–Maestro, ¿dónde vives? Y Jesús respondió: –¡Venid y veréis!

VEN Y VERÁS NUMERO 12

 

Oh, Dios, me amas con ternura

Déjame que te diga hoy...

Oh, Dios mío, Tú no tienes necesidad de mi; estás por encima de todo, eres el Único, eres en Ti mismo: alegría, felicidad, amor, verdad y santidad, y quieres llamarme y me llamas a entablar contigo un diálogo de amor. Porque quieres comunicarme todo lo que Tú eres. Tienes más hambre y sed de mí, que la que yo tenga de Ti. ¡Qué poca cosa soy ante Ti!, mi Dios y mi Padre, que me dices: Te amo.

No llego a descubrir, a pesar de las infinitas muestras de tu amor para conmigo, que me amas con ternura, y que nunca has cesado de desearme, de buscarme, que llamas a la puerta de mi corazón y me dices afablemente:

«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa, y cenaré con él y él conmigo». (Apocalipsis 3, 20).

¡Oh, Jesús!, quiero abrirte la puerta de mi corazón... y te la abro; entra, Jesús, y lléname de Ti; quita mi orgullo, quita mis intereses humanos..., dame lo que Tú me traes... que quiero creer y creo que eres Tú el que te me das... ¡Gracias, Jesús! Ayúdame, Jesús, para que cada vez que yo venga a verte en esta capilla y me postre en mi adoración ante tu Divina Presencia Eucarística, que yo venga a abrirte mi corazón, porque sé que Tú me llamas y esperas que yo venga, para seguir contigo el diálogo de amor que Tú mismo has comenzado...

Cuando Dios te ama, te cambia en lo más profundo de tu ser

¿Has realizado la experiencia de una amistad verdadera? Te ahogas bajo tu piel y gritas para que te llamen por tu nombre. Necesitas que otro te encuentre para que llegues a ser tú mismo. El día en que recibas la gracia de un afecto verdadero, cambiarás, te transformarás en lo más profundo de tu persona.  Cuando un ser de carne y hueso entra en tu vida, la cambia de arriba abajo y le da un sentido nuevo. Has encontrado a uno que ha venido a tu encuentro y te ha dicho palabras que piden una respuesta y cambian toda tu vida. Continúas con tus problemas y tus dificultades pero los miras de otra manera: es aquello que hacía exclamar a una muchacha: «Amar, no sirve para nada, ¡pero lo cambia todo!»

Lo mismo ocurre cuando Dios te encuentra y te dirige una palabra de amistad. El amor de Dios es tan fuerte, tan poderoso, que es capaz de devolverte la virginidad del corazón. Acuérdate del profeta Oseas y de su mujer prostituta. San Agustín hablará del amor virginizante de Dios. Dios no te ama porque eres atractivo, sino te ama para que lo seas. Puedes cambiar, cambias, porque él, Dios, te ha encontrado, te ha interpelado, porque su mismo amor te ha cambiado.

El amor de Dios para contigo no es una palabra vana, es una palabra que realiza lo que contiene. Es eficaz, operante. Lo mismo que el encuentro con otro te cambia, el encuentro con el Dios de Jesucristo te transforma en lo más profundo de tu ser. Entre el Dios trinitario y tú, la alianza es tan total, tan íntima, tan concreta que en adelante es imposible ha­blar de él sin hablar al mismo tiempo de ti.

Entre tú y yo, dice Dios, hay un vínculo que nada podrá destruir. Soy tu Dios y tú eres mi hijo. Pondremos en común, yo mi eternidad, mi vida y mi santidad, tú lo tuyo de cada día, tu vida terrena y tu pobreza. Tu existencia va a unirse a la mía y no nos separaremos jamás pues soy Dios y nunca jamás me arrepentiré de mi alianza. En cierta manera, nuestros destinos están ligados el uno al otro. Es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como es el Dios de cada uno de nuestros nombres propios, queriendo dar a entender con ello que liga su vida a la nuestra.

Entre tú y yo, se da una comunidad de ser en la que echa sus raíces una comunidad de mirada y de amor. Esta alianza será realizada perfectamente sobre todo en Jesucristo. Baja a lo profundo de tu corazón para descubrir en él, como en su fuente, esa corriente de vida trinitaria que riega toda tu persona. Deja que esta vida divina te invada y te conduzca al seno del Padre, bajo la acción del Espíritu de Cristo.

En esta certeza de que eres el aliado de Dios es donde echa raíces profundas tu oración. No es una escalada vertical lo que te hará alcanzar a Dios, en una extensión sin esperanza. Es la toma de conciencia, lúcida y pobre, sabrosa y a menudo desgarradora, de que Dios te ha elegido gratuitamente y ha querido ligar su destino al tuyo: «No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha ligado Yavé a vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos, sino por el amor que os tiene.» (Dt 7, 7-8).

La oración es ese momento privilegiado en el qué contemplas el amor del Padre que te engendra a la vida filial. Libera al Hijo de Dios cautivo en el fondo de tu ser y permítele que se desarrolle libremente en ti. Entonces no tendrás necesidad de buscar ideas o palabras para exteriorizar tu oración. Te bastará el existir como hijo de Dios y tu mismo ser será una oración.

