–Maestro, ¿dónde vives? Y Jesús respondió: –¡Venid y veréis!
VEN Y VERÁS NUMERO 25
Seguimos –en este número 25 de Ven y verás con ejemplos de experiencia cristianas profundas, que cambian la vida y encienden el corazón y alma en una realidad: el entusiasmo por vivir una vida nueva en Cristo Jesús al que se le ama con un amor nuevo, profundo y testimonial.
San Agustín de Hipona, nos cuenta en sus confesiones, cómo él fue vencido por la gracia, y fue Cristo Jesús el que le colocó en situación de conversión.
Leemos una primera parte en este Ven y Verás, y continuaremos en el próximo, con esta hermosa y emotiva narración del convertido Agustín.
Pero cuando, desde los fondos más secretos de mi ser, en virtud de una profunda consideración, amontoné todo aquel cúmulo de miserias mías y las puse a la vista de mi corazón, se formó una borrasca enorme que se resolvió en abundante lluvia de lágrimas. Para descargarla en su totalidad con todo el aparato de bramidos, me incorporé de junto a Alipio –la soledad se me antojaba más adecuada para dar rienda suelta a mi llanto–, me retiré lo más lejos que pude, para que incluso su presencia física no constituyera obstáculo para mí. Tal era mi situación en aquellos momentos. Él se dio cuenta cabal de todo, por no sé qué expresión que, según creo, formulé y donde se patentizaba que la inflexión de mi voz estaba preñada de
llanto. En este estado me puse de pie. Él se quedó en el lugar donde estábamos sentados. Me hallaba demasiado aturdido. Yo caí derrumbado a los pies de una higuera. No recuerdo los detalles del cómo. Solté las riendas de mis lágrimas y se desbordaron los ríos de mis ojos, sacrificio que te es aceptable.
Si no con estas precisas palabras, si con este sentido, te dije cosas como éstas: Y tú, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor, vas a estar eternamente enojado?
No te acuerdes, Señor, de nuestras maldades pasadas.
Al sentirme prisionero de ellas, daba voces lastimeras: «¿Hasta cuándo voy a seguir diciendo mañana, mañana? ¿Por qué no ahora mismo? ¿Por qué no poner fin ahora mismo a mis torpezas?»
Tales eran mis exclamaciones y las lágrimas dolorosas y amargas de mi corazón. De repente oigo una voz procedente de la casa vecina, una voz no sé si de niño o de niña, que decía cantando y repitiendo a modo de estribillo: «¡Toma y lee! ¡Toma y lee!». En ese momento, con el semblante alterado, comencé a reflexionar atentamente si acostumbraban los niños en algún tipo de juegos a cantar ese sonsonete, pero no recordaba haberlo oído nunca. Conteniendo, pues, la fuerza de las lágrimas, me incorporé, interpretando que el mandato que me venía de Dios no era otro que abrir el códice y leer el primer capítulo con que topase.
Por otra parte, las referencias que me habían llegado de Antonio(*) apuntaban a que una lectura evangélica que había oído por casualidad la había considerado como dicha expresamente para él. La lectura era ésta: «Vete, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Y luego ven y sígueme».
Este oráculo provocó su inmediata conversión. Así pues, me apresuré a acudir al sitio donde se encontraba sentado Alipio. Allí había dejado el códice del Apóstol cuando de allí me levanté. Lo cogí, lo abrí y en silencio leí el primer capítulo que me vino a los ojos: «Nada de comilonas ni borracheras; nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias. Revestíos, más bien, del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias».
No quise leer más ni era preciso. Al punto nada más acabar la lectura de este pasaje, sentí como si una luz de seguridad se hubiera derramado en mi corazón, ahuyentando todas las tinieblas de mi duda.
A continuación, registrando el libro con el dedo o con no sé qué otra señal, con ademán sereno, le conté a Alipio todo lo sucedido. Por su parte, me contó lo que también a él le estaba pasando y que yo desconocía. Me rogó le mostrara lo que había estado leyendo. (Continuará)
(De Confesiones de San Agustín, Libro VIII, nº 28-29)
Nota. Cf. Atanasio. Vida de Antonio 2, 26-32 PG 26, 841-844.
