Ven y Verás 43
Al
preparar
este
número 43 de
Ven y Verás, he
creído
oportuno
presentarte
algún punto de
meditación
propio del
tiempo
pascual.
Y te
presento
una hermosa
narración
sobre la
aparición de Jesús a los dos
discípulos que van
camino de Emaús.
Esta narración
está tomada
del
libro
"Vida y
misterio de Jesús de
Nazaret"
de J. L.
Martín
Descalzo,
sacerdote
y
escritor,
y que
tantos
lectores,
asiduos
a sus
escritos,
ha
tenido
siempre.
Como
esta
vida
de Jesús,
escrita
con
tanto
cuidado,
me ha
encantado y hecho mucho bien, te
presento de
ella, hoy, dos
páginas
del
capítulo
titulado
"El
camino
del
gozo". Y en el
próximo
número
seguiremos
con
nuestra
reflexión.
Copio de sus
páginas
y
salto
algún
punto que
indico
de
esta
forma (...).
Al final de este escrito, te hago algunas preguntas en ayuda a tu meditación. Ponte hermano/a en el lugar de estos dos discípulos, hazte uno con ellos, en sus sentimientos, angustias y tristeza y de escucha y mira de ver qué te dice Jesús ahora. Ellos iban caminando sin saber quién era Jesús. Tú no vas a hablar con Él caminando, sino aquí, en esta Capilla y en posición de respeto y atención a Jesús que te va a hablar y a escuchar. Ponte, ya ahora, en su presencia... y entra en diálogo con Él.
En el camino de Emaús
La más bella de todas las narraciones de aparición es, sin duda, la de los dos caminantes hacia Emaús. Lucas escribe aquí como un consumado psicólogo que cuida detalles, ambientes, reacciones.
(...)
Es la historia de dos seguidores
del Maestro que en la tarde del domingo regresan a su pueblo. No son discípulos
de última hora. Probablemente fueron reclutados por Jesús en el primer año de su
ministerio, cuando circulaba por Judea. Conocemos el nombre del más importante
de ellos, llamado Cleofás. Nada sabemos del otro.
Vivían en
un pueblo llamado Emaús, en los alrededores de Jerusalén. (...) Situado
probablemente a unos_once
kilómetros; una buena caminata, pero que se puede hacer entre dos
y tres horas.
Los dos
hombres han salido de la ciudad por la tarde. Y su viaje y las frases
posteriores de ambos nos describen perfectamente el estado
psicológico de la primera comunidad cristiana. Era la decepción lo
que predominaba en ella. Aquel
era el tercer día tras la muerte de Cristo.
Si se hubiera tratado de una comunidad tensa en la esperanza, hambrienta de
resurrección, resultaría absolutamente inverosímil que
dos de sus miembros se marcharan de
Jerusalén sin esperar al desenlace,
incluso sin aguardar a la noche de ese tercer día prometido como
día de la resurrección.
No
esperaban nada. La amargura les había vencido. Estaban tan
seguros
de que no había nada detrás de la muerte que ni se habían
molestado
en ir al sepulcro.
Como
discípulos de Cristo eran poquita cosa. Eran de esos que se
imaginan
que creen, que se imaginan que esperan. Pero que se vienen
abajo ante la primera dificultad.
Y ni siquiera se rebelan ante la soledad que entonces se abre en sus almas. Son
espontáneamente pesimistas. Les parece lógico que las cosas acaben mal, que se
derrumben sus esperanzas. En realidad nunca
tuvieron esperanzas: ilusiones
cuando más. Y se las lleva el viento. Sobre todo si es un
viento tan fuerte como la muerte.
Van tristes y he aquí que, de pronto, un caminante se empareja con ellos. Le miran y no le reconocen. Sus ojos no podían reconocerle, dice el evangelista. No es que él fuese distinto, es que tenían los ojos velados por la tristeza. Les parecía tan imposible que él regresara, que ni se plantearon la posibilidad de que pudiera ser él.
¿De qué váis hablando que estáis tan tristes? pregunta el caminante. Es la misma pregunta que repetirá en todas las apariciones. El Jesús resucitado es una explosión de gozo que no comprende el por qué de la tristeza de los hombres. En cada aparición –escribe Evely– el cielo reprocha su tristeza a la tierra. La tierra cree que tiene mil razones para estar triste. Y el cielo tiene mil razones para que estemos alegres.
La
tristeza surge siempre de la ceguera, aunque con frecuencia se
piense que es a la inversa. No es
que estemos tristes porque no veamos; es que no vemos porque, antes, estamos ya
tristes. Y no hablo aquí del barato optimismo (que es, como dijo Bernanos, la
sacarina de la esperanza).
Hablo
de la alegría. El optimismo cree que
los hombres son buenos. El pesimismo cree que los hombres son
malos. La alegría y la esperanza saben
que los nombres son amados por
Dios, saben que Dios vence siempre al mal.
