–Maestro, ¿dónde vives? Y Jesús respondió: –¡Venid y veréis!

VEN Y VERÁS NUMERO 10

 

El Dios a quien no rezo

Dios mío... Mío, porque mi fe me dice que me amas.  No te puedo manipular, no puedo tenerte a mi antojo, no me tratas con privilegio respecto a las demás criaturas; pero eres mío porque me amas. Mi fe me dice que me amas, ¡Y esto es lo más grande que me puede dar la fe! Yo me lo he creído, y tú me has hecho saber que tu Amor es siempre fiel.

Yo te rezo a ti: te alabo, te bendigo, te doy gracias, te suplico, te adoro... En tu presencia soy más yo mismo que en ningún otro lugar. Te rezo porque soy pobre y necesito tu ayuda para todo. Te rezo porque eres Amor, ¡y necesito tanto amar y ser amado...!

Tú me enseñas a amar dándome tu Amor, comunicándome la abundancia de tu Ternura. Tú no cesas de amarme en la profundidad de mi vida y en las bondades de los seres que me rodean y me sirven. Mi camino hacia ti está entretejido del amor de muchos seres que me recuerdan que Tú eres Bueno y la Bondad misma.

El Dios al que yo rezo no es un Dios de muertos, sino de vivos; por eso lo encuentro en mi propia vida y en la de mis hermanos.  El Dios al que yo rezo no es un Dios de ira y de venganza, sino de Misericordia y de Paz; por eso lo encuentro siempre en la reconciliación y el abrazo. El Dios a quien yo rezo es un Dios Amigo que me enseña a ser amigo, un Dios Humano que me hace más humano, un Dios Divino que me hace ser a mí también divino. El Dios al que yo rezo es el Dios del presente y del futuro, un Dios que tiende el puente por el que su Eternidad visita mi Tiempo.

De Un Dios locamente enamorado de ti,

de Antonio López Baeza

La Palma y la Cruz

De la homilía del Papa Juan Pablo II el Domingo de Ramos, Jornada de la juventud, 8 de abril, de 2001.

Amadísimos jóvenes:

Jesús murió y resucitó, y ahora vive para siempre. Él entregó su vida, pero nadie se la quitó; la entregó «por nosotros» (Jn 10, 1 8). Mediante su cruz nos ha llegado la vida. Gracias a su muerte y resurrección el Evangelio triunfó y nació la Iglesia. Al entrar confiados en el nuevo siglo y milenio, queridos jóvenes, el Papa os repite las palabras del apóstol Pablo: «Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él» (2 Tm 2, 11). Porque sólo Jesús es Ca­mino, Verdad y Vida (cf. Jn 14, 6).

Entonces, ¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo? El Apóstol respondió también por nosotros: «Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8, 38-39).

¡Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, Verbo de Dios, Salvador del mundo!

Yo estoy contigo. Tú nunca estás solo. Camino siempre a tu lado. Quiero ser tu amigo. Quiero ser tu compañero de camino. Te busco porque te quiero. Nada de ti me pasa inadvertido

Nada de tu vida  me es indiferente. Te amo con todo mi Corazón. Quiero llenarte y hacerte feliz. Quiero que te fíes de Mí. Ábrete a mi presencia. Dame las riendas de tu vida. Quiero enseñarte  a vivir conmigo. Déjame vivir contigo. Quiero ser tu vida. Soy Jesús, que vivo para ti

Diálogo entre dos Apóstoles

 

El domingo 29 de abril de 2001 fue beatificado don Manuel González García, obispo de la Eucaristía, «el Obispo del Sagrario abandonado». Te presento un diálogo entre su Obispo, cardenal Spínola, que sabía bien del celo y trabajo apostólico del joven sacerdote, don Manuel, cuando es enviado a Huelva. Podemos sacar una lección al examinar cómo es nuestra actitud al querer vivir la voluntad del Señor.

 

Si el cardenal Spínola tenía fama de santo, porque en verdad lo era, no quedaba atrás el joven sacerdote, que estaba dando pruebas de un apostolado fecundo, porque vivía una honda espiritualidad. Don Manuel cuenta con gracia la entrevista que mantuvo con su prelado:

«Llamado una mañana por mi santo Arzobispo, don Marcelo Spínola, Pastor a lo buen Pastor, y a fuer de tal, de una delicadeza suma en todos sus procederes, me dice sonriente:

–¿Quiere ir a Huelva?

