Catequesis
del Papa a los niños de Primera Comunión
Christiane Vera
Felscherinow, una tabla de salvación
Ana
María Collins
Un sí al amor
De cara a un santo, testimonios sobre la
vida del P. Alberto Hurtado S. I.
El niño cristero
Carlos de Foucauld, una
conversión sincera
El sacrificio de Ahmed
al-Jatib
Bosco Gutiérrez,
lecciones de un secuestro
|
CATEQUESIS DEL PAPA A NIÑOS DE PRIMERA COMUNIÓN
CIUDAD DEL VATICANO, 15 OCT 2005 (VIS).-Esta tarde, 150.000 personas, de las cuales 100.000 niños de Italia y de otras partes del mundo que han hecho este año la primera comunión, participaron en la Plaza de San Pedro en un encuentro de catequesis y de oración con el Papa, cuyo tema fue "El Pan del cielo".
Los niños, acompañados por sus familiares y catequistas, llenaron la Plaza de San Pedro y parte de la Via della Conciliazione. Antes de la llegada de Benedicto XVI hubo una fiesta, que incluyó música y espectáculos en los que actuaron varios pequeños.
El momento principal fue el diálogo en el que el Santo Padre respondió espontáneamente a las preguntas que le hicieron algunos niños sobre la Eucaristía, que se encontraban sentados muy cerca de él.
Al responder a la primera cuestión, el Papa contó el día de su primera comunión: "Un precioso domingo de marzo de 1936, hace 69 años. Era un día de sol, la iglesia era muy bonita, había música. El recuerdo más precioso es cuando entendí que Jesús había entrado en mi corazón, que me había visitado, y con Jesús, Dios mismo estaba conmigo. Este es un don de amor que realmente vale más que todo el resto de la vida", recordó. Aquel día, dijo, "prometí al Señor, en la medida de lo posible: Quiero estar siempre contigo, y le pedí: pero Tú tienes que estar siempre conmigo".
Una niña le preguntó por qué confesarse antes de comulgar si siempre cometen los mismos pecados.
|
El Papa se rió al escuchar la pregunta y respondió:
"Es verdad, en general nuestros pecados son siempre los mismos, pero hacemos limpieza de nuestra casa, de nuestra habitación, al menos cada semana, aunque la suciedad sea siempre la misma. Si no se hace, corremos el riesgo de que se acumule la porquería, aunque no se vea. Lo mismo sucede con nuestra alma -prosiguió-: si no nos confesamos nunca, el alma se descuida. Estoy contento conmigo mismo, pero no entiendo que debo mejorar siempre para seguir hacia adelante". La confesión, afirmó, "es necesaria sólo en caso de pecado grave, pero es muy útil confesarse regularmente para cultivar la limpieza y la belleza del alma, y madurar espiritual y humanamente".
A otra pregunta sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía, aunque no lo veamos, el Santo Padre respondió: "No lo vemos, pero hay tantas cosas que no vemos, que existen y que son esenciales. Por ejemplo -dijo-, no vemos nuestra razón, nuestra inteligencia, pero existe para que podamos hablar y pensar. No vemos ni siquiera la electricidad, pero percibimos sus efectos, como la luz. No vemos las cosas más profundas, pero podemos ver y sentir sus efectos".
A otra pequeña, que le preguntó qué hacer si sus padres el domingo no van a misa, le sugirió que hablase con ellos "con gran amor, con gran respeto" y que les dijera: "Querida mamá, querido papá, ¿sabes que hay algo muy importante para todos nosotros, también para ti? Encontrarnos con Jesús".
El encuentro concluyó con la adoración y la bendición solemne de la Eucaristía. Antes, el Santo Padre explicó a los niños que adorar es "reconocer que Jesús es el Señor, el centro de nuestras vidas. Rezar -continuó- es decir: Jesús soy tuyo, no quisiera perder nunca esta amistad, esta comunión contigo". "La ausencia de Dio -concluyó- es una laguna destructiva. El es la luz, la guía de nuestra vida, de la que tenemos necesidad". |
|
Una tabla de salvación
|
En el fondo, lo sabía. Hace poco afirmó: «Era sólo
una muñeca de aparador. Apenas buscaba cercanía y afecto, advertía una
barrera que se levantaba: seguía siendo una drogadicta». Su primer
matrimonio y su estancia en Grecia terminó en un fracaso. Además, los
beneficios por la venta del libro disminuían año tras año. |
|
Una amiga irlandesa, Ana María Collins de 33 años,
vino a vernos recientemente. ¡Que su hermoso testimonio pueda inspirar
otras iniciativas semejantes!
"Cuando era adolescente, iba a Misa por costumbre.
Solía también ir a consultar las cartas, ¡fue por tanto necesario que
Jesús y Maria irrumpieran en mi vida!
El primer día, en la misa en inglés, la homilía fue
enteramente sobre los astrólogos y la cartomancia. Tuve la impresión de
que el sacerdote hablaba para mí y que esta homilía me estaba
especialmente dirigida, por lo que me fui a confesar con él. Fue una
confesión memorable. Confesé, entre otras cosas, que había recurrido a
consulta de cartas y, al salir del confesionario, sabía que me había
encontrado con Jesucristo!
