–Maestro, ¿dónde vives? Y Jesús respondió: –¡Venid y veréis!

VEN Y VERÁS NUMERO 24

 

Seguimos –en este número 24 de Ven y Verás–, con ejemplos de experiencias Cristianas profundas que cambian la vida y encienden el corazón y el alma en un gran entusiasmo y vivencia por Cristo Jesús. Después de experiencias como las que iremos presentando, nos consta que la propia vida, desde entonces, se vive de otro modo. Se ha encontrado realmente con Cristo, y Él da otro vivir al que se ha dejado encontrar por Jesús.

Después de la muerte del matemático y científico francés Blas Pascal, encontraron en una prenda suya de vestir un fragmento de papel meticulosamente escrito que, sin duda, tenía para él una importancia extraordinaria, ya que lo había llevado siempre consigo. Este Memorial –así es como se le ha llamado–, contiene la experiencia de un día muy concreto y de una hora muy exacta de la vida de Pascal.

El texto es el siguiente:

«Año de gracia de 1654, lunes, 23 de noviembre, día de San Clemente, papa y mártir, y de otros Santos del martirologio, vigilia de San Crisóstomo, mártir, y de otros; desde alrededor de las diez y media de la noche, hasta aproximadamente la una de la madrugada, fuego. El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, no el dios de los sabios y filósofos. Seguridad plena, seguridad plena. Sentimiento. Alegría.

Deum meum et Deum vestrum. Tu Dios debe ser mi Dios.

Olvido del mundo y de todas las cosas, excepto de Dios.

Sólo se encuentra en los caminos que nos muestra el Evangelio.

Grandeza del alma humana. Padre Santo, a quien el mundo no ha conocido, pero yo sí que te he conocido. Alegría, alegría..., alegría, lágrimas de alegría. Dereliquerunt me fontes aquae vivae. Dios mío, ¿me abandonarás? Que no me aparte de Él jamás.

Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, verdadero y úníco Dios y al que enviaste, Jesucristo. Jesucristo. Yo me he separado de Él; he huido de Él; le he negado y crucificado... Que no me aparte de Él jamás.

Él está únicamente en los caminos que se nos enseñan en el Evangelio: abnegación interior, renuncia total, completa. Sumisión plena a Jesús y a mis directores espirituales. Una alegría eterna en comparación a un día de sufrimiento en la tierra. Non obliviscar sermones tuos. Amen».

 

Este Memorial habla de una experiencia auténticamente real.

Nos ofrece unos datos exactos, precisos.

Pascal la ha recogido casi con la misma precisión con que se recogen los datos de un experimento científico. La experiencia que vivió y que plasmó en ese Memorial se puede comparar con la de los discípulos de Emaús. No se trata de intuiciones teológicas, que se pueden tener cualquier día, sino de la experiencia extremecedora y transfiguradora de un momento exacto y preciso, que transforma toda la realidad, y que no se puede olvidar jamás. Pascal ha encontrado a Cristo en una hora concreta y precisa y en Cristo. ha encontrado al Dios de Abraham, al Dios de Isaac y al Dios de Jacob. Este encuentro le produjo una profundísima alegría y paz.

En nuestro Ven y Verás anterior, –n.º 23–, al preguntarnos si podíamos vivir nosotros las experiencias pascuales de los apóstoles y discípulos de Jesús, llegamos a decir que como ellos, y en sus mismas circunstancias de lugar e históricas, ciertamente que no; pero de otro modo: sí. Y hemos recordado hoy una muy fuerte y profunda, y que parte como «iniciativa» del Señor: ese encuentro vivo de Blas Pascal con Jesucristo-Dios.

En próximos Ven y Verás traeremos otras, y veremos que en nuestras vidas ciertamente hemos llegado a tener circunstancias de tiempos y lugares, que recordamos, ciertas realidades espirituales en nuestras vidas que nos han dado ocasión y convencimiento de que el Señor Jesús estaba actuando en nuestras vidas y que de alguna manera, también nosotros lo sentíamos cercano. El recordar esto, alguna vez, nos ayudará a salir de nuestra rutina espiritual y a experimentar que nuestro corazón arde al estar cerca de Jesús.

Y esto nos tiene que servir también para querer acercarnos más a Él y a buscarle en la oración reposada y tranquila en nuestra capilla de la Adoración.