–Yo voy volando a donde me mande mi Prelado.

–No; yo no le mando ir a Huelva; está aquello tan mal, y lo que es peor, tan dividido entre los pocos buenos... Estoy tan harto de probar procedimientos para mejorarlo sin obtenerlo, que me he acordado de usted como última tentativa; al fin y al cabo usted es joven y, si se estrella en Huelva, como lo temo, el mismo que lo lleva lo puede traer. Pero, repito, esto no es un mandato, sino un deseo.

–Señor, los deseos de mi Prelado son para mí órdenes, ¿cuándo quiere que me vaya?»

El arzobispo trataba de suavizar el encargo, pidiendo a este cura joven que fuera a su casa, pensara durante tres días, con absoluta reserva, lo que habían hablado y volviera con la decisión tomada.

Don Manuel explica el sufrimiento de aquellos tres días, en que estuvo casi sin comer ni dormir, y el gran esfuerzo que hizo por mantener su buena cara y el humor de siempre, para no infundir sospechas. En sus años de seminarista había oído hablar de la situación religiosamente pobre de Huelva, pero nunca llegó a pensar que la parcela podía ser un día suya.

Tras el tiempo convenido, don Manuel se presentó de nuevo a su Arzobispo. Y, sin esperar una sola pregunta, se adelantó a decir: «¡Señor, aquí me tiene para repetirle lo que le dije el otro día: ¿cuándo quiere que me vaya a Huelva? El Arzobispo, admirado, respondió: Pero, ¿así? ¿tan decidido?

–Sí, señor, completamente decidido; ahora que, como a mi prelado le debo hablar como al Jesús de mi Sagrario, debo decirle que me voy a Huelva tan decidido en mi voluntad, como contrariado en mi gusto.

–¿Cómo?, ¿es que no va a gusto?... Me lo explico y no me extraña; espero que ese desprecio de su gusto, para abrazarse a la voluntad del prelado, le ayudará mucho en su misión de Huelva».

Continuó el diálogo, cada vez más animado, hasta redondear el Arzobispo: «Vaya, pruebe y si no le va bien, se viene. Las puertas de este palacio siempre estarán abiertas para usted; y en mí siempre tiene un padre a quien le puede contar todo, que le recibirá con los brazos abiertos».

Don Manuel inició enseguida su tarea en Huelva, hasta realizar una labor sencillamente gigantesca. El resultado final no tuvo otra explicación. Se apoyaba en estas motivaciones conjugadas:

 

«Que estuve donde Dios me puso y no mi gusto.

Que, a pesar de mis muchas flaquezas, puse toda mi confianza en el Corazón de Jesús.

Que abrí todos los días las puertas de mi parroquia a las cinco y media lo más tarde, y que a esa hora estábamos mi coadjutor y yo sentados en el confesonario con penitentes y sin ellos.

Que practiqué la predicación callejera «ad laudes et per horas», sin miedos ni respetos humanos».

Puntos de vista

«Nunca abandones al Amor. Es del todo sencillo comunicarte con tu Dios. Y, ¿qué otra cosa cabe entre dos íntimos? Y además, todo tema viene finalmente a dar en el cántico del Amor y esto, sin cansancio, en una vida cada día más ardiente. Hija, que el cántico de tu vida suba siempre nuevo cada día; y tu cántico no tendrá fin, porque tú lo cantarás todavía en la Eternidad, con una saciedad inenarrable. Ama desde ahora, ama mucho. Tú no sabes todo lo que puedes obtener, adquirir y transformar con tu amor sobre la Tierra. Pero Yo lo sé».

Entonces Le dije:«Señor, mi amor es tan pobre...» «Toma el Mío, ya sabes que es tuyo, que es de todos vosotros. Ofrécelo al Padre con la certidumbre de tu poder y entonces, pide, pide y pide».

«Hijitos Míos, revestíos en todo tiempo de vuestro Jesús como Jacob, que se revistió con las ropas de Esaú y pasó por él ante su padre. Entonces el Padre os hará entrar en la herencia de todos Sus Bienes. Y Yo, totalmente feliz de haber pagado con Mis Lágrimas, con los golpes recibidos y con Mi Sangre. ¡Hijos Míos tan amados!»

 
(Del Libro: El y yo, de Gabriella Bossis, n.º 1038)