–Maestro, ¿dónde vives? Y Jesús respondió: –¡Venid y veréis!
VEN Y VERÁS NUMERO 16
Apreciado amigo y hermano Adorador/a
Con este mes de comienzo de año, la figura de San Juan Bosco con su espiritualidad y vida en Dios, entra en nuestra consideración ante Jesús, presente eucarísticamente en nuestra Capilla de la Adoración Perpetua.
Si te fijas en esta Capilla, ves que los relieves y las pinturas que acompañan a la pintura central de la última cena de Jesús con los suyos, tienen una cierta relación con Don Bosco.
Hoy te añado, con la narración que sigue, un cuadro más que dibuja San Juan Bosco en tu mente. Puedes comprobar en ese cuadro, el espíritu eucarístico y mariano que él ve vivo en la Iglesia de Dios. Contempla ese cuadro. Lee y medita.
Don Bosco
Don Bosco había prometido a los muchachos el 26 de mayo contarles algo bonito el último o el penúltimo día del mes.
Y el 30 de mayo por la noche les refirió, una parábola como él quiso llamarla.
Os quiero contar un sueño. Este sueño lo tuve hace algunos días.
Figuraos que estáis conmigo a la orilla del mar, o mejor, sobre un escollo aislado, desde el cual no divisáis más tierra que la que tenéis debajo de los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado espolón de hierro a modo de lanza que hiere y traspasa todo aquello contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros, y se dirigen contra otra embarcación mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, incendiarla o al menos hacerle el mayor daño posible.
A esta majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas que de ella reciben las órdenes, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento le es adverso y la agitación del mar favorece a los enemigos.
En medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distantes la una de la otra. Sobre una de ellas campea la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum. (Auxilio de los cristianos).
Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Sagrada Forma de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium. (Salvación de los que creen).
El comandante supremo de la nave mayor, que es el Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa en convocar, a su alrededor a los pilotos de las naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Todos los pilotos suben a la nave capitana y se congregan alrededor del Papa. Celebran consejo; pero al comprobar que el viento arrecia cada vez más y que la tempestad es cada vez más violenta, son enviados a tomar nuevamente el mando de sus naves respectivas.
Restablecida por un momento la calma, el Papa reúne por segunda vez a los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso; pero la borrasca se torna nuevamente espantosa.
El Pontífice empuña el timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de cuya parte superior penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas cadenas.
Las naves enemigas dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible por detener su marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con los libros, con materiales incendiarios de los que cuentan gran abundancia, materiales que intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se torna cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra ella violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la gigantesca nave prosigue su camino, segura y serena .
A veces sucede que, por efecto de las acometidas de que se le hace objeto, muestra en sus flancos una larga y profunda hendidura; pero, apenas producido el daño, sopla un viento suave de las dos columnas y las vías de agua se cierran y las brechas desaparecen.
Disparan entre tanto los cañones de los asaltantes, y, al hacerlo, revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se abren y se hunden en el mar. Entonces, los enemigos, llenos de furor, comienzan a luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate.
Cuando he aquí que el Papa cae gravemente herido. Inmediatamente los que le acompañan acuden a ayudarle y le sujetan. El Pontífice es herido por segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido inmediatamente de suerte que la noticia de la muerte del Papa llega con la de la elección de su sucesor. Los enemigos comienzan a desanimarse.
El nuevo Pontífice, venciendo y superando todos los obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas, y, al llegar al espacio comprendido entre ambas, las amarra con una cadena que pende de la proa a una áncora de la columna de la Sagrada Forma; y con otra cadena que pende de la popa la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada.
Entonces se produce una gran confusión. Todas las naves que hasta aquel momento habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan a la fuga, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas, que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas.
Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, y allí permanecen tranquilas y serenas, en compañía de la nave capitana ocupada por el Papa. En el mar reina una calma absoluta.