Dios me ama
Tomamos de Alfa y Omega de su número 318 el siguiente testimonio de una mujer que en la cruz ha sabido descubrir y vivir el amor del Señor. Un testimonio que nos puede hacer reflexionar... y ayudarnos en nuestro vivir...
“Cuando tenía diez años, una monja joven de mi colegio me contó un chiste que me hizo mucha gracia, y que ahora no me haría ninguna. Dice así: «Estaba un niño en Misa cantando: El Señor hizo en mí maravillas, gloria al Señor. Al lado había otro niño, que el pobre estaba cojo, manco, cheposo y bizco; y le mira al niño guapo y le dice: Si contigo el Señor hizo maravillas, ¿conmigo qué hizo, experimentos?».
Cuando me contaron ese chiste, yo era una niña preciosa, altita, delgadita, con una cara muy dulce, una melena rubia oscura y unos ojos grandes verdes preciosos. Por eso, el chiste me hizo gracia.
Ahora soy como el niño feo. Dios ha hecho en mi experimentos, estoy paralizada de la cabeza a los pies, incluida la cara. A esos ojos verdes les tienen que levantar un párpado para poder ver. Con mi boca no puedo hablar ni comer. Mis oídos van perdiendo audición. Todo lo que antes se movía, ahora está quieto. Sólo mi pensamiento va a la velocidad de la luz. Soy como una marioneta que consuelo a todo el que me ve. Unos me dicen: «¡Cúánto te ama el Señor, eres un alma elegida!», y hay días que lo siento así. Otros me dicen: «¡Pero cómo puedes creer en Dios! Si Dios existiese, no permitiría que un ser humano sufra tanto como tú».
Cuando me quedo a solas, pienso en todas las muestras de amor que el Señor me ha dado y me sigue dando. Cada una de sus maravillas, entre comillas, ha sido una muestra de amor que me acerca cada día más a su Cruz.
Cuando era un cisne, me pasaba el día viendo mi reflejo y admirando mi belleza. Al hacerme patito feo dejé de mirarme en cualquier cosa que reflejase mi imagen. En ese momento empecé a ver la Cruz, conocí al Señor y sólo a lo que se conoce se quiere. Al quererlo, entendí cómo Él a mí me quiere.”
Olga Bejano
Señor Jesús que te encontramos siempre presente entre nosotros en la Eucaristía, te pedimos hoy, que nos ayudes para...:
Que nuestro amor a los demás sea sincero, que estemos siempre unidos por un amor fraterno, capaz de adivinar la necesidad y el problema del hermano para adelantarnos a mostrar cariño y ayuda a quien lo requiere.
Que siendo diligentes en el deber y fieles al Espíritu, te sirvamos a ti, rivalizando en la estima y amor mutuo. Queremos ser alegres en la esperanza, fuertes en el dolor, constantes en la oración, fieles en la convivencia.
Haznos delicados y sensibles para con los más necesitados, generosos en el compartir las alegrías y las penas, para poder alegrarnos con los que se alegran, estar al lado y consolar a los que sufren y aprender a vivir en armonía con los demás, haciendo visible el signo de tu amor en la Iglesia. Amén.
Puntos de vida interior
Yo pensaba con mucho temor en el sufrimiento. Me dijo: «Es claro que la naturaleza humana no pueda amar el sufrimiento por él mismo. Mi Naturaleza humana no lo amaba tampoco. Pero la Sobrenaturaleza se apodera de él como de un instrumento para el servicio de Dios o Sus propios Designios, o para Gracias que nosotros queremos obtener, pero que sometemos a la Divina Voluntad del Padre.
Y siempre, hijita, es preciso que os unáis a Mis Sufrimientos. Y para activar vuestra intención, podéis escoger entre ellos. Los sufrimientos de Mi Infancia, los de Mi Adolescencia, los de Mi Vida Pública; los Sufrimientos que Me causaron las palabras, los actos con los que se manifestaba la ingratitud de aquellos que Yo amaba. Y Mi Sufrimiento por los sufrimientos que por Mi causa pasaba Mi Madre y Mis amigos, durante todo el tiempo de Mi Pasión. “No perdáis ninguno de estos sufrimientos preciosos. Templadlos con una alegría sobrenatural”»
(Del
libro «Él y Yo», de Gabriella
Bossis, n.º 1021)