchar la pregunta y respondió:

 

"Es verdad, en general nuestros pecados son siempre los mismos, pero hacemos limpieza de nuestra casa, de nuestra habitación, al menos cada semana, aunque la suciedad sea siempre la misma.  Si no se hace, corremos el riesgo de que se acumule la porquería, aunque no se vea. Lo mismo sucede con nuestra alma  -prosiguió-: si no nos confesamos nunca, el alma se descuida. Estoy contento conmigo mismo, pero no entiendo que debo mejorar siempre para seguir hacia adelante". La confesión, afirmó, "es necesaria sólo en caso de pecado grave, pero es muy útil confesarse regularmente para cultivar la limpieza y la belleza del alma, y madurar espiritual y humanamente".

 

  A otra pregunta sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía, aunque no lo veamos, el Santo Padre respondió: "No lo vemos, pero hay tantas cosas que no vemos, que existen y que son esenciales. Por ejemplo -dijo-, no vemos nuestra razón, nuestra inteligencia, pero existe para que podamos hablar y pensar. No vemos ni siquiera la electricidad, pero percibimos sus efectos, como la luz. No vemos las cosas más profundas, pero podemos ver y sentir sus efectos".

 

  A otra pequeña, que le preguntó qué hacer si sus padres el domingo no van a misa, le sugirió que hablase con ellos "con gran amor, con gran respeto" y que les dijera: "Querida mamá, querido papá, ¿sabes que hay algo muy importante para todos nosotros, también para ti? Encontrarnos con Jesús".

 

  El encuentro concluyó con la adoración y la bendición solemne de la Eucaristía. Antes, el Santo Padre explicó a los niños que adorar es "reconocer que Jesús es el Señor, el centro de nuestras vidas. Rezar -continuó- es decir: Jesús soy tuyo, no quisiera perder nunca esta amistad, esta comunión contigo". "La ausencia de Dio -concluyó- es una laguna destructiva. El es la luz, la guía de nuestra vida, de la que tenemos necesidad".


  Una tabla de salvación 

         Fuente: Buenas Noticias
         Autor: Miguel Ángel Atanasio

       
           Christiane Vera en 1978

A los catorce años, Christiane Vera Felscherinow era ya drogadicta y prostituta. Parecía condenada a la desgracia cuando, inesperadamente, su estrella pareció cambiar. En 1978, dos periodistas de Stern deseaban escribir un artículo sobre los drogadictos que se daban cita en la estación “Zoológico” del metro de Berlín.

Las dos horas de la entrevista inicial se convirtieron en otras dos horas; después en más entrevistas y, finalmente, en un libro.

«Christiane F. Los jóvenes del zoológico de Berlín» se convirtió en un éxito editorial que superó todas las expectativas. De un día para otro Christiane se encontró con quinientos mil marcos en su cuenta bancaria. Aunque había salido por primera vez de la droga, muy pronto volvió a la cocaína. No tardaría en pasar a la heroína…, ahora podía permitírselo.

En 1981 se filmó la película. La estrella de Christiane llegó a su cenit. La invitaron a la premier de la película en Suiza y conoció a su ídolo, el cantante inglés, David Bowie. Viajes, invitaciones a las fiestas de los ricos, fama. Se creía una princesa. ¿Qué más podía desear?

En el fondo, lo sabía. Hace poco afirmó: «Era sólo una muñeca de aparador. Apenas buscaba cercanía y afecto, advertía una barrera que se levantaba: seguía siendo una drogadicta». Su primer matrimonio y su estancia en Grecia terminó en un fracaso. Además, los beneficios por la venta del libro disminuían año tras año.

Los amigos que la coreaban en la gloria la ignoraron cuando volvió a ser una toxicodependiente y una prostituta más. La historia de Christiane F. cayó en el olvido...

La luz comenzó a despuntar nuevamente de modo inesperado. Hace diez años compartía su vida con un drogadicto. Todo había vuelto a su hiriente normalidad. Inesperadamente llegó su hijo, Niklas. Aunque su compañero la abandonó al año siguiente, había recibido un regalo del cielo, alguien por el que valía la pena seguir luchando.

Actualmente, Christiane tiene cuarenta y cinco años. Aunque ha dejado la droga, acusa las secuelas de todos esos años. Sufre hepatitis C y no puede vivir sin metadona. Sin embargo, ha encontrado por fin un sentido a la vida: «Vivo sólo para él. Me da valor y esperanza. Sin Niklas no sé si estaría viva todavía».

Se ha escrito que el niño es el padre del hombre. La gestación de un niño es, en cierto modo, la gestación de un padre y de una madre: nacen en ellos dimensiones inéditas de su personalidad. Tengo para mí que Niklas no sólo le ha dado “nueva vida” a su mamá: le ha regalado salud, gozo y esperanza. Una tabla de salvación, como caída del cielo, en el naufragio de la vida.

Con información de Il Corriere della Sera, 30 de agosto de 2005
 


    Ana María Collins  

 

Una amiga irlandesa, Ana María Collins de 33 años, vino a vernos recientemente. ¡Que su hermoso testimonio pueda inspirar otras iniciativas semejantes!
 

"Cuando era adolescente, iba a Misa por costumbre. Solía también ir a consultar las cartas, ¡fue por tanto necesario que Jesús y Maria irrumpieran en mi vida!

Enseñaba en una escuela Montessori y mi familia tenía un almacén que no marchaba bien. Hicimos entonces un pacto con la Virgen: si ella nos vendía el negocio, iríamos a Medjugorje. La Virgen es una excelente mujer de negocios porque, después de tres semanas de haber puesto el local en venta, ya nos había encontrado un comprador! Cumplimos con nuestra promesa y vinimos a Medjugorje el 25 de agosto de 1999. Y es allí cuando todo comenzó para mí.

 

El primer día, en la misa en inglés, la homilía fue enteramente sobre los astrólogos y la cartomancia. Tuve la impresión de que el sacerdote hablaba para mí y que esta homilía me estaba especialmente dirigida, por lo que me fui a confesar con él. Fue una confesión memorable. Confesé, entre otras cosas, que había recurrido a consulta de cartas y, al salir del confesionario, sabía que me había encontrado con Jesucristo!
¡Era libre!

 

Esa semana, ¡la Virgen me tomó tantas veces de la mano, sobre la colina de las apariciones, y en el Krizevac! La víspera misma de mi regreso, viví una experiencia particular con ella. Mientras estaba sentada al exterior de la iglesia con mi madre y rezaba mirando las cuentas de mi rosario, sentí de golpe que mi cabeza se alzaba. Miré hacia arriba y vi que la Virgen estaba allí y me miraba sonriendo. Nunca podré olvidar esa sonrisa sobre su rostro. No pronunció palabra alguna, no era necesario porque su sonrisa lo decía todo. ¡Era una sonrisa de amor! Como si ella quisiera estrecharme entre sus brazos en ese momento. ¡Qué hermosa era! A partir de ese momento se produjo un cambio en mí.Tenía novio  y estaba a punto de casarme. De regreso a casa, llamé a mi novio, le dije que había pasado una semana maravillosa y compartí con él lo que había vivido. El meneó la cabeza.  ¡No me creyó! Entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo quería ir a misa todos los días, ¡normal! También me integré a un grupo de oración. Nuestra relación se alteró. Entonces le recé a la Virgen: “Si quieres que rompa esta relación, no permitas que mi corazón se quebrante”. Luego le dije a mi amigo: “No puedo continuar de este modo contigo, creo que no eres el hombre que la Virgen quiere para mí”.

