VEN Y VERÁS 44
Este número 44, continuación del
anterior, viene a pedirte que lo leas después de haber repasado o releído el
número 43. Te invito a recordar lo que meditabas el mes pasado, y presente ante
Jesús en la Eucaristía, en este momento de adoración, añadas ahora lo que hoy a
través de estos pensamientos entra en tu mente y
en tu
corazón.
José Luis Martín
Descalzo te ofrece una bella meditación que puede ayudarte a vivir con mayor
autenticidad tu vocación cristiana y tu vida de hoy.
Al final de esta meditación te presento algunas preguntas -sugerencias como ayuda a tu oración. Seguimos con
Ahora es el desconocido quien habla:
¡Oh, hombres sin inteligencia y
tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! ¿No era
preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en la gloria? Y, comenzando por
Moisés y todos los profetas, les fue
declarado cuanto a él se refería (Lc 24, 25-27).
La voz del
caminante era cálida y persuasiva. Ponía toda su alma en lo que decía. Incluso
cuando les reprendía, su palabra era suave y
no hería. Más tarde reconocerían
que esa voz les iba calentando el corazón. Le oían y se maravillaban de su
sabiduría y de su amor.
Y, según
le oían hablar, las oscuridades iban cayendo de sus ojos.
Ellos que
creían conocer de carrerilla aquellos textos que el
caminante citaba, se daban cuenta
ahora de que no habían entendido nada. La palabra de Dios se iba haciendo viva,
operante, acusadora, desenmascaradora.
Y, al mismo tiempo, iban sintiéndose avergonzados y felices.
Avergonzados por su falta de fe, por su corta inteligencia. Y felices porque su
esperanza renacía, porque un nuevo amor iba brotando dentro de ellos. Aún no se
daban cuenta, pero Dios ya estaba con ellos
y dentro de ellos.
Por eso,
mientras él iba hablando, los dos discípulos iban pasando
de la tristeza a la alegría, de
la indiferencia al amor. La palabra de Dios
les iba transformando. Y, por eso, aun antes de reconocerle, esa misma
palabra hizo que empezasen a obrar como si ya le hubiesen conocido. El amor, la
caridad, fue por delante de la fe. Llegaron al
pueblecillo a donde iban y el caminante se
despidió de ellos, dispuesto a seguir
su camino. Era ya casi de noche y ellos sintieron piedad por él: ¿por qué
no se quedaba a pasar la noche con ellos? Aquel era su pueblo, allí tenían casa;
podía quedarse a dormir entre ellos y a la
mañana siguiente seguiría su camino.
Y el amor les conduciría a la fe. No bastaba el conocimiento.
El caminante les había iluminado las Escrituras, pero eso no bastaba
para reconocerle aún. La inteligencia abre
la puerta de la fe, pero sólo la cruza el corazón. El caminante había
obrado hacia ellos con ese respeto soberano
del apóstol auténtico: sin forzar. Había expuesto la verdad y ahora se
disponía a seguir su camino, sin imponerse, sin
obligar.
Como
escribe Evely, especialmente feliz en el comentario de esta
escena:
Jesús no se impone, aunque se
proponga siempre a sí mismo. El nos deja libres. ¡Nada resulta tan fácil como
obrar cual si no le hubiéramos encontrado, como si no le hubiéramos oído, como
si no lo hubiéramos reconocido! Dios es
humilde. Dios está en medio de nosotros como uno que sirve. Dios se
propone. Dios es un compañero fiel, y, en cierto
aspecto, silencioso. No hace más que
murmurar, y resulta fácil tapar su voz. Todos nosotros tenemos el
terrible poder de obligar a Dios a
callarse.
Pero estos dos discípulos tienen ya el corazón caliente y oyen
la palabra de Dios: le obligaron a quedarse. Dios nos acompaña de
buena gana, pero le gusta ser forzado a
ello. Y entró Jesús en su aldea y en su casa. Y le ofrecieron el honor de
presidir la mesa.
Le
miraban con emoción. A lo largo de todo el camino, aquel hombre les había
impresionado por su modo de comentar las Escrituras. Habían recibido,
sin molestarse, su reprensión y ahora, no sabían por qué, tenían la
impresión
de haber vivido ya otra vez esta misma escena.
Fue
entonces cuando el desconocido tomó el pan, lo bendijo, lo
partió. En realidad no hacía nada
que no hubiera hecho cualquier otro israelita piadoso. Pero lo hacía de un modo
que fue para ellos como el descorrimiento
de un velo. Le miraron, se miraron. Y, antes
de que abrieran los labios, el desconocido
desapareció.
Ahora volvieron a mirarse más desconcertados aún, pero, sobre
todo, alegres. Recordaron en un solo
relámpago las explicaciones del
viajero, que les había asegurado que el desenlace de la vida de Jesús no
era la muerte. Que pasaría por ella para cumplir las Escrituras, pero que ése no
sería su final. Ya no dudaron: era él y era él,
resucitado.
Ni
siquiera sintieron la decepción de haberle perdido de nuevo; la alegría de
saberle vivo era más importante que la de verle. Se sentían
embargados en el juego de Dios que parecía burlarse de ellos. Como dice Newman,
el Señor pasó entre ellos desde el escondite de ver sin
conocer,
al de conocer sin ver. A Dios no le gusta ser conocido por
miedo o por interés. Le gusta ser
conocido por amor. Y al amor de aquellos
dos hombres les bastaba con saberlo vivo.
Por eso su
fe se convirtió enseguida en fuego, se hizo apostólica.
Sin
detenerse un minuto, sin comentarlo casi, se levantaron y regresaron
corriendo a Jerusalén. Los once kilómetros se les hicieron ahora
mucho más cortos. Porque la
alegría aligera las cosas, así como la
tristeza las hace pesadas. De pronto se sintieron apóstoles, fraternos.
No guardaron para sí su alegría. Tenían que
comunicarla y repartirla.
Preguntas: Durante el recorrido
de este camino de fe, ¿has mirado de ocupar el lugar de uno de los discípulos,
sintiendo en ti aquellas faltas de fe o de esperanza que en algún momento o
ahora, han desviado en algo tu camino o te han retrasado en el encuentro con
Cristo, tu Maestro, Señor y Dios?
¿Te
sientes verdadero/a discípulo/a de Cristo Jesús? ¿Qué condiciones o razones te
pones a ti mismo/a, para valorar tu personalidad como discípulo/a de Jesús?
¿Te has visto
alguna vez o ahora, en situaciones de desorientación, de tristeza o decepción en
tu fe o esperanza, respecto al Señor Jesús que está siempre contigo aunque o
algunas veces no lo veas presente a tu lado o dentro de ti?
Analiza cómo salieron estos dos discípulos de su situación angustiada
y colmada de tristeza: tú puedes encender ese tu corazón como lo vivieron esos
dos discípulos escuchando a Cristo, leyendo y viviendo la Palabra de Dios que
llega tantas veces a tu espíritu...
¿Te has fijado que Cristo se les descubrió en el momento en que
intuyeron al bendecir y partir el pan, recordando la vivencia de la última Cena?
y ¿que tú lo encuentras aquí en esta Capila, en tu adoración?. ¿Cómo vives este
encuentro frecuente, a lo largo de cada mes, en tus momentos de Adoración?