La oración, la plegaria, es el respirar de nuestra fe. Si alguno nos dice que ha perdido la Fe, le podemos decir que antes ha perdido la Oración. Al no respirar se pierde la vida.

Del diario del Papa Beato Juan XXIII

Qué delicia pensar en lo que hizo Jesús para fundar la Iglesia. En lugar de llamar en las academias, en las sinagogas, en las cátedras a los doctos, a los sabios, puso sus ojos amorosos en doce pobres pescadores, rudos, ignorantes.

Los admitió en su escuela, los hizo partícipes de sus confidencias más íntimas, objeto de sus delicadeza más amorosas, les confió la gran misión de cambiar a la humanidad.

En el sucederse del tiempo, Jesús se ha dignado llamarme también a mí para dilatar su reino, para participar de alguna manera en la obra de los apóstoles.

Me sacó del campo desde pequeño, con afecto de madre amorosa me proveyó de todo lo necesario. No tenía pan y me lo procuró, no tenía con qué vestirme y me vistió, no tenía libros con que estudiar y también él se ocupó de ellos. A veces me olvidaba de él, y él me llamó de nuevo con dulzura; me enfriaba en su afecto, y él me dio el calor de su seno, de la llama que arde perennemente en su corazón. Los enemigos de él y de la iglesia me rodearon, me tendieron asechanzas, me arrastraron en medio del mundo, al fango, a las inmundicias, y él me preservó de todo mal, no permitió que el mar me tragase; para que elevase mi espíritu a más fuertes sentimientos de fe, de caridad, me condujo a su tierra bendita, a la sombra de su Vicario junto a la fuente de la verdad católica, junto a la tumba de los apóstoles, donde la tierra conserva aún la púrpura de la sangre de sus mártires y el aire está embalsamado con el perfume de santidad de sus confesores, y no se concede un instante de reposo, ni de día ni de noche, más de lo que es capaz de hacer una madre con su hijo.

Y después de todo, en recompensa de tantos cuidados, sólo sabe preguntarme con ansiedad: «Hijo mío, ¿me amas tú?»

–Señor, Señor, ¿qué puedo responderos? Mira mis lágrimas, escucha cómo palpita mi corazón, cómo tiemblan mis labios, cómo la pluma se me escapa de las manos. ¿Qué puedo decir? Señor, tú sabes que te amo. Que pueda amarte con el amor de Pedro, con el entusiasmo de Pablo y de vuestros mártires; que a la caridad se añada la humildad, el sentir bajamente de mí mismo, el desprecio de las cosas del mundo, y luego haz de mí lo que quieras: un apóstol, un mártir, ¡oh Señor!

(En sus Ejercicios Espirituales, con el P. Francisco Pitocchi, del 10 al 20 de diciembre de 1902)

Puntos de vida interior

«Calienta tu amor. No pierdas un solo paso, ve siempre hacia adelante. Entra todavía más lejos. No basta con la lectura de Mi Pasión, sino que debes tomarla en ti. Dondequiera que estés toma en ti Mis Sufrimientos, que fueron sufrimientos deseados, queridos, esperados... Mi Amor por vosotros todos, por ti en particular. Cuando se ha sufrido todo eso, ¿qué se puede rehusar?

Pídeme la Gracia de responder a este Amor de tu Dios y Yo encenderé en ti un fuego nuevo que te asombrará. No podrás atribuírtelo a ti misma, sino que dirás: «Es Él, que me lo da».Y ésta será la verdad. Tú por ti no tienes fuerza ninguna. Reconócelo así, para que Yo te socorra. Si tú vieras a un enfermo complacido en su enfermedad, no tratarías de curarlo; pero si ves que clama hacia ti, le tiendes la mano. Y si él luego te manifiesta su agradecimiento, tú lo abrazas con efusión. Abre para Mí tu cámara secreta, para que podamos hablar de nuestro nuevo Amor. Las palabras serán las mismas, pero tendrán un alcance nuevo y entonces no podrás ya comprender cómo puedes pasar un sólo instante sin Mí. Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón...

En fin, ¡hace tanto tiempo que lo deseo...!

(Del libro «Él y Yo», de Gabriella Bossis, n.º 1319)