El era consciente que no íbamos bien juntos.

Tras esta ruptura, sentí que se me quitaba un peso de los hombros.

 

La Virgen me dio primero el deseo de la Santa Misa, y comencé a participar de ella diariamente y continúo haciéndolo. Luego, progresivamente, me dio el deseo de otras cosas, y al año siguiente, fue la adoración eucarística. ¡Actuó con tanto tacto! Ella sabe que debe alimentarnos de a pequeñas cucharaditas porque somos incapaces de digerir alimentos consistentes!

 

Cuando el Santo Padre, proclamó el Año Eucarístico el año pasado, con unos amigos decidimos hacer algo en ese sentido. La Virgen nos había dado el don de la adoración durante nuestra peregrinación a Medjugorje, haciéndonos tomar conciencia en esa ocasión de que su Hijo estaba realmente presente en el Santísimo Sacramento. Decidimos por tanto crear un sitio Internet para informar a la gente sobre los lugares y horarios de adoración disponibles en su región (en Irlanda). Comenzamos a contactar con la mayor cantidad posible de sacerdotes por medio de la guía telefónica, y obtuvimos frecuentemente respuestas acogedoras! Algunos inclusive aceptaron iniciar la adoración perpetua en sus parroquias o capillas


Tras una larga estadía en Medjugorje, tuve que pasar tres semanas en el hospital en Dublín y me diagnosticaron la enfermedad de Addison (PS 2), una enfermedad poco frecuente que afecta las glándulas suprarrenales. Ahora tengo que tomar diariamente corticoides para hacer funcionar mis suprarrenales y suplementar así su insuficiencia. Me agoto muy fácilmente (ver PS 2). Pero cuando estoy frente al Santísimo, Jesús me da realmente la gracia de llevar y de aceptar esta cruz y de continuar mi vida cotidiana. No tendría fuerzas para soportar mi enfermedad si no lo tuviera a Jesús. Saco mi fuerza de la adoración. Sin la presencia de Jesús, no soy nadie. La adoración me da cada día una gran fuerza física y espiritual.

 

La Virgen es nuestra Madre, ella siempre nos protege cubriéndonos bajo su manto celeste. Si nos tomamos de su mano, ella nos guía. Si comenzamos un simple "Dios te salve María", ella viene a guiarnos y nos lleva a su Hijo Jesús. Basta con que le demos la mano y la dejemos hacer. ¡Ella sabe muy bien lo que es bueno para nosotros!
 

Ana María vuelve a veces a Medjugorje y cada vez la encontramos más enamorada de la Eucaristía y también más valiente porque, hasta el día de hoy, el Señor no la ha curado de esta dolorosa enfermedad. Al consagrar su vida a promover la adoración (además de su trabajo), no solamente atrae muchas almas hacia Jesús Eucaristía, sino que su camino de cruz se ha transformado en camino de alegría!


(Del Boletín de Medjugorje, edición electrónica, 15.10.05)

 


    Un sí al amor   

Fuente: Buenas Noticias
Autor: Fernando Pascual


Habían nacido ya dos hijos. La salud de la esposa era frágil. Los médicos aconsejaron, con palabras serias, sin vacilaciones, que era peligroso iniciar un nuevo embarazo, acoger la llegada de otro hijo.

En el otoño de 1956 era evidente que una nueva vida había iniciado. Los esposos fueron al médico, que constató lo grave que era ese embarazo. Les aconsejó, con mucho respeto, que no arriesgasen, que tomasen el camino “más seguro”, que hiciesen un aborto.

La esposa y el esposo pidieron consejo a un sacerdote. Luego fueron a rezar a una iglesia. La decisión no era fácil. Tal vez podrían morir juntos madre e hijo. Abortar parecía una solución fácil. Pero...

Pero esa nueva vida merecía respeto y cariño, pedía un poco de ayuda y de confianza. Agarrados de su fe cristiana, y por amor a ese hijo, los esposos decidieron dar una oportunidad a la vida. Aceptaron el riesgo, y pusieron en marcha lo mejor de la medicina para salvar a madre e hijo.

En julio de 1957 nacía, en la ciudad de México, un niño lleno de vida, con un peso nada desdeñable: ¡4 kilos! La mamá sobrevivió al embarazo y al parto, y pudo abrazar, con un gozo intenso, al nuevo hijo.

Un nuevo hijo que, con el pasar de los años, descubrió que Dios lo llamaba al sacerdocio. Un hijo que ahora enseña el Evangelio, lleva esperanza a los corazones, sostiene al que cae, ofrece una palabra de consuelo a quien sufre por las heridas de la vida.

Un hijo que se desgasta por los demás porque sus padres le enseñaron que ese es el secreto de la vida: dar sin medida, dar por amor, dar incluso cuando a veces los riesgos parecen muchos y los beneficios pocos.

Su madre vive todavía, feliz, orgullosa de su familia, de sus hijos. También experimenta un gozo especial por ese hijo (¡también por los otros dos que nacieron luego!) que cumple ya 20 años de sacerdote en diciembre de 2005. Ella se fió de Dios. Dios acogió su gesto de amor, y la bendijo con el sacerdocio de aquel hijo que, según el parecer de alguno, no debería haber nacido.

Así es la vida: un milagro de amor que explica mil sacrificios, que permite el nacimiento de cada ser humano, que hace que este mundo, entre tanta herida, sea ahora un poco más humano, un poco más feliz, un poco más bueno...


      De cara a un  santo

  

Formulamos a quienes conocieron personalmente al Padre Alberto Hurtado la siguiente pregunta:

  ¿ Cuándo y cómo descubrió que estaba frente a un santo?

  Padre Fernando Karadima

LOS CIMIENTOS DE UN SANTO

Agradezco mucho la oportunidad de escribir estas breves palabras, acerca del Padre Hurtado, como testimonio de lo que yo mismo pude ver. Haber conocido un santo no es un mérito mío, es un regalo que el Señor gratuitamente me concedió, y por ello me siento con el deber de transmitirlo.

Se ha hablado mucho, y con razón, de las obras del Padre Hurtado: hasta el día de hoy muchos se admiran de la fecundidad de sus obras, que siguen dando grandes frutos para la Iglesia y para nuestra Patria. Pero creo que no se ha destacado suficientemente el fundamento de estas obras. Así como, ante un gran edificio, nadie se admira de sus cimientos, pero bien sabemos que un edificio alto no se sostiene si no tiene profundos cimientos, así también sucede con el Padre Hurtado: se alaba las obras que se ven, pero pocos se detienen a pensar en los cimientos de estas obras. Por ello, siento el deber de transmitir este fundamento, porque el Señor me concedió la gracia de haber conocido de cerca a un santo; de haber podido conversar con él a solas; de hacerle preguntas y escuchar sus respuestas; de haberlo acompañarlo a visitar a los pobres, a animar a los presos, a recoger a los niños que vivían en la calle; de haber participado en las reuniones pequeñas de los sábados; de haberlo escuchado hablar en grandes asambleas y predicar los domingos en la mañana en San Ignacio; de ser testigo de su oración y de su amor a María Santísima y, sobre todo, de haberle podido abrir mi corazón para recibir una luz clara que hasta hoy sigue orientando mi vida sacerdotal.