Esa semana, ¡la Virgen me tomó tantas veces de la mano, sobre la colina de las apariciones, y en el Krizevac! La víspera misma de mi regreso, viví una experiencia particular con ella. Mientras estaba sentada al exterior de la iglesia con mi madre y rezaba mirando las cuentas de mi rosario, sentí de golpe que mi cabeza se alzaba. Miré hacia arriba y vi que la Virgen estaba allí y me miraba sonriendo. Nunca podré olvidar esa sonrisa sobre su rostro. No pronunció palabra alguna, no era necesario porque su sonrisa lo decía todo. ¡Era una sonrisa de amor! Como si ella quisiera estrecharme entre sus brazos en ese momento. ¡Qué hermosa era! A partir de ese momento se produjo un cambio en mí.Tenía novio y estaba a punto de casarme. De regreso a casa, llamé a mi novio, le dije que había pasado una semana maravillosa y compartí con él lo que había vivido. El meneó la cabeza. ¡No me creyó! Entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo quería ir a misa todos los días, ¡normal! También me integré a un grupo de oración. Nuestra relación se alteró. Entonces le recé a la Virgen: “Si quieres que rompa esta relación, no permitas que mi corazón se quebrante”. Luego le dije a mi amigo: “No puedo continuar de este modo contigo, creo que no eres el hombre que la Virgen quiere para mí”. |
El era consciente que no íbamos bien juntos. Tras esta ruptura, sentí que se me quitaba un peso de los hombros.
La Virgen me dio primero el deseo de la Santa Misa, y comencé a participar de ella diariamente y continúo haciéndolo. Luego, progresivamente, me dio el deseo de otras cosas, y al año siguiente, fue la adoración eucarística. ¡Actuó con tanto tacto! Ella sabe que debe alimentarnos de a pequeñas cucharaditas porque somos incapaces de digerir alimentos consistentes!
Cuando el Santo Padre, proclamó el Año Eucarístico el año pasado, con unos amigos decidimos hacer algo en ese sentido. La Virgen nos había dado el don de la adoración durante nuestra peregrinación a Medjugorje, haciéndonos tomar conciencia en esa ocasión de que su Hijo estaba realmente presente en el Santísimo Sacramento. Decidimos por tanto crear un sitio Internet para informar a la gente sobre los lugares y horarios de adoración disponibles en su región (en Irlanda). Comenzamos a contactar con la mayor cantidad posible de sacerdotes por medio de la guía telefónica, y obtuvimos frecuentemente respuestas acogedoras! Algunos inclusive aceptaron iniciar la adoración perpetua en sus parroquias o capillas
La Virgen
es nuestra Madre, ella siempre nos protege cubriéndonos bajo su manto
celeste. Si nos tomamos de su mano, ella nos guía. Si comenzamos un
simple "Dios te salve María", ella viene a guiarnos y nos lleva a su
Hijo Jesús. Basta con que le demos la mano y la dejemos hacer. ¡Ella
sabe muy bien lo que es bueno para nosotros! Ana María vuelve a veces a Medjugorje y cada vez la encontramos más enamorada de la Eucaristía y también más valiente porque, hasta el día de hoy, el Señor no la ha curado de esta dolorosa enfermedad. Al consagrar su vida a promover la adoración (además de su trabajo), no solamente atrae muchas almas hacia Jesús Eucaristía, sino que su camino de cruz se ha transformado en camino de alegría! (Del Boletín de Medjugorje, edición electrónica, 15.10.05)
|
|
Fuente: Buenas Noticias
|
En julio de 1957 nacía, en la ciudad de México, un
niño lleno de vida, con un peso nada desdeñable: ¡4 kilos! La mamá
sobrevivió al embarazo y al parto, y pudo abrazar, con un gozo intenso,
al nuevo hijo. |
|
Formulamos a quienes conocieron personalmente al Padre Alberto Hurtado la siguiente pregunta: ¿ Cuándo y cómo descubrió que estaba frente a un santo? Padre Fernando Karadima LOS CIMIENTOS DE UN SANTO Agradezco mucho la oportunidad de escribir estas breves palabras, acerca del Padre Hurtado, como testimonio de lo que yo mismo pude ver. Haber conocido un santo no es un mérito mío, es un regalo que el Señor gratuitamente me concedió, y por ello me siento con el deber de transmitirlo. Se ha hablado mucho, y con razón, de las obras del Padre Hurtado: hasta el día de hoy muchos se admiran de la fecundidad de sus obras, que siguen dando grandes frutos para la Iglesia y para nuestra Patria. Pero creo que no se ha destacado suficientemente el fundamento de estas obras. Así como, ante un gran edificio, nadie se admira de sus cimientos, pero bien sabemos que un edificio alto no se sostiene si no tiene profundos cimientos, así también sucede con el Padre Hurtado: se alaba las obras que se ven, pero pocos se detienen a pensar en los cimientos de estas obras. Por ello, siento el deber de transmitir este fundamento, porque el Señor me concedió la gracia de haber conocido de cerca a un santo; de haber podido conversar con él a solas; de hacerle preguntas y escuchar sus respuestas; de haberlo acompañarlo a visitar a los pobres, a animar a los presos, a recoger a los niños que vivían en la calle; de haber participado en las reuniones pequeñas de los sábados; de haberlo escuchado hablar en grandes asambleas y predicar los domingos en la mañana en San Ignacio; de ser testigo de su oración y de su amor a María Santísima y, sobre todo, de haberle podido abrir mi corazón para recibir una luz clara que hasta hoy sigue orientando mi vida sacerdotal. Cuando conocí al Padre Hurtado, pude inmediatamente comprobar que era un hombre santo. Yo tenía unos 17 años, y después de haberle rezado a la Virgen Santísima en la Gruta de Lourdes, para que el Señor me iluminara sobre mi vida y mi vocación, partí