Y eso que
estos dos caminantes hacia Emaús, al menos tienen una
cierta
razón para la tristeza: creen que Jesús está muerto. Lo malo es quienes seguimos
tristes a pesar de que lo creemos vivo.
La extraña pregunta
La
pregunta del caminante suena extraña en los oídos de los dos
discípulos. ¿Es posible que alguien que viene de Jerusalén no entienda
la causa de su tristeza? ¿Hay
alguna otra causa por la que se pueda estar triste? Le miran con desconfianza. O
este viajero está en la luna y no se ha enterado de nada, o es un enemigo de
Jesús. Le observan. Y tienen la impresión de que la pregunta ha sido hecha con
candidez, parece sincero.
¿Eres tú el único forastero en
Jerusalén –responden–
que no conoce los sucesos de estos días?
Es una respuesta prudente,
gallega. A una pregunta extraña, responden ellos con una segunda pregunta
ante la que el caminante tendrá que descubrirse.
Pero éste insiste con ingenuidad: ¿Cuáles? Ahora responden aún con cautela, pero ya con franqueza:
Lo de Jesús Nazareno, varón
profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante el pueblo; cómo le
entregaron los príncipes de los sacerdotes y
nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte
y crucificado (Le 24, 19-20).
La
respuesta es modélica: muestran el profundo respeto y admiración
que sienten por Jesús, pero se abstienen de calificaciones definitivas.
Y hablan ambiguamente de los sacerdotes y magistrados, sin
atreverse a una calificación condenatoria.
Muestran
después su esperanza hundida: Nosotros esperábamos
que sería
él quien rescataría Israel. Pero van ya tres días desde que todo
esto ha
sucedido.
No se
atreven a decir claramente que ellos le veían como el Mesías; lo insinúan. Pero
ya ni eso creen. Sus esperanzas se
han venido abajo. ¿Aluden con lo
de los tres días a los anuncios de
resurrección hechos por Jesús? Probablemente no. Seguramente están
aludiendo a la superstición judía de que sólo al tercer día se separa
definitivamente el alma del cuerpo y la
muerte se hace definitiva. Pasó el plazo. La muerte está sellada y
rubricada.
Cosas de mujeres
Aún son más sorprendentes las frases que siguen:
Es cierto
que nos asustaron unas mujeres de las nuestras que, yendo de
madrugada
al sepulcro, no encontraron su cuerpo y vinieron diciendo que
habían
tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía (Lc 24, 22-23).
¡Todo el escepticismo y el machismo aparece en estas líneas! Sienten hacia las mujeres un infinito desprecio. Una noticia que debía alegrarles, les «asustó». Venía, además, de mujeres ¿qué valor podía tener?
Y el desconcierto prosigue:
Algunos
de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron las cosas tal y
como las
mujeres decían. Pero a él no le vieron (Lc 24, 24).
Era difícil describir con mayor
realismo el estado de ánimo de aquel primer grupo cristiano. Porque estos dos
hombres hablan ya con la conciencia de
participar de una comunidad: algunas mujeres de las nuestras..., algunos de
los nuestros... Pero esto no les hace sentirse
exiliados de la comunidad judía: también
hablan de nuestros magistrados. No se despegan de su nación, ni siquiera
cuando se quejan de lo que han hecho con su Maestro.
Pero es una comunidad hundida. No
creen en la primera noticia de las mujeres.
El antifeminismo es fuerte en ellos: ¿cómo iba Jesús a
darles a ellas la primera noticia? Es
absurdo e imposible, piensan. Y ni siquiera el hecho de que sus
compañeros comprueben lo que las mujeres han
dicho les convence. A él no le han visto, dicen, y esto es lo
esencial. Si hubiera resucitado ¿qué
esperaba para hacerse ver? ¿para qué andar mandando mensajes con ángeles
y a través de mujeres, cuando podía simplemente presentarse ante ellos? Siguen
siendo orgullosos: quieren ser ellos
quienes marquen las condiciones de lo
que debería hacer el Resucitado. Ni
siquiera se han preguntado si son
dignos de verle. De hecho ahora mismo le tienen ante ellos y no le ven.
Por no tener, no han tenido ni un
poco de paciencia: no han esperado a que
concluya ese tercer día prometido. Ni siquiera les ha
intrigado la desaparición del cuerpo de
Jesús. A María Magdalena es esa
intriga –que demuestra su amor vivo aún– lo que le lleva a verle. Ellos
tendrán que calentar su corazón antes de ser dignos de verle,
antes de «poder» reconocerle. Tienen los
ojos cerrados.
Habla el caminante
Ahora es el desconocido quien habla:
¡Oh, hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en la gloria? Y, comenzando por Moisés y todos los profetas, les fue declarado cuanto a él se refería (Lc 24, 25-27).