Al llegar a este punto del relato, Don Bosco preguntó a don Miguel Rúa:
–¿Qué piensas de esta narración?
Don Miguel Rúa contestó:
–Me parece que la nave del Papa es la Iglesia de la que es cabeza: las otras naves representan a los hombres y el mar al mundo. Los que defienden a la embarcación del Pontífice son los leales a la Santa Sede; los otros, sus enemigos, que con toda suerte de armas intentan aniquilarla. Las dos columnas salvadoras me parece que son la devoción a María Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
Don Miguel Rúa no hizo referencia al Papa caído y muerto y Don Bosco nada dijo tampoco sobre este particular. Solamente añadió:
–Has dicho bien. Solamente habría que corregir una expresión. Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación de lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia están representados por las naves que intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. ¡Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto! Devoción a María. Frecuencia de sacramentos: comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y para hacerlos practicar a los demás siempre y en todo momento. ¡Buenas noches!
A esta narración quiero añadir, para su mejor comprensión, un breve comentario por mi parte:
«Don Bosco durante su vida tuvo muchos de los que él llamaba sus sueños. E iba él captando cómo esos sueños, venían a ser luego realidad en su vida. Con la ayuda de su Director Espiritual, y propio discernimiento y la gracia del Señor que no le faltó, él los entendió como manifestaciones de lo Alto, para ayuda de su misión. En este sueño, llamado de las dos columnas, aparecen las luchas y persecuciones sufridas por la Iglesia. Así lo entendieron los primeros salesianos; pero se preguntaron al interpretar este sueño, dentro del grupo de predicciones y profecías ...¿se ha cumplido ya? Y nosotros: ¿Se está cumpliendo ahora? ¿cuándo será?
Puede ser que algún día captemos su cumplimiento si vemos realizado ese triunfo de la Iglesia descrito al final de la batalla. Lo que ahora más nos interesa, es que... ‘‘Sólo quedan dos medios para salvarse en esa lucha’’ como dice Don Bosco, y que son dos las columnas donde queda anclada la Nave de la Iglesia. Columnas también para anclar la vida cristiana de cada uno: La Columna: Jesús Eucaristía y la Columna: María Inmaculada».
¿Soy hijo/hija fiel de la Iglesia? ¿Amo a mi madre, la Iglesia?
El Catecismo de la Iglesia Católica, en su n.º 2030, dice:
«El cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con todos los bautizados. De la Iglesia recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas de la Ley de Cristo (Ga 6,2). De la Iglesia recibe la gracia de los sacramentos que le sostienen en el camino. De la Iglesia aprende el ejemplo de la santidad; reconoce en la Bienaventurada Virgen María la figura y la fuente de esa santidad; la discierne en el testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en la tradición espiritual y en la larga historia de los santos que le han precedido y que la liturgia celebra a lo largo del santoral».
Puntos de vida interior
«No hay que tener miedo de tender a la perfección. Yo estoy ahí y Mi Delicia está en tomar posesión de vuestras almas. Entonces ya no estáis solos, Me tenéis a Mí. ¿Recuerdas cómo en el tiempo de los caballos te gustaban mucho los largos cortejos de carros? Pues bien, Yo voy a la cabeza. Tú me sigues. Un poco de lejos, pero me sigues. El buen Ladrón comprendió el Amor y lanzó su grito de arrepentimiento. Poco después reposaba sobre mi seno.
El Amor llama al amor. Tú, Respóndeme. Tengo Sed de ti. ¿Qué es lo que te intimida? ¿Tus negligencias repetidas? ¿Tus insuficiencias? ¿Tu falta de percepción o tu ausencia de pensamientos o los malos recuerdos? De todo eso Yo Me encargo. Recojo del suelo las miserias y las convierto en esplendores. Dámelo todo. ¿Te atreverías a decirme que hay algo en tu vida que no sea Mío? cuando se llega a ser una sola cosa...»
(Del libro «Él y Yo», de Gabriella Bossis, n.º 1665)