al Colegio San Ignacio y pedí hablar con el P. Hurtado, aún sin conocerlo, pues había oído hablar de él. Cuando llegué, pregunté por él, y el hermano portero me dijo que el Padre Hurtado era muy ocupado, pero que, de todos modos, lo esperara. Me quedé rezando el Rosario. Cuando llegó, me lo indicaron y me acerqué a él, le toqué el hombro, se dio vuelta y me recibió con una gran sonrisa. Le dije: 'Padre, quisiera hablar con Usted' ... Él me miró y me preguntó: '¿Dispones de unos 20 minutos?' , luego me tomó del brazo y me llevó a la Capilla, me dejó arrodillado frente al Sagrario, y me dijo: 'Conversa con Jesús, vas a salir ganando' ... Me quedé rezando en la Capilla, un poco sorprendido. Después de un buen rato volvió, y me preguntó: '¿Qué te dijo Jesús?' , tomó su agenda y me dio una hora para conversar. Con ese primer encuentro, quedé convencido de que era un santo, y así se lo comenté esa misma tarde a mi mamá. Esa convicción me ha acompañado toda mi vida. Había comprobado en la práctica lo mismo que él escribió en uno de sus libros: «La base de toda la educación sobrenatural es infundir en los jóvenes el amor a Jesucristo. El que ha mirado profundamente una vez siquiera los ojos de Jesús, no lo olvidará jamás» ( Puntos de Educación , cap. XX). Su modo de atraer a la juventud no estaba basado en meras estrategias humanas; lo que él buscaba era poner a los jóvenes en contacto directo con Jesucristo. Era un hombre de Dios, un hombre de una profunda vida de oración, de un inmenso amor a María Santísima y, precisamente por eso, un hombre de un heroico amor a los demás. Y su capacidad de ver a Cristo en todos, en especial en los más pobres, lo llevaba a entregarse sin límites, sin importar la hora, el sueño o el cansancio. Sus largas horas de oración frente al Sagrario lo impulsaban a servir a los que más sufren. La fecundidad del Padre Hurtado se explica porque era un santo, vivió su vida de una manera sobrenatural. La grandeza de sus obras no se explica sólo por sus cualidades humanas, que eran muchas. Los grandes frutos de su apostolado se deben a su estrecha unión con Cristo. Cuando subíamos a su camioneta, me decía: '¿Echamos bencina?' , eso quería decir que rezáramos el Rosario, puesto que para el cristiano, la oración es como el combustible para la vida. Cada reunión comenzaba con la oración, y antes de salir en las noches a las calles, a buscar a los niños vagos, para llevarlos al Hogar de Cristo , pasaba un rato largo en oración, con los jóvenes que lo acompañábamos. Había que prepararse para visitar a Cristo en la persona del pobre. Las salidas a la calle no podían ser como un paseo, ni podían estar motivadas por la curiosidad; la visita a Jesús debía estar preparada por la oración. Su predicación estaba centrada en la búsqueda de la santidad. Cuando hablaba, ya sea en los retiros, en las reuniones, en la prédica de la misa, siempre insistía en que debíamos aspirar a la santidad. Veía el mundo a la luz de la fe y a la luz de la eternidad. Cuando hablaba de la vida eterna impresionaba muchísimo, hablaba del cielo con una naturalidad que conmovía. Ciertamente su propia vida de entrega tan heroica, estaba cimentada en esta fe profunda en la vida eterna. Cuando el Padre Hurtado ya se sentía mal, debido a su enfermedad, por obediencia a sus superiores, dejó el trabajo y pasó algunos meses en Valparaíso y en la Casa de los Jesuitas en Calera de Tango; pasé un día entero en una visita que le hice en la casa de Calera. En esa ocasión, lo vi muy demacrado y cansado, y durante la larga conversación que sostuve con él, me habló alegremente y con un gran optimismo sobre el peregrinar a la eternidad y cómo esta vida nos había sido dada para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo y la eternidad para poseerlo. Mi impresión fue que soportaba una enfermedad grave, con paciencia heroica, sin quejarse y con gran alegría. Cuando yo le dije que lo veía muy pálido y que debía descansar, él me contestó sonriendo: 'tendremos mucho tiempo para descansar' . Era muy simpático. A uno le agradaba estar con él, era acogedor, escuchaba a todos con mucho interés. Nunca hablaba de él mismo, y cuando alguien comenzaba a alabar alguna de sus obras o predicaciones, con mucha naturalidad, cambiaba de tema, sin hacer que nadie se sintiera mal; pero los que lo conocíamos nos dábamos cuenta lo que estaba haciendo. Frente a las injustas criticas que se le hicieron en relación con su cargo en la Acción Católica, resplandeció su fortaleza heroica, pues nunca lo vimos hablar mal de nadie. Finalmente, no puedo omitir mi último encuentro con él, algunas horas antes de su muerte en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. El día antes de su muerte, fui a visitar al Padre Hurtado. Al verme, le pidió a la enfermera que nos dejara un momento a solas. Luego, me miró y me dijo: 'Pronto se descorrerá el velo y podré ver al Patrón y a la Patroncita' , es decir, al Señor y a la Virgen Santísima. Y me preguntó con una naturalidad impresionante: '¿Quieres mandarles algún recado?' . Yo me arrodillé, llorando por la emoción, tomé sus manos y le pedí tres cosas, de las cuales ya se cumplieron dos, y confío en que la tercera también se cumplirá. Él me miró, y me dijo: 'Llegando se lo diré' . Estas fueron las últimas palabras que le escuché al querido Padre Alberto Hurtado. Con razón Mons. Manuel Larraín, el la oración fúnebre, dijo que la vida de Alberto Hurtado había sido 'una visita de Dios a nuestra Patria' . F.K. Padre Raúl