–Maestro, ¿dónde vives? Y Jesús respondió: –¡Venid y veréis!

VEN Y VERÁS NUMERO 26
 

Al comenzar a leer este número 26 de Ven y Verás, te recomiendo que repases la primera página del número anterior, extraído del libro viii de sus «Confesiones», en el que hemos visto y palpado cómo Agustín de Hipona, recibe una gracia especial del Señor y esta gracia la ha recibido en un momento determinado y preciso de su vida. Y Agustín se convierte y comienza un camino nuevo en su vida... Seguimos con el Libro viii.

Me rogó le mostrara lo que estaba leyendo. Se lo enseñé, y él prosiguió la lectura del pasaje que venía a continuación. El texto era el siguiente:

«Acoged al que es débil en la fe»1.

Él se aplicó a sí mismo estas palabras y así me lo dio a entender. Esta intimación le dio ánimos para seguir en su honesto propósito, muy en congruencia con sus costumbres, en las que tanto distaba de mí ya desde siempre por ser mejores las suyas.

Sin azoramiento ni vacilación de ningún tipo, se unió a mí.

Acto seguido nos dirigimos los dos hacia mi madre. Se lo contamos todo. Se llena de alegría. Le contamos cómo ha ocurrido todo: salta de gozo celebra el triunfo, bendiciéndote a Ti que eres poderoso para hacer más de lo que pedimos y comprendemos. Estaba viendo con sus propios ojos que le habías concedido más de lo que ella solía pedirte con sollozos y lágrimas piadosas.

Me convertiste a ti de tal modo, que ya no me preocupaba de buscar esposa ni me retenía esperanza alguna de este mundo. Por fin, ya estaba situado en aquella regla de fe en que, hacía tantos años, le había revelado que yo estaría.

Cambiaste su luto en gozo, en un gozo mucho más íntimo y casto que el que ella esperaba de los nietos de mi carne.

Nota (1). 1Romanos 14, 1. «Acoged bien al que es débil en la fe, sin discutir opiniones».

Se trata de cristianos a quienes una fe insuficientemente ilustrada, no proporciona convicciones bastante firmes para obrar con conciencia cierta.

 

Y seguimos con otro texto, que está a continuación del anterior y que encabeza el Libro ix, en el que ya se palpa su reacción de correspondencia a la gracia y a la amistad con el Señor. Invita a pensar cómo nosotros podemos corresponder también al Amor de Dios, al leer y meditar estas expresiones que vemos brotar de un corazón sincero con el Señor y dolorido por sus propios pecados. Ante un Dios misericordioso, que nos ama infinitamente y nos quiere dar su paz, su amor y alegría...

Libro IX. «El sabor de la libertad»

Señor, yo soy tu siervo y el hijo de tu sierva. Has roto mis cadenas y voy a ofrecerte un sacrificio de alabanza. Que te alaben mi corazón y mi lengua, y que todos mis huesos digan: Señor, ¿quién semejante a ti? Que lo digan, sí. Pero tú dame una respuesta a mí y dile a mi alma: Yo soy tu salvación.

¿Quién era yo y cómo yo era? ¿Qué no hubo de malo en mis hechos, o si no en los hechos, sí en los dichos, y si no en los dichos, sí en mi voluntad? Pero tú, Señor, fuiste bueno y misericordioso al explorar la profundidad de mi muerte y al desecar con tu derecha el abismo de mi canceroso corazón. Todo el fondo del problema estriba en esto: en dejar de querer lo que yo quería y en comenzar a querer lo que querías tú.

Y yo me pregunto ahora: ¿Dónde se hallaba mi libre albedrío durante el lapso de tantos años? ¿De qué escondite profundo y secreto se le sacó en aquel momento para que yo sometiera mi cuello a tu yugo suave y mis hombros a tu carga ligera? Cristo Jesús, ayudador mío y redentor mío.

¡Qué dulce me resultó de golpe carecer de la dulzura de las frivolidades! Antes tenía miedo de perderlas y ahora me gustaba dejarlas. Eras tú quien las ibas alejando de mí. Tú, suavidad verdadera y suprema, las desterrabas lejos de mí, y entrabas en lugar de ellas. Tú que eres más suave que todos los placeres, aunque no para la carne y la sangre. Tú que eres más resplandeciente que toda luz, más escondido que todos los secretos, más encumbrado que todos los honores, aunque no para los que están encumbrados a sus propios ojos.

Mi espíritu estaba libre ya de las angustias inquietantes que entraña la ambición, el dinero, el revolcarse y rascarse la sarna de las pasiones.

Y platicaba contigo, Señor Dios mío, claridad mía, mi riqueza y mi salvación.

El credo del que sufre

Os invito, ahora, querido adora­do­r/a, a meditar y hacer tu oración, tomando como base, esos distintos actos de fe que extraemos de Cartas de San Pablo, de San Juan y de la Apocalipsis. Cada exclamación: Creo, puedes hacerla tuya propia, y meditándola, unirte al Señor en verdadera oración. Este Ejercicio de Oración y de fe, puede llenar muy bien un tiempo hermoso de tu Adoración ante Jesús, presente en la Eucaristía. Que el Señor te ayude a crecer en tu Fe y en tu Amor.

Creo, oh Padre mío, que sufriendo con paciencia, completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo... (Colosenses 1-24)

Creo, que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro, la celeste y eterna... (Hebreos, 13,14 y 11,16)

Creo, que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman... (Romanos, 8,28)

Creo, que los sufrimientos del tiempo presente, no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros, porque nos­otros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles, que son eternas... (Romanos 8,18 y 2ª Corintios 4,18)

Creo, que si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos. (Romanos 14, 7-9)

Creo, que es necesario que este nuestro cuerpo corruptible, se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad. (14 Corintios 15, 53-54)

Creo, que Dios enjugará las lágrimas de los ojos de los justos, y no habrá para ellos ni más muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo de antes ya ha desaparecido... (Apocalipsis 21,4)

Creo, que desde ahora, ya soy hijo de Dios, y cuando Él se haya manifestado, seré semejante a Él, porque lo veré tal como Él... es.  (1ª Juan 3,2 )

Yo mismo con mis ojos contemplaré a mi Salvador.  (Job 19,27)

Puntos de vida interior

15 de Mayo, iglesia de Anjou. Hora Santa. La iglesia estaba llena de ruidos de la calle y de la plaza. Me dijo: «Y sin embargo, tú estás tranquila a Mis Pies. Ya ves cómo en medio de los negocios de este mundo es posible ocuparse de Mí en el silencio del corazón. Para eso basta que se Me ame. Aspiración del alma es Mi Intimidad. Más se me ama y más fácil es venir a encontrarme en lo interior del corazón; y entonces las cosas del mundo parecen pesadas y aburridas, y el alma trata de huir de ellas para concentrarse en el amor de su Señor.

Los que han llegado a adquirir esta ciencia no desean sino el sufrimiento que los acerca a Mí. El hambre de Mí es para ellos el mayor sufrimiento y una purificación. Pídeme esta hambre. Alguna vez la has sentido ya y te parecía al mismo tiempo un tormento y un gozo, terrible y deseable. Pídeme que te la haga sentir otra vez; tu deseo Me será agradable, como un bonito gesto de tu parte. Ya ves, te digo aún cómo complacerme»

(Del libro «Él y Yo», de Gabriella Bossis, n.º 1103)