Cuando conocí al Padre Hurtado, pude inmediatamente comprobar que era un hombre santo. Yo tenía unos 17 años, y después de haberle rezado a la Virgen Santísima en la Gruta de Lourdes, para que el Señor me iluminara sobre mi vida y mi vocación, partí al Colegio San Ignacio y pedí hablar con el P. Hurtado, aún sin conocerlo, pues había oído hablar de él. Cuando llegué, pregunté por él, y el hermano portero me dijo que el Padre Hurtado era muy ocupado, pero que, de todos modos, lo esperara. Me quedé rezando el Rosario. Cuando llegó, me lo indicaron y me acerqué a él, le toqué el hombro, se dio vuelta y me recibió con una gran sonrisa. Le dije: 'Padre, quisiera hablar con Usted' ... Él me miró y me preguntó: '¿Dispones de unos 20 minutos?' , luego me tomó del brazo y me llevó a la Capilla, me dejó arrodillado frente al Sagrario, y me dijo: 'Conversa con Jesús, vas a salir ganando' ... Me quedé rezando en la Capilla, un poco sorprendido. Después de un buen rato volvió, y me preguntó: '¿Qué te dijo Jesús?' , tomó su agenda y me dio una hora para conversar.

Con ese primer encuentro, quedé convencido de que era un santo, y así se lo comenté esa misma tarde a mi mamá. Esa convicción me ha acompañado toda mi vida. Había comprobado en la práctica lo mismo que él escribió en uno de sus libros: «La base de toda la educación sobrenatural es infundir en los jóvenes el amor a Jesucristo. El que ha mirado profundamente una vez siquiera los ojos de Jesús, no lo olvidará jamás» ( Puntos de Educación , cap. XX).

Su modo de atraer a la juventud no estaba basado en meras estrategias humanas; lo que él buscaba era poner a los jóvenes en contacto directo con Jesucristo. Era un hombre de Dios, un hombre de una profunda vida de oración, de un inmenso amor a María Santísima y, precisamente por eso, un hombre de un heroico amor a los demás. Y su capacidad de ver a Cristo en todos, en especial en los más pobres, lo llevaba a entregarse sin límites, sin importar la hora, el sueño o el cansancio. Sus largas horas de oración frente al Sagrario lo impulsaban a servir a los que más sufren.

La fecundidad del Padre Hurtado se explica porque era un santo, vivió su vida de una manera sobrenatural. La grandeza de sus obras no se explica sólo por sus cualidades humanas, que eran muchas. Los grandes frutos de su apostolado se deben a su estrecha unión con Cristo. Cuando subíamos a su camioneta, me decía: '¿Echamos bencina?' , eso quería decir que rezáramos el Rosario, puesto que para el cristiano, la oración es como el combustible para la vida. Cada reunión comenzaba con la oración, y antes de salir en las noches a las calles, a buscar a los niños vagos, para llevarlos al Hogar de Cristo , pasaba un rato largo en oración, con los jóvenes que lo acompañábamos. Había que prepararse para visitar a Cristo en la persona del pobre. Las salidas a la calle no podían ser como un paseo, ni podían estar motivadas por la curiosidad; la visita a Jesús debía estar preparada por la oración.

Su predicación estaba centrada en la búsqueda de la santidad. Cuando hablaba, ya sea en los retiros, en las reuniones, en la prédica de la misa, siempre insistía en que debíamos aspirar a la santidad. Veía el mundo a la luz de la fe y a la luz de la eternidad. Cuando hablaba de la vida eterna impresionaba muchísimo, hablaba del cielo con una naturalidad que conmovía. Ciertamente su propia vida de entrega tan heroica, estaba cimentada en esta fe profunda en la vida eterna.

Cuando el Padre Hurtado ya se sentía mal, debido a su enfermedad, por obediencia a sus superiores, dejó el trabajo y pasó algunos meses en Valparaíso y en la Casa de los Jesuitas en Calera de Tango; pasé un día entero en una visita que le hice en la casa de Calera. En esa ocasión, lo vi muy demacrado y cansado, y durante la larga conversación que sostuve con él, me habló alegremente y con un gran optimismo sobre el peregrinar a la eternidad y cómo esta vida nos había sido dada para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo y la eternidad para poseerlo. Mi impresión fue que soportaba una enfermedad grave, con paciencia heroica, sin quejarse y con gran alegría. Cuando yo le dije que lo veía muy pálido y que debía descansar, él me contestó sonriendo: 'tendremos mucho tiempo para descansar' .

Era muy simpático. A uno le agradaba estar con él, era acogedor, escuchaba a todos con mucho interés. Nunca hablaba de él mismo, y cuando alguien comenzaba a alabar alguna de sus obras o predicaciones, con mucha naturalidad, cambiaba de tema, sin hacer que nadie se sintiera mal; pero los que lo conocíamos nos dábamos cuenta lo que estaba haciendo. Frente a las injustas criticas que se le hicieron en relación con su cargo en la Acción Católica, resplandeció su fortaleza heroica, pues nunca lo vimos hablar mal de nadie.

Finalmente, no puedo omitir mi último encuentro con él, algunas horas antes de su muerte en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. El día antes de su muerte, fui a visitar al Padre Hurtado. Al verme, le pidió a la enfermera que nos dejara un momento a solas. Luego, me miró y me dijo: 'Pronto se descorrerá el velo y podré ver al Patrón y a la Patroncita' , es decir, al Señor y a la Virgen Santísima. Y me preguntó con una naturalidad impresionante: '¿Quieres mandarles algún recado?' . Yo me arrodillé, llorando por la emoción, tomé sus manos y le pedí tres cosas, de las cuales ya se cumplieron dos, y confío en que la tercera también se cumplirá. Él me miró, y me dijo: 'Llegando se lo diré' . Estas fueron las últimas palabras que le escuché al querido Padre Alberto Hurtado. Con razón Mons. Manuel Larraín, el la oración fúnebre, dijo que la vida de Alberto Hurtado había sido 'una visita de Dios a nuestra Patria' .

F.K.

Padre Raúl Hasbun

TESTIGO DE LO ABSOLUTO

Conocí al Padre Hurtado en 1942, como alumno de preparatorias del Colegio San Ignacio de Alonso de Ovalle. La formación y práctica religiosa eran muy intensas, muchos alumnos frecuentábamos la misa y comunión diaria, aprovechando que la primera hora de la mañana era de estudio, con opción de utilizarla para la misa. En el templo había siempre confesores, todos ellos con bien ganada fama de cordialidad, sabiduría y alentadora comprensión. En los altares laterales podíamos ver cada día a los distintos sacerdotes que vivían en el colegio, celebrando con gran devoción su misa. Nos disputábamos el privilegio de contestarles en latín, servirles las vinajeras, trasladar el misal y tocar la campanilla a la elevación de la hostia. El Padre Hurtado era uno de esos sacerdotes, y también atendía su confesionario. Para nosotros, toda la atmósfera del Colegio estaba impregnada de una alta vivencia de la fe, y cada sacerdote encarnaba y trasmitía, según su personal carisma, valores muy atractivos, que todos compartíamos.

¿En qué sentido descollaba la personalidad del Padre Hurtado? Quienes lo tenían como confesor y director espiritual, quedaban marcados por su sed de Absoluto y su urgencia de amar. Participar en un retiro espiritual conducido por él equivalía a plantearse un ineludible “sí” a la entrega total, por Cristo y por la Iglesia. El Mes de María, celebrado en el Colegio con misa diaria, lo tenía a él como uno de sus predicadores obligados. Y en ese tiempo, los alumnos debíamos participar también, con uniforme azul, en la misa dominical del Colegio, después de la cual se nos entregaba la libreta de notas. En esa misa solíamos escuchar las prédicas del Padre Hurtado, con un mayor acento en lo social, participándonos sus proyectos e invitándonos a compartir sus iniciativas de justicia y caridad.