Hasbun TESTIGO DE LO ABSOLUTO Conocí al Padre Hurtado en 1942, como alumno de preparatorias del Colegio San Ignacio de Alonso de Ovalle. La formación y práctica religiosa eran muy intensas, muchos alumnos frecuentábamos la misa y comunión diaria, aprovechando que la primera hora de la mañana era de estudio, con opción de utilizarla para la misa. En el templo había siempre confesores, todos ellos con bien ganada fama de cordialidad, sabiduría y alentadora comprensión. En los altares laterales podíamos ver cada día a los distintos sacerdotes que vivían en el colegio, celebrando con gran devoción su misa. Nos disputábamos el privilegio de contestarles en latín, servirles las vinajeras, trasladar el misal y tocar la campanilla a la elevación de la hostia. El Padre Hurtado era uno de esos sacerdotes, y también atendía su confesionario. Para nosotros, toda la atmósfera del Colegio estaba impregnada de una alta vivencia de la fe, y cada sacerdote encarnaba y trasmitía, según su personal carisma, valores muy atractivos, que todos compartíamos. ¿En qué sentido descollaba la personalidad del Padre Hurtado? Quienes lo tenían como confesor y director espiritual, quedaban marcados por su sed de Absoluto y su urgencia de amar. Participar en un retiro espiritual conducido por él equivalía a plantearse un ineludible “sí” a la entrega total, por Cristo y por la Iglesia. El Mes de María, celebrado en el Colegio con misa diaria, lo tenía a él como uno de sus predicadores obligados. Y en ese tiempo, los alumnos debíamos participar también, con uniforme azul, en la misa dominical del Colegio, después de la cual se nos entregaba la libreta de notas. En esa misa solíamos escuchar las prédicas del Padre Hurtado, con un mayor acento en lo social, participándonos sus proyectos e invitándonos a compartir sus iniciativas de justicia y caridad. Estas prédicas se acogían con respetuoso silencio: ese silencio que acompaña a la clara conciencia de que aquí ha hablado un testigo de Dios. Luego una saludable insatisfacción con uno mismo: esa provocativa urgencia de hacer algo, y pronto, para cambiar una situación de escandalosa pobreza en otra de amorosa justicia. Y por último, un contagio de fuego cristológico . Todo, en la predicación del Padre Hurtado, partía de su ardiente amor a Jesucristo. Era la encarnación del “Caritas Christi urget nos” (el amor de Cristo nos apremia). Un rasgo, y secuela, de esa fogosidad cristológica era la casi permanente afonía de quien predicaba sin micrófono y totalmente consumido por su ansia de contagiar amor. Intentando una reconstrucción de lo entonces escuchado, percibo en esta predicación del Padre Hurtado una trilogía indisoluble: el amor a Cristo, el amor a la Iglesia, el amor a los pobres. En ese orden. El predicador nos instaba a leer constantemente a San Pablo: “tengan en su velador las epístolas paulinas”. He aquí una clave de su personalidad. Nos revela un corazón forjado en la misma fibra y mística del gran apóstol de Cristo: “para mí, vivir es Cristo”. Pablo asocia este amor a Cristo con el amor a la Iglesia, Esposa de Cristo. Su “ Dilexit Ecclesiam ” (amó a la Iglesia) sintetiza magistralmente lo que la Iglesia es para Cristo, y pone de relieve lo que siglos más tarde diría Pablo VI: “es imposible amar a Cristo sin amar a la Iglesia”. De las dos premisas citadas fluía la conclusión: amar a los pobres, que son miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por cierto, los miembros más frágiles y expuestos son los que requieren más amoroso y preferencial cuidado. La típica controversia sobre apóstoles activos y contemplativos, hombres de acción o de oración, quedaba resuelta con sólo ver y escuchar al Padre Hurtado. Era ejemplo convincente de lo que diría el Papa Pio XII, citando a Santo Tomás: el apóstol es quien entrega a otros lo que ha contemplado en la oración. Un feligrés atento percibe, intuye si el predicador ha sido primero orante y luego orador. Una dimensión profética en la vida del Padre Hurtado ha sido su calidad de testigo de lo absoluto. En su tiempo, todavía lo absoluto era socialmente aceptado como obvio, el sacerdocio, el matrimonio, la fe eran para siempre. Escuchar, leer hoy al Padre Hurtado en esta dimensión equivaldría a un ventarrón pentecostal . Remecería las conciencias. Solía utilizar una frase: “cuando se empieza un camino, y no se es ni imbécil ni cobarde, hay que recorrerlo hasta el fin, pase lo que pase. De lo contrario, más vale no tomar el báculo del caminante. |
Un corazón valiente no se detiene a mitad de camino. Acepta la verdad entera, sin recortes, para serle fiel hasta más allá de la muerte. Me dan compasión los hombres semi honestos, y con mayor razón, los semi cristianos. No hay verdad sino en lo absoluto”. Para mi , el Padre Hurtado encarna atractivamente el capítulo tercero de la Encíclica Veritatis Splendor , del cual el entonces Cardenal Ratzinger afirmó ser “uno de los textos más significativos del Magisterio de la Iglesia en este siglo”. Es el capítulo que honra a los testigos de lo Absoluto. R.H. William Thayer "HA MUERTO UN SANTO" Antes que buena, difícil o sencilla, la pregunta es hermosa y consoladora. Me hace pensar en ese penetrante episodio de los discípulos de Emaús: “Se les juntó un peregrino; conversaron; sintieron que el corazón se les colmaba de alegría y plenitud mientras Él les hablaba. Pero sólo más tarde, al partir el pan, lo reconocieron”. Mi respuesta a Humanitas , guardadas las distancias, sigue un proceso parecido. El padre