–Maestro, ¿dónde vives? Y Jesús respondió: –¡Venid y veréis!

VEN Y VERÁS NUMERO 4

 

Al comenzar hoy la lectura de este 4.º número, y antes de darte la meditación para tu momento de oración, te ruego leas despacio y como saludo a nuestro Señor, estos versos que quieren traerte la razón del título de esta hoja dedicada a los adoradores diurnos. Repasa la escena que se encuentra en el Evangelio de San Juan 3, 35 ss. Y ponte en el lugar de Juan o de Andrés, y haz tuya su petición:

Muchas veces, Señor, a la hora décima –sobremesa en sosiego–,

recuerdo que a esa hora, a Juan y a Andrés les saliste al encuentro.

Ansiosos caminaron tras de ti...

«¿Qué buscáis...?» Les miraste. Hubo silencio.

El cielo de las cuatro de la tarde halló en las aguas del Jordán su espejo,

y el río se hizo más azul de pronto, ¡el río se hizo cielo!

«Rabí -hablaron los dos-, ¿en dónde moras?»

«Venid, y lo veréis». Fueron, y vieron...

«Señor, ¿en dónde vives?»

«Ven, y verás.» Y yo te sigo y siento

que estás... ¡en todas partes!,

¡y que es tan fácil ser tu compañero!

Al sol de la hora décima, lo mismo

que a Juan y Andrés –es Juan quien da fe de ello–,

lo mismo, cada vez que yo te busque,

Señor, ¡sal a mi encuentro!

(Himno de las Vísperas del lunes 3.º - Liturgia de las Horas)

Hermano/a, le acabas de decir al Señor, «que cada vez que le busques, ¡que salga a tu encuentro!»

Pues bien, hoy has venido a buscarle... Y ciertamente que Él sale a tu encuentro. En esta Capilla, Jesús te habla, te anima, te da fuerzas y te pide... Escúchale.

] Te habla...responde a sus súplicas, comprométete con Él en lo que tú sabes que Él desea, aunque veas que te va costar...

] Te anima..., sabe que te va a costar lo que te pide; y tú también lo sabes, pero creo que tienes fe, y sabes que Jesús no te abandona, ni te abandonará cuando tú quieres lo mismo que quiere Él: tu amistad verdadera con Él.

] Te da fuerzas... Él te ayudará. Él desea este encuentro con­tigo...Tú puedes, hoy, estar más cerca de Jesús, y sentir y palpar más su amor.

] Te pide que creas en su amor, y que colabores con Él en lo que Él quiere darte, si tú no pones obstáculos a su amor: Quiere vivir en ti.

Deseo que este encuentro con Él sea para ti de más vida y de mayor gozo y alegría.

Volviendo al número anterior de «Ven y verás»: ¿Has conseguido interesar a alguna persona amiga para que siga tus pasos y venga a adorar a Jesús? ¿Le has contado lo que tú vives, tu propia  experiencia? Sigue rezando por esa persona, y verás que el Señor atenderá tu petición y premiará tu apostolado.

Ahora presento a tu consideración el 2.º punto de la meditación del Salmo 138 que comenzaste con el número anterior de esta serie «Ven y verás».

Reflexión y Meditación sobre el salmo 138 Punto 2º

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás Tú;

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda,

me agarrará tu derecha.

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,

que la luz se haga noche en torno a mí»,

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día.

El salmo 138 es uno de los más bellos y significativos de toda la literatura del Antiguo Testamento, también porque expresa con una fuerza inigualable una realidad vivida por el pueblo hebreo: el sentido de la Omnipotencia Divina, y al mismo tiempo la clara distinción entre Dios y el mundo creado.

Especialmente el hombre aparece querido, conocido y amado por Él.

En las estrofas que acabas de leer, está presente un cierto sentido de temor por parte del hombre, que parece se quiere ocultar de la presencia de Dios.

Es el Adán que se esconde después del pecado original y mira de huir de la mirada de Dios.

Ante ti, hermano/a, podrían presentarse, — si dedicas unos minutos a concentrarte y pedir a Jesús esta gracia —, todas las situaciones en las cuales hubieras querido que el Señor no te viera, que estuvieras apartado/a de su mirada: pecados, debilidades, deseos equivocados, de actos de amor propio agresivos... Si te vienen esos recuerdos, no te quedes en ellos, sal, pide una vez más perdón al Señor, y lánzate en su misericordia.

La imagen que el salmo presenta es magnífica: quizás las tinieblas hubieran podido escondernos, pero las tinieblas para Dios son luz.

Digámoslo sinceramente; es aquella luz interior que ilumina nuestra conciencia, la luz que mueve nuestros remordimientos, que hace surgir el arrepentimiento y llanto, que mueve a limpiar todo lo que se ve sucio y oscuro; luz que hace levantar el espíritu  para subir «siempre» en esa luz, que ilumina y nunca se apaga, si nosotros no la apagamos.

¡Cuántas veces hemos buscado cerrar nuestros ojos a nuestros defectos, a nuestras culpas, a nuestras desviaciones!

¿Por qué no lo hemos logrado?

Porque la luz del Señor daba claridad en nuestro interior y no nos dejaba tranquilos. La Luz Providencial que nos lleva siempre a la Verdad.

*** Párate, hermano/a, ahora; deja que la Presencia del Señor, de Jesús, aquí en la Eucaristía, te invada, te purifique y te mueva al arrepentimiento, que brota y es fruto –acompañado del amor–, de la Luz Divina que es Cristo, el Señor...

Podrías recitar lentamente el salmo 150, si tienes a mano la Biblia, el salmo conocido como el «Miserere», y ver lo que te inspira su lectura, convertida en oración.

Puntos de vida interior:

«Considera la acción del sol y la importancia que tiene en todas las cosas de la Tierra. ¿Cuándo entenderán las almas que Dios es su Sol y su Vida, el gran Encantador de la duración de sus vidas y el único Fin de su existencia?»

«Recuerda siempre esta plegaria: ‘Líbrame, Señor, de la preocupación por las bagatelas.’

«Todo es poco fuera de Dios; y su Vida debe aumentar en vosotros todos los días. Cuando estéis en la otra vida os diréis: ‘¿Cómo fue posible que haya yo pasado tantos momentos sin amarlo?’

«Yo he querido que me busquéis en la oscuridad para que vuestra búsqueda tuviera mérito. Y me gusta también que Me encontréis en la penumbra.

La claridad indecible vendrá más tarde. También viví Yo horas tenebrosas, cuando mi Divinidad parecía alejarse de Mi Humanidad. ¡Qué bien fraternicé con vosotros! Tomando sobre Mí todas vuestras flaquezas, ¡Mis pobres pequeños! Yo fui en realidad un Hombre entre los hombres, y ya desde antes de Mi Pasión,        sabía Yo lo que es el sufrimiento. Y Yo lo amaba, por Amor a vosotros. Amadlo vosotros ahora por Mi. Y Yo sacaré de eso la conversión para otros y para vosotros; Gloria, pues todo se vuelve a encontrar Allá Arriba, en Mi Corazón. Cobrad pues, ánimo en vuestros sufrimientos, Mis pobres pequeños. Algunas almas hay que llegan a no poder estar sin sufrir algo; y es por la experiencia que tienen de que el sufrimiento las acerca a Mí».

(Del Libro «El y Yo», de Gabriela Bossis, nº 987)