Estas prédicas se acogían con respetuoso silencio: ese silencio que acompaña a la clara conciencia de que aquí ha hablado un testigo de Dios. Luego una saludable insatisfacción con uno mismo: esa provocativa urgencia de hacer algo, y pronto, para cambiar una situación de escandalosa pobreza en otra de amorosa justicia. Y por último, un contagio de fuego cristológico . Todo, en la predicación del Padre Hurtado, partía de su ardiente amor a Jesucristo. Era la encarnación del “Caritas Christi urget nos” (el amor de Cristo nos apremia). Un rasgo, y secuela, de esa fogosidad cristológica era la casi permanente afonía de quien predicaba sin micrófono y totalmente consumido por su ansia de contagiar amor.

Intentando una reconstrucción de lo entonces escuchado, percibo en esta predicación del Padre Hurtado una trilogía indisoluble: el amor a Cristo, el amor a la Iglesia, el amor a los pobres. En ese orden. El predicador nos instaba a leer constantemente a San Pablo: “tengan en su velador las epístolas paulinas”. He aquí una clave de su personalidad. Nos revela un corazón forjado en la misma fibra y mística del gran apóstol de Cristo: “para mí, vivir es Cristo”.

Pablo asocia este amor a Cristo con el amor a la Iglesia, Esposa de Cristo. Su “ Dilexit Ecclesiam ” (amó a la Iglesia) sintetiza magistralmente lo que la Iglesia es para Cristo, y pone de relieve lo que siglos más tarde diría Pablo VI: “es imposible amar a Cristo sin amar a la Iglesia”.

De las dos premisas citadas fluía la conclusión: amar a los pobres, que son miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por cierto, los miembros más frágiles y expuestos son los que requieren más amoroso y preferencial cuidado.

La típica controversia sobre apóstoles activos y contemplativos, hombres de acción o de oración, quedaba resuelta con sólo ver y escuchar al Padre Hurtado. Era ejemplo convincente de lo que diría el Papa Pio XII, citando a Santo Tomás: el apóstol es quien entrega a otros lo que ha contemplado en la oración. Un feligrés atento percibe, intuye si el predicador ha sido primero orante y luego orador.

Una dimensión profética en la vida del Padre Hurtado ha sido su calidad de testigo de lo absoluto. En su tiempo, todavía lo absoluto era socialmente aceptado como obvio, el sacerdocio, el matrimonio, la fe eran para siempre. Escuchar, leer hoy al Padre Hurtado en esta dimensión equivaldría a un ventarrón pentecostal . Remecería las conciencias. Solía utilizar una frase: “cuando se empieza un camino, y no se es ni imbécil ni cobarde, hay que recorrerlo hasta el fin, pase lo que pase. De lo contrario, más vale no tomar el báculo del caminante.

Un corazón valiente no se detiene a mitad de camino. Acepta la verdad entera, sin recortes, para serle fiel hasta más allá de la muerte. Me dan compasión los hombres semi honestos, y con mayor razón, los semi cristianos. No hay verdad sino en lo absoluto”.

Para mi , el Padre Hurtado encarna atractivamente el capítulo tercero de la Encíclica Veritatis Splendor , del cual el entonces Cardenal Ratzinger afirmó ser “uno de los textos más significativos del Magisterio de la Iglesia en este siglo”. Es el capítulo que honra a los testigos de lo Absoluto.

R.H.

William Thayer

"HA MUERTO UN SANTO"

Antes que buena, difícil o sencilla, la pregunta es hermosa y consoladora. Me hace pensar en ese penetrante episodio de los discípulos de Emaús: “Se les juntó un peregrino; conversaron; sintieron que el corazón se les colmaba de alegría y plenitud mientras Él les hablaba. Pero sólo más tarde, al partir el pan, lo reconocieron”. Mi respuesta a Humanitas , guardadas las distancias, sigue un proceso parecido.

El padre Hurtado fue un amigo que “ se nos juntó ” – a un grupo de universitarios, entre los que me contaba, - en un retiro, a comienzos de 1937. Nos llenó con su palabra, con sus gestos, sus exigencias y sus alientos. Mi vida, al menos, no fue la misma desde entonces. . Creo que este amigo muy especial, de una manera acomodada a la vocación de cada cual se quedó n con nosotros . Tengo una fotografía del grupo, tomada por Carlos Montenegro - abogado, notario en Quilpué - a quien no he vuelto a ver desde entonces, Pero él supo de mí por alguna publicación, y tuvo la amabilidad de enviarme ese recuerdo, después de medio siglo, y me reitera, en cariñosa nota adjunta, que quería provocar una reunión de los que ese día conocimos al que desde octubre de este año será san Alberto Hurtado Cruchaga. Con otros concurrentes a ese retiro he tenido y mantengo estrecha amistad, siempre estimulada por nuestra común vinculación al padre Hurtado. Oscar Ruiz Tagle, abogado, empresario y amigo desde que entramos al colegio, me cooperó generosamente cuando solicitaba ayuda para la edición de un libro sobre el Padre. Raúl Cereceda, ingresó al Compañía de Jesús y fue por tres décadas distinguido profesor de la Gregoriana, en Roma. Allá y acá nos hemos vuelto a ver con la alegría que nace de esa “ especie de amistad particular con Dios, que es la Gracia . Su cuñado, Sergio Stone, otro asistente al retiro de 1937, es un contertulio frecuente , con el que, aprovechando una muy cercana vecindad, repasamos tantas experiencias vividas desde ese Emaús, que fue el Cerro Barón , en Valparaíso, donde tuvimos, gracias al padre Hurtado, un incomparable encuentro con el Señor. Otros, como Fernando Silva están ya cerca del amigo jesuita y del Padre Celestial. Todos, en definitiva, tuvimos un encuentro hace ¡68 años! que sólo ahora podemos debidamente valorar .

¿Cuándo me di cuenta que estaba frente a un santo? Tengo un recuerdo muy preciso del momento y la circunstancia. No califico si fue con tardanza u oportunidad, pero el 18 de agosto de 1952, cuando abandonaba el templo de San Ignacio, conversando con Héctor Humeres después de una misa de multitudinaria asistencia, a las ocho de la noche , me dije, como nos dijimos muchos: - “Ha muerto un santo”. Su cuerpo estaba ahí; hacía poco más de tres horas que había fallecido, pero en los rostros de las gentes, en alma de todos, en las luces y sombras de la iglesia, en la oscuridad de la calle Alonso Ovalle, donde comentábamos lo ocurrido en esa momentánea Jerusalén , que era Santiago ese anochecer. Se sentía, se trasuntaba, se respiraba que había muerto un santo.

¡Tantas veces que predicó el padre Hurtado: “ La vida nos ha sido dada para buscar a Dios; la muerte para encontrarlo; la eternidad para poseerlo ”! Ese día, el de su muerte, Alberto Hurtado tenía su feliz encuentro con el Señor. Por eso había emoción en nuestro espíritu y tal vez lágrimas en nuestro ojos, pero no por la pena natural de verlo partir, sino por la alegría sobrenatural presentirlo llegar ¡Que solemnidad! ¡Qué instante! Por fin junto al Patrón, junto a su madre del cielo: la Virgen Santa, y a su madre en el cielo, la que lo llevó en su seno y Alberto Hurtado amó con la fuerza que sólo la santidad puede otorgar. En la fracción de ese pan sagrado, que fue su cuerpo, todos –y yo uno más entre tantos - tuvimos la evidencia de que habíamos conocido a un santo.