Hurtado fue un amigo que “ se nos juntó ” – a un grupo de universitarios, entre los que me contaba, - en un retiro, a comienzos de 1937. Nos llenó con su palabra, con sus gestos, sus exigencias y sus alientos. Mi vida, al menos, no fue la misma desde entonces. . Creo que este amigo muy especial, de una manera acomodada a la vocación de cada cual se quedó n con nosotros . Tengo una fotografía del grupo, tomada por Carlos Montenegro - abogado, notario en Quilpué - a quien no he vuelto a ver desde entonces, Pero él supo de mí por alguna publicación, y tuvo la amabilidad de enviarme ese recuerdo, después de medio siglo, y me reitera, en cariñosa nota adjunta, que quería provocar una reunión de los que ese día conocimos al que desde octubre de este año será san Alberto Hurtado Cruchaga. Con otros concurrentes a ese retiro he tenido y mantengo estrecha amistad, siempre estimulada por nuestra común vinculación al padre Hurtado. Oscar Ruiz Tagle, abogado, empresario y amigo desde que entramos al colegio, me cooperó generosamente cuando solicitaba ayuda para la edición de un libro sobre el Padre. Raúl Cereceda, ingresó al Compañía de Jesús y fue por tres décadas distinguido profesor de la Gregoriana, en Roma. Allá y acá nos hemos vuelto a ver con la alegría que nace de esa “ especie de amistad particular con Dios, que es la Gracia . Su cuñado, Sergio Stone, otro asistente al retiro de 1937, es un contertulio frecuente , con el que, aprovechando una muy cercana vecindad, repasamos tantas experiencias vividas desde ese Emaús, que fue el Cerro Barón , en Valparaíso, donde tuvimos, gracias al padre Hurtado, un incomparable encuentro con el Señor. Otros, como Fernando Silva están ya cerca del amigo jesuita y del Padre Celestial. Todos, en definitiva, tuvimos un encuentro hace ¡68 años! que sólo ahora podemos debidamente valorar . ¿Cuándo me di cuenta que estaba frente a un santo? Tengo un recuerdo muy preciso del momento y la circunstancia. No califico si fue con tardanza u oportunidad, pero el 18 de agosto de 1952, cuando abandonaba el templo de San Ignacio, conversando con Héctor Humeres después de una misa de multitudinaria asistencia, a las ocho de la noche , me dije, como nos dijimos muchos: - “Ha muerto un santo”. Su cuerpo estaba ahí; hacía poco más de tres horas que había fallecido, pero en los rostros de las gentes, en alma de todos, en las luces y sombras de la iglesia, en la oscuridad de la calle Alonso Ovalle, donde comentábamos lo ocurrido en esa momentánea Jerusalén , que era Santiago ese anochecer. Se sentía, se trasuntaba, se respiraba que había muerto un santo. ¡Tantas veces que predicó el padre Hurtado: “ La vida nos ha sido dada para buscar a Dios; la muerte para encontrarlo; la eternidad para poseerlo ”! Ese día, el de su muerte, Alberto Hurtado tenía su feliz encuentro con el Señor. Por eso había emoción en nuestro espíritu y tal vez lágrimas en nuestro ojos, pero no por la pena natural de verlo partir, sino por la alegría sobrenatural presentirlo llegar ¡Que solemnidad! ¡Qué instante! Por fin junto al Patrón, junto a su madre del cielo: la Virgen Santa, y a su madre en el cielo, la que lo llevó en su seno y Alberto Hurtado amó con la fuerza que sólo la santidad puede otorgar. En la fracción de ese pan sagrado, que fue su cuerpo, todos –y yo uno más entre tantos - tuvimos la evidencia de que habíamos conocido a un santo. W.T. Padre Renato Poblete EL SERVICIO DE CRISTO REY El descubrimiento de que estuve frente a un Santo fue gradual. Me impresionó, en el primer contacto fue su acogida, inteligencia, virilidad, simpatía; el modo de recibir a alguien que no conocía, y sin embargo me hizo sentir como un amigo, y al irme, me invitó muy insistentemente a que siguiera participando en el grupo que se había formado en el liceo. Poco a poco lo fui conociendo. Un aspecto que me llamó la atención, fue el modo cómo hablaba de Cristo. De ese Cristo que quería transformar el mundo, del entusiasmo que tenía al invitar a participar en esa cruzada para dar a conocer al Señor, y así transformar los muchos males que acosaban al país. Poco a poco fue creciendo mi admiración por la transparencia de su mensaje, uno estaba seguro de que lo que él nos decía era tal cual el lo estaba viviendo. La convicción con que explicaba las epístolas de San Pablo, especialmente al hablar de la realidad del Cuerpo Místico de Cristo y de nuestra participación en ese cuerpo que nos diviniza y nos hacía ver que éramos una parte de su Cuerpo y que allí estaban también los pobres, los débiles, los que están marginados de la sociedad. Era tal la alegría con que hablaba que a uno lo trasformaba y en la vida de cada día uno se sentía que era parte del cuerpo de Cristo: junto a Jesús uno estudiaba, se divertía, trabajaba , dormía , etc. Los círculos de estudio que se habían formado en algunos Liceos tenían pocos miembros. Cuando conversé con él sobre la creación de un movimiento más grande donde podríamos tener gente con distintos tipos de participación o pertenencia, acogió la idea con gran alegría y nos dedicó mucho tiempo a implementarla. Nos hacía sentir que él “no hacía nada”, que era el Señor quien nos estaba impulsando. Esa humildad nos mostraba su santidad. Era hombre de acción, pero para él lo más importante era enseñarnos a amar “al Patrón” era la unión con El. Poco a poco nos iba exigiendo una entrega más grande. Para eso había formado grupos de mayor compromiso, desde los que se reunían, cada semana, otros una vez al mes y otros eran