(Del libro: «Ora a tu Padre» de Jean Lafrance)

Basta que me mires, Señor...

Estaba en un Centro Eucarístico que tiene expuesto al Señor durante varias horas al día. La capilla, muy bien iluminada, cuidada con flores abundantes y con aire acondicionado. Un sitio ideal para pasar un rato tranquilo con Jesús Eucaristía en una tarde calurosa de verano. Me prometía una gran devoción cuando, de repente, un grupo de personas se pone a rezar en alta voz. Me cortaron el hilo de mi oración y no sabía qué hacer, si seguir con mi oración solitaria o unirme a las preces del grupo. Lo hice así. Sin devoción, sin atención, distraído y desabrido. Miraba y miraba a la custodia buscando un punto de apoyo. Me llegó al final la inspiración: «¿No te basta que yo te mire?», me dijo una voz interior.

«Me basta que Tú me mires, Señor». No pretendo nada más. Estar Contigo unos minutos, verte, hablarte, comunicarme Contigo y, sobre todo, que Tú me mires, Señor.

«El mirar de Dios es amar», nos dice San Juan de la Cruz. «El mirar de Dios» es una perpetua catarata de amor que fluye de su Corazón a nuestra alma. «El mirar de Dios» es un continuo derrame de misericordia y de perdón sobre nosotros. «El mirar de Dios» es una nueva llamada al amor desinteresado y puro. «El mirar de Dios» es una invitación al seguimiento pronto y generoso. «El mirar de Dios» es un reto a nuestra generosidad agradecida. «El mirar de Dios» es un acicate que hace que nuestro servicio a los demás sea un auténtico compromiso con el pobre, el necesitado, el arrinconado.

«Basta que me mires, Señor». ¿Qué puedo pretender más cuando me arrodillo ante la Eucaristía? «Mírenme tus ojos, dulce Jesús bueno...», cantábamos hace unos años en nuestras iglesias. Mírenme tus ojos hoy y descubre mi amor por Ti. Mírenme tus ojos hoy y rejuvenece mi alma con nuevas ilusiones de santidad, de intimidad, de apostolado. Mírenme tus ojos hoy y robustece mi adhesión a Ti y a todo lo tuyo. Mírenme tus ojos hoy y ahora para que crezca en mi corazón este deseo grande de amarte, de poseerte, de identificarme Contigo, de unirme a Ti para fundirme en un abrazo eterno y feliz.

«Basta que me mires, Señor». Mírame y no dejes de mirarme, pues tu mirada es vida, paz, alegría, consuelo, perdón, optimismo, seguridad. Tu mirada me enamora, tu mirada me alienta en mis deseos de entrega a Ti, tu mirada me inspira confianza, pues veo en ella reflejada toda tu bondad, todo tu perdón, toda tu aceptación, toda tu consideración y afecto para mí.

¡Jesús Eucaristía! Seguiré viniendo a verte, aunque sea sólo para que me mires y me mires y me vuelvas a mirar. Tu mirada me asegura tu amor... y en tu amor confío.

Jomcadés, SJ

 

Oración dolorida, por Francisco Cerro, en revista «Agua Viva»

Estoy mal, muy mal, Señor.

Pero acudo a ti,

     porque sé que aunque

     a veces pareces esconderte,

     algo me dice

     que no estás lejos.

Quiero que me escuches.

Que prestes oído a mis lágrimas.

Pues cuando no puedo más,

Tú eres mí único refugio.

¿Sabes, Señor?

Escribí una oración dolorida.

Tengo agujetas de dolor

     hasta en mi aliento.

Pero, a pesar de todo, acudo a ti,

     porque si contigo hay cosas que no entiendo,

     es que sin ti no entiendo nada.

Puntos de vida interior

«Convéncete de que no eres nada, ni eres capaz de nada. ¿Qué sería de ti si Yo no estuviera contigo? ¿Qué podrías tú decir si Yo no te hablara? Yo te muevo y te llevo, sin Mi vivirías en la extrema pobreza. Incluso la meditación de Mis Dolores, que te llenan de pena, encierran para ti una dulzura especial porque te prueban Mi Amor. Pero, tú tienes dificultades para creer en un Amor así. Y sin embargo, debes rendirte. Di dentro de ti misma: «¡Es verdad! Creo que si no hubiera que salvar más almas que la mía, Tú habrías querido sufrir y morir por mí, porque Tu Ternura no tiene orillas».

¿Crees que una palabra semejante no Me haría feliz? Lo peor de todo está en haber sufrido tanto y quedar desconocido y olvidado en tantos corazones fríos como el hielo. Mi Corazón es una Hoguera de celo y de Amor por vuestras entregas; pero, ¡qué pocos son los que se dirigen a Él. Ruégame mucho por ellos. Tu plegaria será como una razón para conceder Gracias nuevas y Yo te daría las gracias por ello.  Y Yo sé agradecer».

(Del Libro: «Él y yo», de Gabriella Bossis, n.º 1317)