W.T.

Padre Renato Poblete

EL SERVICIO DE CRISTO REY

El descubrimiento de que estuve frente a un Santo fue gradual. Me impresionó, en el primer contacto fue su acogida, inteligencia, virilidad, simpatía; el modo de recibir a alguien que no conocía, y sin embargo me hizo sentir como un amigo, y al irme, me invitó muy insistentemente a que siguiera participando en el grupo que se había formado en el liceo. Poco a poco lo fui conociendo. Un aspecto que me llamó la atención, fue el modo cómo hablaba de Cristo. De ese Cristo que quería transformar el mundo, del entusiasmo que tenía al invitar a participar en esa cruzada para dar a conocer al Señor, y así transformar los muchos males que acosaban al país. Poco a poco fue creciendo mi admiración por la transparencia de su mensaje, uno estaba seguro de que lo que él nos decía era tal cual el lo estaba viviendo. La convicción con que explicaba las epístolas de San Pablo, especialmente al hablar de la realidad del Cuerpo Místico de Cristo y de nuestra participación en ese cuerpo que nos diviniza y nos hacía ver que éramos una parte de su Cuerpo y que allí estaban también los pobres, los débiles, los que están marginados de la sociedad. Era tal la alegría con que hablaba que a uno lo trasformaba y en la vida de cada día uno se sentía que era parte del cuerpo de Cristo: junto a Jesús uno estudiaba, se divertía, trabajaba , dormía , etc.

Los círculos de estudio que se habían formado en algunos Liceos tenían pocos miembros. Cuando conversé con él sobre la creación de un movimiento más grande donde podríamos tener gente con distintos tipos de participación o pertenencia, acogió la idea con gran alegría y nos dedicó mucho tiempo a implementarla. Nos hacía sentir que él “no hacía nada”, que era el Señor quien nos estaba impulsando. Esa humildad nos mostraba su santidad. Era hombre de acción, pero para él lo más importante era enseñarnos a amar “al Patrón” era la unión con El. Poco a poco nos iba exigiendo una entrega más grande. Para eso había formado grupos de mayor compromiso, desde los que se reunían, cada semana, otros una vez al mes y otros eran convocados una vez al año. A los de mayor entrega los invitaba a una Misa y comunión diaria, y una vez al mes teníamos “adoración del Santísimo” en la noche. . Así formó el grupo que era “El Servicio de Cristo Rey”.

Esas exigencias del Padre Hurtado respondían a un deseo de que nos entregáramos más y más al Señor”. La experiencia espiritual a la cual nos llamaba era sin lugar a dudas un deseo de hacernos participar de su experiencia de Dios. Cuando se lo veía pasearse en la Casa de Ejercicios, preparando sus charlas, o en San Ignacio rezando antes de celebrar Misa, no cabía duda que estabamos con un Santo.

No me tocó conocer los sufrimientos o dolores que sin duda tuvo que haber sentido al verse criticado no sólo por personas que poco lo conocían o que no pensaban en nada como él, sino también por algunos hermanos de comunidad que no comprendían sus trabajos, que pensaban que estaba exagerando en su preocupación social .

No conocí su etapa más dura, como fue su alejamiento de su querida Acción Católica, la crítica del Asesor General, Monseñor Salinas. Tampoco me tocó estar cerca en sus años del Hogar de Cristo y de la fundación de la Asich que sin duda fueron años de sufrimiento y lo acercaron a Dios.

Hoy, desde la distancia del tiempo puedo afirmar que sin saberlo trabajé con un Santo.

Cuando murió el Padre Hurtado supe yo a la distancia lo que habían sido sus últimos momentos y me alegré de que hubieran guardado sus cosas porque estaba seguro que serían reliquias con el tiempo.

R.P.

TESTIMONIARON DEL PADRE HURTADO

 "Tenía una jornada muy dura, se acostaba tarde. Tenía toda una juventud gigantesca que orientar y dirigir, nos recibía hasta altas horas de la noche. Sin embargo, creo que el centro de su vida estaba en la oración. Ver al Padre Hurtado a las cinco y media, o seis de la mañana en la Iglesia de San Ignacio era una cosa sobrecogedora. A uno lo dejaba perplejo, porque era un hombre que estaba absolutamente concentrado en Dios. De ahí emanaba su fuerza. No provenía de ninguna otra parte". (Sergio Ossa).

"Era un hombre de Dios: ‘Otro Cristo'. Entregado sin reservas y sin horario. Quiso ser ‘otro Cristo' y lo consiguió. Se asimiló totalmente a Cristo: los deseos de Cristo eran sus deseos; las palabras de Cristo eran sus palabras... Fue tanto lo que nos inculcó que debíamos ser ‘otros Cristos', que yo quise serlo, pero como Cristo estaba tan alto, descubrí que podía ser ‘otro Cristo' imitando a un hombre que era realmente ‘otro Cristo'. Y partí al Noviciado de la Compañía de Jesús..." (P. Víctor Risopatrón, s.j.)

"Asistía a la misa que celebraba el P. Hurtado a las 6 a.m. en la Iglesia de San Ignacio. En un altar lateral, a la derecha, se concentraba para celebrar y adorar como si cada una hubiera sido la primera o la última misa de su vida". (Hugo Montes)

"Cuando comencé mi formación sacerdotal le pregunté al Padre Hurtado en qué área de estudio me recomendaba especializarme, él me respondió: “Especialízate en Jesucristo”. Eso respondía a lo que él vivía". (P. José Correa, s.j.)

"En la Población Nueva San Manuel, el Padre Hurtado entró a una choza en medio de un basural, en que vivía un grupo de personas, y comenzó a sacar unos niños para llevarlos al Hogar de Cristo. En un momento, teniendo a un niño de unos dos años en sus manos, se volvió a los jóvenes que lo acompañábamos, y levantándolo, nos dio la bendición, trazando con el niño el signo de la Cruz. Así nos indicaba que Cristo estaba presente en ese niño". (P. Fernando Karadima).

"Nunca olvidaré una de sus clases. Teníamos 16 años y nos habló de Jesucristo de tal manera, que al terminar lloraba no sólo él, sino casi todos los treinta alumnos del Colegio San Ignacio que lo escuchábamos". (P. José Vial, s.j.).

"Un padre capuchino le observó celebrar la Misa, y le llamó tan poderosamente la atención que decía no haber visto nunca una celebración tan edificante, y que al ser así los sacerdotes chilenos, deberían ser todos santos... Su fuego era capaz de encender otros fuegos." (Mons. Francisco Valdés).

"Llegaba después de media noche, muy cansado, de sus salidas recogiendo niños vagos, para dejarlos bien instalados en el Hogar de Cristo. Luego, después de pasar un largo rato en la Capilla, en fervorosa oración, se retiraba a descansar, para levantarse muy temprano. Frecuentemente sucedía que pocas horas después de acostarse, lo llamaban por teléfono para atender algún enfermo grave. Nunca permitió que otro fuera en su lugar, sino que se levantaba y salía sin demora". (P. Oscar Contreras, s.j.).

"Tenía la costumbre de no irse nunca a dormir sin haber rezado el rosario. `A cualquier hora que termine, rezo primero el rosario antes de acostarme`. En la casa de Retiros, yo lo vi a veces empezar el rosario a la una de la mañana". (P. Arturo Gaete, s.j.).