convocados una vez al año. A los de mayor entrega los invitaba a una Misa y comunión diaria, y una vez al mes teníamos “adoración del Santísimo” en la noche. . Así formó el grupo que era “El Servicio de Cristo Rey”. Esas exigencias del Padre Hurtado respondían a un deseo de que nos entregáramos más y más al Señor”. La experiencia espiritual a la cual nos llamaba era sin lugar a dudas un deseo de hacernos participar de su experiencia de Dios. Cuando se lo veía pasearse en la Casa de Ejercicios, preparando sus charlas, o en San Ignacio rezando antes de celebrar Misa, no cabía duda que estabamos con un Santo. No me tocó conocer los sufrimientos o dolores que sin duda tuvo que haber sentido al verse criticado no sólo por personas que poco lo conocían o que no pensaban en nada como él, sino también por algunos hermanos de comunidad que no comprendían sus trabajos, que pensaban que estaba exagerando en su preocupación social . No conocí su etapa más dura, como fue su alejamiento de su querida Acción Católica, la crítica del Asesor General, Monseñor Salinas. Tampoco me tocó estar cerca en sus años del Hogar de Cristo y de la fundación de la Asich que sin duda fueron años de sufrimiento y lo acercaron a Dios. Hoy, desde la distancia del tiempo puedo afirmar que sin saberlo trabajé con un Santo. Cuando murió el Padre Hurtado supe yo a la distancia lo que habían sido sus últimos momentos y me alegré de que hubieran guardado sus cosas porque estaba seguro que serían reliquias con el tiempo. R.P. TESTIMONIARON DEL PADRE HURTADO "Tenía una jornada muy dura, se acostaba tarde. Tenía toda una juventud gigantesca que orientar y dirigir, nos recibía hasta altas horas de la noche. Sin embargo, creo que el centro de su vida estaba en la oración. Ver al Padre Hurtado a las cinco y media, o seis de la mañana en la Iglesia de San Ignacio era una cosa sobrecogedora. A uno lo dejaba perplejo, porque era un hombre que estaba absolutamente concentrado en Dios. De ahí emanaba su fuerza. No provenía de ninguna otra parte". (Sergio Ossa). "Era un hombre de Dios: ‘Otro Cristo'. Entregado sin reservas y sin horario. Quiso ser ‘otro Cristo' y lo consiguió. Se asimiló totalmente a Cristo: los deseos de Cristo eran sus deseos; las palabras de Cristo eran sus palabras... Fue tanto lo que nos inculcó que debíamos ser ‘otros Cristos', que yo quise serlo, pero como Cristo estaba tan alto, descubrí que podía ser ‘otro Cristo' imitando a un hombre que era realmente ‘otro Cristo'. Y partí al Noviciado de la Compañía de Jesús..." (P. Víctor Risopatrón, s.j.) "Asistía a la misa que celebraba el P. Hurtado a las 6 a.m. en la Iglesia de San Ignacio. En un altar lateral, a la derecha, se concentraba para celebrar y adorar como si cada una hubiera sido la primera o la última misa de su vida". (Hugo Montes) "Cuando comencé mi formación sacerdotal le pregunté al Padre Hurtado en qué área de estudio me recomendaba especializarme, él me respondió: “Especialízate en Jesucristo”. Eso respondía a lo que él vivía". (P. José Correa, s.j.) "En la Población Nueva San Manuel, el Padre Hurtado entró a una choza en medio de un basural, en que vivía un grupo de personas, y comenzó a sacar unos niños para llevarlos al Hogar de Cristo. En un momento, teniendo a un niño de unos dos años en sus manos, se volvió a los jóvenes que lo acompañábamos, y levantándolo, nos dio la bendición, trazando con el niño el signo de la Cruz. Así nos indicaba que Cristo estaba presente en ese niño". (P. Fernando Karadima). "Nunca olvidaré una de sus clases. Teníamos 16 años y nos habló de Jesucristo de tal manera, que al terminar lloraba no sólo él, sino casi todos los treinta alumnos del Colegio San Ignacio que lo escuchábamos". (P. José Vial, s.j.). "Un padre capuchino le observó celebrar la Misa, y le llamó tan poderosamente la atención que decía no haber visto nunca una celebración tan edificante, y que al ser así los sacerdotes chilenos, deberían ser todos santos... Su fuego era capaz de encender otros fuegos." (Mons. Francisco Valdés). "Llegaba después de media noche, muy cansado, de sus salidas recogiendo niños vagos, para dejarlos bien instalados en el Hogar de Cristo. Luego, después de pasar un largo rato en la Capilla, en fervorosa oración, se retiraba a descansar, para levantarse muy temprano. Frecuentemente sucedía que pocas horas después de acostarse, lo llamaban por teléfono para atender algún enfermo grave. Nunca permitió que otro fuera en su lugar, sino que se levantaba y salía sin demora". (P. Oscar Contreras, s.j.). "Tenía la costumbre de no irse nunca a dormir sin haber rezado el rosario. `A cualquier hora que termine, rezo primero el rosario antes de acostarme`. En la casa de Retiros, yo lo vi a veces empezar el rosario a la una de la mañana". (P. Arturo Gaete, s.j.). "Se preocupaba mucho por la limpieza de los objetos sagrados. La Misa del Padre era profundamente recogida y penetrada del misterio de Dios. Me tocó estar con una persona, no creyente, que asistió a una Misa del Padre Hurtado y con lágrimas en los ojos me decía: ´¡Qué ganas de creer!´ ". (Marta Holley)
Del libro Un fuego enciende otros fuegos. Centro de
Estudios y Documentación “Padre Hurtado” de la Pontificia Universidad
Católica de Chile. |
|
El
niño cristero
|
José, bajándose rápidamente del suyo, se lo ofreció: «Mi General, tome usted mi caballo y sálvese. Usted es más necesario y hace más falta para ganar la batalla». Aquel día, el niño fue hecho prisionero y encerrado
en el baptisterio de la parroquia.