La voz del
caminante era cálida y persuasiva. Ponía toda su alma en lo que decía. Incluso
cuando les reprendía, su palabra era suave y
no hería. Más tarde reconocerían
que esa voz les iba calentando el corazón. Le oían y se maravillaban de
su sabiduría y de su amor.
Y, según
le oían hablar, las oscuridades iban cayendo de sus ojos.
Ellos que
creían conocer de carrerilla aquellos textos que el caminante
citaba, se daban cuenta ahora de
que no habían entendido nada. La palabra de
Dios se iba haciendo viva, operante, acusadora, desenmascaradora..
Y, al mismo tiempo, iban
sintiéndose avergonzados y felices. Avergonzados por su falta de fe, por su
corta inteligencia. Y felices porque su esperanza renacía, porque un nuevo amor
iba brotando dentro de ellos. Aún no se daban cuenta, pero Dios ya estaba con
ellos y dentro de ellos.
Por eso,
mientras él iba hablando, los dos discípulos iban pasando
de la tristeza a la alegría, de
la indiferencia al amor. La palabra de Dios
les iba transformando. Y, por eso, aun antes de reconocerle, esa misma
palabra hizo que empezasen a obrar como si ya le hubiesen conocido. El amor, la
caridad, fue por delante de la fe. Llegaron al
pueblecillo a donde iban y el caminante se
despidió de ellos, dispuesto a seguir
su camino. Era ya casi de noche y ellos sintieron piedad por él: ¿por qué
no se quedaba a pasar la noche con ellos? Aquel era su pueblo, allí tenían casa;
podía quedarse a dormir entre ellos y a la
mañana siguiente seguiría su camino.
Y el amor les conduciría a la fe.
No bastaba el conocimiento. El caminante les había iluminado las Escrituras,
pero eso no bastaba para reconocerle aún.
La inteligencia abre la puerta de la fe, pero sólo la cruza el corazón.
El caminante había obrado hacia ellos con ese
respeto soberano del apóstol auténtico: sin
forzar. Había expuesto la verdad y ahora se disponía a seguir su camino,
sin imponerse, sin obligar.
Como escribe Evely, especialmente feliz en el comentario de esta escena:
Jesús no se impone, aunque se
proponga siempre a sí mismo. El nos deja libres. ¡Nada resulta tan fácil como
obrar cual si no le hubiéramos encontrado, como si no le hubiéramos oído, como
si no lo hubiéramos reconocido! Dios es
humilde. Dios está en medio de nosotros como uno que sirve. Dios se
propone. Dios es un compañero fiel, y, en cierto
aspecto, silencioso. No hace más que
murmurar, y resulta fácil tapar su voz. Todos nosotros tenemos el
terrible poder de obligar a Dios a
callarse.
Pero estos dos discípulos tienen ya el corazón caliente y oyen la palabra de Dios: le obligaron a quedarse. Dios nos acompaña de buena gana, pero le gusta ser forzado a ello. Y entró Jesús en su aldea y en su casa. Y le ofrecieron el honor de presidir la mesa.
Puntos de vida interior:
26 de
abril
1945: "Señor, aquí está
delante
de Ti tu
pobre hija, hecha a Tu imagen y Te desea
con todas sus fuerzas".
Él:¿Has
observado cómo las personas se hablan para
comunicarse toda clase de asuntos personales, y en ello se les va un tiempo
considerable sin que saquen mayor provecho? ¿No crees que Yo Me alegraría
grandemente y los recompensaría con magnificencia, si ellos Me dedicaran sus
pensamientos y su confianza?
Ello crearía entre vosotros y Yo una intimidad que os haría felices, pues el
contacto conmigo aliviaría vuestra vida. Viviríamos "a dos", siendo Yo el que
llevara la parte más pesada. Y vuelvo a lo mismo: Habla conmigo, pequeña alma de
mi propiedad. Habla conmigo y nuestros corazones se fundirán en uno.
Esta es la finalidad de la vida del cristiano. Por conseguirla muchas veces os
viene el deseo de morir; vivid pues, anticipadamente, esta fusión de los
corazones. En toda
ocasión,
bajo cualquier pretexto.
Pero no os atrevéis a ello y
en muchos
es pura indiferencia. Pero ¿por qué Mis amigos íntimos no habrían de llamarme
con vehemencia para que Yo participe en su vida interior? ¡Si tuvieran una fe
menos cercana a la
incredulidad! ¡Si su Esperanza contara con Mi Apoyo; si su amor,
simplemente ardiera más! Yo lo presidiría todo en vuestra jornada
y cuando
llegara la noche, vuestros ojos se cerrarían mirando Mi
Rostro".
( De "EL y YO" de Gabriel la Bossis nº 1435 )