"Se preocupaba mucho por la limpieza de los objetos sagrados. La Misa del Padre era profundamente recogida y penetrada del misterio de Dios. Me tocó estar con una persona, no creyente, que asistió a una Misa del Padre Hurtado y con lágrimas en los ojos me decía: ´¡Qué ganas de creer!´ ". (Marta Holley)

Del libro Un fuego enciende otros fuegos. Centro de Estudios y Documentación “Padre Hurtado” de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
(De la Revista Humanitas,
www.humanitas.cl )


El niño cristero

Fuente: Buenas Noticias
Autor: José Alberto Lesso


Amanece el tercer día de la era cristiana. El primero fue el milenio de la evangelización por la palabra, el de la predicación de los apóstoles y de los padres de la Iglesia. El segundo, en cambio, fue el de la evangelización por la imagen, en donde los grandes artistas del gótico, del renacimiento, del barroco..., se afanaban por catequizar a través de sus obras de arte.

Hoy, en el alba de este tercer día, nos damos cuenta de que las palabras y las imágenes son tantas que en ocasiones nos resbalan, no penetran ya al corazón. Sólo el verdadero testimonio, sólo el ejemplo de una vida coherente es capaz de tocarnos, de movernos, de hacer volver nuestra mirada a Dios.

El testimonio que hoy recojo ocurrió en México, en medio de una guerra que desoló el país de 1926 a 1929: La Guerra Cristera. Se trata de un niño. Su nombre, José Sánchez del Río; su gloria, dar la vida para que Cristo reinase.

José Luis, como era llamado en la batalla, fue un valiente. Desde pequeño comprendió que sólo el amor a Cristo da sentido a la vida. Por ello, cuando el presidente Calles decretó el destierro de Dios, no dudó en dar su vida por defender a Cristo.

El 6 de febrero de 1928, en medio de un enfrentamiento, al General Luis Guízar Morfín le mataron el caballo.

José, bajándose rápidamente del suyo, se lo ofreció: «Mi General, tome usted mi caballo y sálvese. Usted es más necesario y hace más falta para ganar la batalla».

Aquel día, el niño fue hecho prisionero y encerrado en el baptisterio de la parroquia.

La noche del 10 de febrero, tras cortarle las plantas de los pies, le llevaron caminando hasta el panteón municipal. Durante el recorrido, los vecinos escuchaban con infinita pena los gritos llenos de valor y fervor que el niño cristero lanzaba: «¡Viva Cristo Rey!».

Llegado al lugar, José se colocó de espaldas a lo que sería su tumba. El oficial, movido por la entereza del niño, se acercó y le preguntó qué le mandaba decir a sus padres como última voluntad. El niño le contestó «…que en el cielo nos vemos. ¡Viva Cristo Rey!»

Cegado por la rabia, el oficial mandó que lo apuñalaran para evitar que en el pueblo se escucharan los balazos. A cada puñalada José gritaba: «¡Viva Cristo Rey!». Para acallar aquellos gritos que lo encolerizaban, el oficial sacó su pistola y disparó a la cabeza del niño.

¿Cuál es el valor del testimonio de este niño de apenas 14 años? Juan Pablo II respondería así:

«El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento, ni la muerte violenta lo harán apartarse de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso, el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días».

El 20 de noviembre, José Sánchez del Río será beatificado en Guadalajara.q


 


Testimonio - Será beatificado el 13 de noviembre en Roma

 

Carlos de Foucauld, una conversión radical


 

El próximo domingo, 13 de noviembre, será beatificado Carlos de Foucauld, que dedicó su vida a la oración y al apostolado con los tuaregs en el norte de África. Tras una juventud licenciosa, este francés descubrió al Señor y ya nunca pudo dejarlo de lado, porque en Él encontró toda la felicidad. Las citas textuales del hermano Carlos que aparecen en este artículo están extraídas del libro de Michel Lafon 15 días con Carlos de Foucauld, editado por Ciudad Nueva.

 

En el año 1886, Carlos de Foucauld veía la luz: «En cuanto creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él», dejó escrito. Y es que la vida de este hombre, que va a ser beatificado el próximo domingo, 13 de noviembre, repre­senta a la perfección el cambio tan radical que se produce en la persona cuando decide acercarse al Señor. Después de muchos años alejado de Dios, Foucauld acu­de a ver al padre Huvelin porque siente la necesidad de saber más sobre la religión. El sacerdote le da los dos mejores consejos para empezar una nueva vida: Confesión y Comunión.

 

Carlos de Foucauld en nace 1858, en Estrasburgo, en el seno de una familia adinerada. Lleva una existencia de lo más licenciosa, hasta el punto de dilapidar la fortuna que había heredado de la familia. En 1880, llega a África por primera vez, como miembro del ejército. Ya se perfilaba su pasión por este territorio y por los tuaregs, a los que dedica buena parte de sus esfuerzos de apostolado, incluso con una traducción de la Biblia a la lengua local.

 

Foucauld, una vez que se encuentra con el Señor, no puede abandonarlo, por­que en Él descubre toda la felicidad: «Cuando nos sentimos tristes, defraudados por nosotros mismos, por los demás, y por las cosas, pensemos que Jesús es glorioso, y que, si lo amamos como debemos, la suma felicidad del ser infinito debe arrasar infinitamente en nuestras almas sobre la tristeza que procede de los males de los seres finitos». No en vano, exclamaba: «¡Hay tal diferencia entre Dios y todo lo que no es Él!»

 

Nada más convertirse, se marcha como peregrino a Tierra Santa. Al regresar, entrará en la Trapa de Notre Dame de Neiges, desde donde pasa a un monasterio en Siria. En 1901 se ordena sacerdote y se marcha de inmediato a África, donde pasará el resto de su vida, con algunas visitas esporádicas a Francia. Muere de un disparo en 1916, en una revuelta de tuaregs senusitas libios.

 

Cristo se convierte en el centro de su vida. No le importa renunciar a las co­modidades que tenía antes, porque para él, tras conocer a Jesús, no hay otro camino posible: «¡Ser rico, estar cómodo, vivir tranquilamente de mis bienes, cuando Tú, pobre, pasaste apuros, viviste con penuria de un duro trabajo! No puedo con ello, Dios mío... Así no puedo amar». La pobreza va ligada al amor al prójimo: «Cuando amamos al prójimo, el primer fruto de este amor es empobrecerse para aliviarlo». Y el sacrificio es ofrecimiento a Cristo: «No nos es posible amar a Jesús y querer ser coronado de rosas, cuando Él lo fue de espinas».

 

A este hombre de vida sencilla que va camino de los altares le movió el amor al prójimo que, para él, era el mejor camino para llegar al amor de Dios: «No hay frase del Evangelio, creo, que haya dejando en mí impresión más profunda y haya transformado mi vida más que ésta: Cuanto hacéis a uno de estos hermanos míos

más pequeños, a mí me lo hacéis».

En la Eucaristía encontraba su apoyo fundamental. «¡Qué felicidad! -decía de este Sacramento-. Dios con nosotros, Dios en nosotros. ¡La Eucaristía es Jesús, es todo Jesús!» El fundamento que movía a Carlos de Foucauld era pensar que Cristo «nos pide que lo dejemos proseguir en nosotros la vida que comenzó en la tierra. Dejemos que continúe en nosotros su vida de caridad universal». Y anima a que «Jesús te guíe, te ilumine, que viva cada vez más en ti, que no vivas tú, sino que sea Él quien viva en ti».
 