|
|
Testimonio - Será beatificado el 13 de noviembre en Roma
Carlos de Foucauld, una conversión radical
En el año 1886, Carlos de Foucauld veía la luz: «En cuanto creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él», dejó escrito. Y es que la vida de este hombre, que va a ser beatificado el próximo domingo, 13 de noviembre, representa a la perfección el cambio tan radical que se produce en la persona cuando decide acercarse al Señor. Después de muchos años alejado de Dios, Foucauld acude a ver al padre Huvelin porque siente la necesidad de saber más sobre la religión. El sacerdote le da los dos mejores consejos para empezar una nueva vida: Confesión y Comunión.
Carlos de Foucauld en nace 1858, en Estrasburgo, en el seno de una familia adinerada. Lleva una existencia de lo más licenciosa, hasta el punto de dilapidar la fortuna que había heredado de la familia. En 1880, llega a África por primera vez, como miembro del ejército. Ya se perfilaba su pasión por este territorio y por los tuaregs, a los que dedica buena parte de sus esfuerzos de apostolado, incluso con una traducción de la Biblia a la lengua local.
Foucauld, una vez que se encuentra con el Señor, no puede abandonarlo, porque en Él descubre toda la felicidad: «Cuando nos sentimos tristes, defraudados por nosotros mismos, por los demás, y por las cosas, pensemos que Jesús es glorioso, y que, si lo amamos como debemos, la suma felicidad del ser infinito debe arrasar infinitamente en nuestras almas sobre la tristeza que procede de los males de los seres finitos». No en vano, exclamaba: «¡Hay tal diferencia entre Dios y todo lo que no es Él!»
Nada más convertirse, se marcha como peregrino a Tierra Santa. Al regresar, entrará en la Trapa de Notre Dame de Neiges, desde donde pasa a un monasterio en Siria. En 1901 se ordena sacerdote y se marcha de inmediato a África, donde pasará el resto de su vida, con algunas visitas esporádicas a Francia. Muere de un disparo en 1916, en una revuelta de tuaregs senusitas libios.
Cristo se convierte en el centro de su vida. No le importa renunciar a las comodidades que tenía antes, porque para él, tras conocer a Jesús, no hay otro camino posible: «¡Ser rico, estar cómodo, vivir tranquilamente de mis bienes, cuando Tú, pobre, pasaste apuros, viviste con penuria de un duro trabajo! No puedo con ello, Dios mío... Así no puedo amar». La pobreza va ligada al amor al prójimo: «Cuando amamos al prójimo, el primer fruto de este amor es empobrecerse para aliviarlo». Y el sacrificio es ofrecimiento a Cristo: «No nos es posible amar a Jesús y querer ser coronado de rosas, cuando Él lo fue de espinas».
A este hombre de vida sencilla que va camino de los altares le movió el amor al prójimo que, para él, era el mejor camino para llegar al amor de Dios: «No hay frase del Evangelio, creo, que haya dejando en mí impresión más profunda y haya transformado mi vida más que ésta: Cuanto hacéis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hacéis».
En la Eucaristía encontraba su apoyo
fundamental. «¡Qué felicidad! -decía de este Sacramento-. Dios con
nosotros, Dios en nosotros. ¡La Eucaristía es Jesús, es todo Jesús!» El
fundamento que movía a Carlos de Foucauld era pensar que Cristo «nos
pide que lo dejemos proseguir en nosotros la vida que comenzó en la
tierra. Dejemos que continúe en nosotros su vida de caridad universal».
Y anima a que «Jesús te guíe, te ilumine, que viva cada vez más en ti,
que no vivas tú, sino que sea Él quien viva en ti».
La mejor manera de transmitir esta
presencia del Señor es el ejemplo: «Las personas alejadas de Jesús deben
conocer el Evangelio sin libros y sin palabras, viendo mi vida... Al
verme, deben ver lo que es Jesús». Camino de santidad
Foucauld daba la clave del camino hacia el cielo: «Toma como objetivo la vida de Nazaret en todo y para todo, con su sencillez y su amplitud. Tu vida de Nazaret puede llevarse en todas partes: llévala en el lugar más útil para el prójimo». Este camino no siempre le resultó fácil. En una ocasión confesaría su debilidad, al reconocer que no siempre sentía el amor de Dios. Hay veces que «sentimos que sufrimos y no siempre sentimos que amamos. ¡Y es un sufrimiento añadido! Pero sabemos que querríamos amar, y querer amar es amar».
Pero tenía el secreto. Foucauld se dejaba en las manos de Dios, porque «Dios nos concederá todo lo que pedimos con fe. Nos lo concederá dándonos lo que hemos pedido o dándonos algo mejor. Si nos hace esperar, si lo recibimos tarde o nunca, tengamos la certeza de que la espera es mejor para nosotros».
Carlos de Foucauld deja un extenso testimonio espiritual y una familia de congregaciones y asociaciones, que siguen el carisma de este hombre que, cuando conoció a Cristo, se entregó a Él para siempre. María S. Altaba (Alfa y Omega nº 471, 10.XI.05) |
El milagro 67 de Lourdes
|
El Vaticano proclama oficialmente el milagro número 67 de Lourdes La Razón
Monseñor Gerardo Pierro, arzobispo de Salerno –en el sur de Italia–, proclamó oficialmente el pasado viernes la «curación milagrosa» de una mujer, que hoy tiene 90 años y que ocurrió en Lourdes en 1952. Con éste ya son sesenta y siete los milagros oficialmente reconocidos por la Iglesia católica que han tenido lugar en la ciudad francesa de las apariciones de la Virgen María. La enferma, Anna Santaniello, sufría desde su infancia una malformación cardiaca, declarada incurable por los médicos. Al cumplir los cuarenta años, su estado de salud empeoró gravemente y, a pesar de la oposición de los médicos y de su familia, decidió viajar en peregrinación a Lourdes. Esta malformación le impedía caminar y hablar claramente. Asimismo, le causaba cianosis en la cara y edemas en las extremidades inferiores. «Ya casi no lograba respirar y le dije a mi hermano que mi último deseo era ir a Lourdes», explica Anna Santaniello |
en el diario «La Città» de Salerno. Dicho y hecho, la italiana consiguió llegar «viva aunque en camilla» a la ciudad francesa como era su deseo. Curación instantánea. Una vez allí, las religiosas la introdujeron en la piscina y Santaniello explica que «el agua estaba helada, pero sentí inmediatamente algo que hervía en el pecho, como si me hubieran restituido la vida. Después de pocos segundos, me levanté con mis propias fuerzas y comencé a caminar, rechazando la ayuda de los camilleros, que me veían con incredulidad». Al regresar a casa, pidió consultar a un ilustre cardiólogo de aquella época para que reconociera su estado de salud tras su visita a Lourdes. Éste «me dijo que no tenía nada, que estaba sanísima y que no podía explicarse todo los certificados y exámenes hechos anteriormente, asegura. Desde este acontecimiento crucial en la vida de Anna Santaniello, ésta ha vuelto en otras ocasiones a Lourdes para ofrecer su servicio como voluntaria en la ayuda a los enfermos. En la ceremonia de proclamación del milagro número sesenta y siete de Lourdes, en el seminario metropolitano «Juan Pablo II» en Pontecagnano, participó la propia Anna Santaniello, acompañada por sus familiares y amigos. |
El sacrificio de Ahmed al-Jatib
|
Fuente: Buenas Noticias
|
¡Cuánto mal! ¡Cuántas desgracias! Pero también, ¡cuánta solidaridad y cuánto amor! La Universidad Anáhuac, por ejemplo, a través de la
fundación Altius,
ha enviado varias brigadas «Mano Amiga» a las zonas afectadas. |
Bosco Gutiérrez, lecciones de un secuestro
|
BOSCO GUTIÉRREZ, NUEVE MESES EN UN ZULO Tengo 48 años. Nací y vivo en México DF. Estoy casado, tengo nueve hijos y vengo de una familia de 14 hermanos. Estoy licenciado en Arquitectura. Mi postura filosófica y política se basa en lo que yo hago: una arquitectura en función del ser humano. Soy católico. He dado una conferencia en la UIC sobre la historia de mi secuestro
La Vanguardia -
IMA SANCHÍS - 21/11/2005
Cuando Bosco volvió a ver a su familia escribió lo siguiente: Todo es providencia, nada es coincidencia. Todo es para bien y ante sus manos sólo hay ganadores y no perdedores. Dios sabe más y nosotros somos muy limitados. Dios nos pide un abandono de nuestros propios juicios. En esta lucha resumo todo mi secreto y quiero quitar cualquier mérito propio. Estoy convencido de que con ÉL podemos todo y que sin ÉL la más mínima cosa. Cuando no podemos más, nos carga en sus hombros para darnos la libertad. No te olvides de esto. Dios sabe más. Lucha con fe y perseverancia, es hora de responder porque de eso depende nuestra felicidad aquí y en la vida eterna..."
Puedes escuchar y ver al
protagonista Bosco Gutiérrez en la Web de la Diócesis de Málaga que
incluye un clip con una entrevista de Popular TV. Aquí tienes el link: http://www.diocesismalaga.es/prensa/tv_lst.php?cont=0&tot=0
|