La mejor manera de transmitir esta presencia del Señor es el ejemplo: «Las personas alejadas de Jesús deben conocer el Evangelio sin libros y sin palabras, viendo mi vida... Al verme, deben ver lo que es Jesús».
 

Camino de santidad

 

Foucauld daba la clave del camino hacia el cielo: «Toma como objetivo la vida de Nazaret en todo y para todo, con su sencillez y su amplitud. Tu vida de Nazaret puede llevarse en todas partes: llévala en el lugar más útil para el prójimo». Este camino no siempre le resultó fácil. En una ocasión confesaría su debilidad, al reconocer que no siempre sentía el amor de Dios. Hay veces que «sentimos que sufrimos y no siempre sentimos que amamos. ¡Y es un sufrimiento añadido! Pero sabemos que querríamos amar, y querer amar es amar».

 

Pero tenía el secreto. Foucauld se dejaba en las manos de Dios, porque «Dios nos concederá todo lo que pedimos con fe. Nos lo concederá dándonos lo que hemos pedido o dándonos algo mejor. Si nos hace esperar, si lo recibimos tarde o nunca, tengamos la certeza de que la espera es mejor para nosotros».

 

Carlos de Foucauld deja un extenso testimonio espiritual y una familia de congregaciones y asociaciones, que siguen el carisma de este hombre que, cuando conoció a Cristo, se entregó a Él para siempre.

María S. Altaba

(Alfa y Omega nº 471, 10.XI.05)


            El milagro 67 de Lourdes

El Vaticano proclama oficialmente el milagro número 67 de Lourdes

La Razón

Monseñor Gerardo Pierro, arzobispo de Salerno –en el sur de Italia–, proclamó oficialmente el pasado viernes la «curación milagrosa» de una mujer, que hoy tiene 90 años y que ocurrió en Lourdes en 1952. Con éste ya son sesenta y siete los milagros oficialmente reconocidos por la Iglesia católica que han tenido lugar en la ciudad francesa de las apariciones de la Virgen María.

La enferma, Anna Santaniello, sufría desde su infancia una malformación cardiaca, declarada incurable por los médicos. Al cumplir los cuarenta años, su estado de salud empeoró gravemente y, a pesar de la oposición de los médicos y de su familia, decidió viajar en peregrinación a Lourdes.

Esta malformación le impedía caminar y hablar claramente. Asimismo, le causaba cianosis en la cara y edemas en las extremidades inferiores. «Ya casi no lograba respirar y le dije a mi hermano que mi último deseo era ir a Lourdes», explica Anna Santaniello

 en el diario «La Città» de Salerno. Dicho y hecho, la italiana consiguió llegar «viva aunque en camilla» a la ciudad francesa como era su deseo.

Curación instantánea. Una vez allí, las religiosas la introdujeron en la piscina y Santaniello explica que «el agua estaba helada, pero sentí inmediatamente algo que hervía en el pecho, como si me hubieran restituido la vida. Después de pocos segundos, me levanté con mis propias fuerzas y comencé a caminar, rechazando la ayuda de los camilleros, que me veían con incredulidad».

Al regresar a casa, pidió consultar a un ilustre cardiólogo de aquella época para que reconociera su estado de salud tras su visita a Lourdes. Éste «me dijo que no tenía nada, que estaba sanísima y que no podía explicarse todo los certificados y exámenes hechos anteriormente, asegura.

Desde este acontecimiento crucial en la vida de Anna Santaniello, ésta ha vuelto en otras ocasiones a Lourdes para ofrecer su servicio como voluntaria en la ayuda a los enfermos.

En la ceremonia de proclamación del milagro número sesenta y siete de Lourdes, en el seminario metropolitano «Juan Pablo II» en Pontecagnano, participó la propia Anna Santaniello, acompañada por sus familiares y amigos.

 

    El sacrificio de Ahmed al-Jatib

Fuente: Buenas Noticias
Autor: Juan Pablo Ledesma


Ahmed al-Jatib, como cualquier niño de 12 años, jugaba con su rifle de plástico. Era el regalo de su papá por su buen comportamiento en este pasado mes del Ramadán. En su imaginación de niño, Ahmed se soñaba soldado, capitán de Jenín… Corría, se escondía, apuntaba y disparaba imitando con su boca el sonido de las balas. Un militar israelí, temeroso y creyéndolo enemigo, le apuntó y disparó un proyectil de verdad.

Los padres de Ahmed lloraron la muerte de su querido hijo. No odiaron ni desearon el mal. Tuvieron el gesto de donar los órganos de su pequeño para salvar otras vidas. Y así del cuerpecito de Ahmed se salvaron 6 personas. El hígado, divido en dos, fue donado a una señora de 56 años y a un bebé de 6 meses. El corazón fue para una niña también de 12 años. Sus riñones los recibió un pequeño de 5 años, y los pulmones un niño de 5 y otra niña de 4.

Uno se puede quejar del inmenso mal que se ve en el mundo. Ahmed lo sufrió en carne propia. Pero no es menos verdad que el bien es más fuerte.

¿Qué decir de los desastres naturales que han afectado gran parte del sureste de México y Centroamérica?

¡Cuánto mal! ¡Cuántas desgracias! Pero también, ¡cuánta solidaridad y cuánto amor!

La Universidad Anáhuac, por ejemplo, a través de la fundación Altius, ha enviado varias brigadas «Mano Amiga» a las zonas afectadas.

Las expediciones son formadas por centenares de voluntarios que asisten a lugares como Tapachula y Cancún. Estas Brigadas «Mano Amiga» las forman alumnos de diversas universidades de toda la República Mexicana.

¡Jóvenes y estudiantes! También en ellos el amor y el bien pesan más que el mal. Chicos y chicas que en menos de una semana distribuyeron más de 800 toneladas de ayuda en comida, ropa, medicinas…, así como cerca de 22,000 despensas en las zonas más necesitadas del Estado de Quintana Roo.

El Obispo de la zona del desastre, Mons. Pedro Pablo Elizondo, lo ha descrito como «un “huracán de solidaridad” que está sacudiendo positivamente a nuestro territorio de misiones».

Y no sólo. También en la Ciudad de México más de 1,200 alumnos se han organizado en el «plan hormiga». Salen a la calle con un chaleco naranja para recaudar dinero y generar así una mayor conciencia y compromiso social.

Sí, es verdad. Vivimos en medio de mucho mal, pero no vemos el gran océano de bien que nos envuelve. Vemos medio a ciegas. Hay “malos”: ese soldado israelí, un huracán que arranca vidas, hogares,… Pero cuánto bien y amor desencadenan. Convenzámonos: sólo se puede vencer el mal a fuerza de bien.


    Bosco Gutiérrez, lecciones de un secuestro

La mañana del 29 de agosto de 1990, Bosco besó a su mujer y a sus siete hijos, minutos después fue secuestrado. Vivió nueve meses en un zulo de un metro por tres, desnudo la mitad del tiempo. "Yo entiendo mi secuestro como si Dios me hubiera dicho: no te puedo volver a meter en el vientre de tu madre, pero te voy a meter nueve meses en un cuartito para que con tu inteligencia y tu memoria decidas cómo vas a vivir tu segunda oportunidad. Entendí con todo mi ser que mi tesoro es mi gente y no mi trabajo o mi cuenta bancaria. En el zulo lo hubiera dado todo por abrazar un minuto a uno de mis hijos. Desde entonces valoro a la gente por sus cosas positivas y no por sus errores". A los secuestradores no los cogieron, pero Bosco no ha tenido pesadillas. "Aprendí, fue muy positivo, no lo rechazo"

BOSCO GUTIÉRREZ, NUEVE MESES EN UN ZULO
DE UN METRO POR TRES

"A mayor rechazo, mayor angustia"

Tengo 48 años. Nací y vivo en México DF. Estoy casado, tengo nueve hijos y vengo de una familia de 14 hermanos. Estoy licenciado en Arquitectura. Mi postura filosófica y política se basa en lo que yo hago: una arquitectura en función del ser humano. Soy católico. He dado una conferencia en la UIC sobre la historia de mi secuestro

  La Vanguardia - IMA SANCHÍS - 21/11/2005 

- ¿Cómo se sentía?

- Me tuvieron desnudo cuatro meses. Los secuestradores iban con capucha y jamás oí sus voces, se comunicaban por escrito. Después de tenerme tres días a oscuras me pasaron un interrogatorio: "Hasta que conteste no comenzarán las negociaciones".

- Contestó, claro...

- Les conté detalles de la vida cotidiana de mi familia y me sentí un traidor, me abandoné y me dejé morir. Trece días tirado en el suelo, haciéndome las necesidades encima.

- ¿Salió de ese estado?

- Uno de los guardianes me mostró un papel: "¡Viva México! (era el día de la independencia), puede tomar lo que quiera".

- ¿Qué pidió?

- Un gran vaso de Chivas. Me lo trajo, yo me arrastré para cogerlo porque estaba totalmente entumecido y me fui al rincón como un animal con su presa. "Esto sí lo voy a gozar", me dije. Entonces, el otro Bosco que hay dentro de mí comenzó a hablarme: "¡A ver si eres tan hombrecito!, ofrece el whisky".

- ¿Y?

- "Yo ofrezco estar secuestrado", dije. "Eso no depende de ti", contestó mi voz interior, y tiré el whisky por el váter. Me quedé pensando que había hecho una estupidez y me dormí. Cuando desperté, cogí el papel sobrante del interrogatorio y escribí: "Hoy gané mi primera batalla, no todo lo deciden ellos". Así empecé a recuperar la autoestima.

- ¿Cómo consiguió que creciera?

- Pensé que no sería muy diferente lo que yo le diría a uno de mis hermanos si estuviera en mi lugar y decidí escribir una carta como si el secuestrado fuera otro. Me puse en pie por primera vez en 19 días y recé.

- ¿Olvidó la carta?

- Sí, pero cuando acabé el rosario la vi dobladita junto a la puerta y me puse a llorar como un idiota: "¡Recibí una carta de mis hermanos, qué maravilla!", grité. El Bosco realista me decía: "Ya te volviste loco".

- ¿Qué ponía en la carta?

- "Éste no es un problema personal, es un problema familiar, y lo vamos a resolver en equipo, pero tú eres el que tiene el trabajo más importante: cuidar de ti mismo".

- ¿Abandonó el papel de víctima?

- Sí, entendí que mi trabajo era entregar mi cuerpecito perfecto al equipo. Así estructuré mi vida, que dividí en tres columnas: salud mental, salud física y aprovecha el tiempo incluso en esas circunstancias.

- ¿Cómo aprovechar el tiempo en un zulo?

- Lo primero era no volverme loco. Entendí que cuanto mayor fuera el rechazo más crecería la angustia, y decidí aceptar mi circunstancia, limpiar mi cuartito y controlar la imaginación. El tiempo lo medía a través de una cinta de música que ellos ponían para que no los oyera, todo el rato la misma.

- Eso es muy mortificador...

- Yo lo convertí en un instrumento. Vivía días de 32 casetes y acabé ajustando la fecha, esas conquistas mejoran tu autoestima. También pedí una dieta muy sencilla que le recomiendo.

- ¿. ..?

- Fruta tres veces al día, cereales por la mañana, proteína al mediodía y yogur por la noche. Corría una hora y media al día (tres casetes) y hacía un casete de abdominales. Pero estoy convencido de que el músculo más importante es la voluntad.

- ¿En qué pensaba?

- En mi madre, que había muerto tres años antes. Recuperé un recuerdo de niño, un sueño. Estaba en el infierno, y un tipo me gritaba: "Estas aquí por no haber ayudado a nadie, fuiste egoísta, y yo estoy aquí porque nadie me echó una mano. Si me hubieras ayudado, los dos estaríamos en el cielo". Mi madre, que era muy inteligente, me dijo: "Te acabas de dar cuenta de tu responsabilidad como cristiano, hay que ayudar a los demás".

- ¿Temía encontrar en el infierno a uno de los secuestradores?

- Pues sí, y que me dijera: "Te pudres en tu perfección, porque nunca pensaste que nosotros somos tan dignos y valiosos para Dios como cualquiera".

- ¿Y empezó a hacer apostolado?

- Recé por ellos y cuando llegó Navidad les pasé un papelito: "Señores guardianes, hoy es Navidad y no hay ni secuestradores ni secuestrado, todos somos hijos de Dios y a las ocho de la noche vamos a rezar". A esa hora abrieron la ventanuca de la puerta y vi a cinco encapuchados blancos en un fondo negro.

- ¿Qué les dijo?

- Les hablé de la humildad y les leí el evangelio. Al terminar, uno por uno me dieron la mano y experimenté la felicidad más grande. Salir de mí mismo y pensar en los otros hizo que me sintiera valiente y útil. "Arquitecto Bosco - me escribió uno de los secuestradores-, díganos de dónde saca usted la fuerza".

- ¿De dónde?

- Había perdido el miedo, sabía que mi vida no estaba en sus manos, sino en las de Dios. Los cinco meses restantes fueron de gran profundidad espiritual.

- ¿Tiene nostalgia de esos nueve meses?

- En cierto modo. La sociedad nos mueve a interiorizar poco, vivimos muy en la superficie, no tenemos espacio para reflexionar y por tanto poco crecimiento personal, de manera que tus relaciones con los demás son atropelladas, y tus actitudes, no ponderadas.

- ¿Cómo salió de allí?

- Temía que me abandonaran dejándome morir. Durante meses estuve fabricando una ganzúa con un muelle del catre. La idea era usarla si me abandonaban, pero quise probarla, abrí y no pude volver a cerrar. Me veía muerto. Avancé, pasé junto a un guardián que dormía y salté por una ventana.


Cuando Bosco volvió a ver a su familia escribió lo siguiente:

Todo es providencia, nada es coincidencia. Todo es para bien y ante sus manos sólo hay ganadores y no perdedores. Dios sabe más y nosotros somos muy limitados. Dios nos pide un abandono de nuestros propios juicios. En esta lucha resumo todo mi secreto y quiero quitar cualquier mérito propio. Estoy convencido de que con ÉL podemos todo y que sin ÉL la más mínima cosa. Cuando no podemos más, nos carga en sus hombros para darnos la libertad. No te olvides de esto. Dios sabe más. Lucha con fe y perseverancia, es hora de responder porque de eso depende nuestra felicidad aquí y en la vida eterna..."

 

Puedes escuchar y ver al protagonista Bosco Gutiérrez en la Web de la Diócesis de Málaga que incluye un clip con una entrevista de Popular TV. Aquí tienes el link:
 

http://www.diocesismalaga.es/prensa/tv_lst.php?cont=0&tot=0

 



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