VEN Y VERÁS   N º 46   

 

Te ofrezco, querido Adorador y Adoradora, unos hermosos puntos de reflexión que te invitan a acercarte más al Señor y vivir con mayor autenticidad tu amor al JESÚS. Los he tomado del Libro Ora a tu Padre, de Jean Lafrance.
 

Y los inicio con el mismo título del autor, y que va a lo esencial en nuestras vidas:
 

No te dejes encadenar por ninguna cosa, antes al contrario guarda tu corazón libre para amar al Señor y hacer su voluntad.
 

Siguiendo a Cristo pobre, te encuentras en el corazón del Evangelio, y estás disponible para que el Espíritu se vuelque sobre ti y te abra al amor de Dios. Pero entonces se plantea una pregunta: ¿cómo tienes que actuar de cara a las cosas que forman la trama de tu vida? ¿Es preciso abandonarlas radicalmente o utilizarlas de una manera sensata? Muchos cristianos, y aún religiosos, se quedan en un plano moral hoy cuando buscan una manera existencial de ser pobres.
 

No hay que situarse en primer lugar a un nivel práctico y concreto, sino a nivel de lo más profundo del ser y de la libertad del corazón, pues esto supuesto las actitudes prácticas se seguirán naturalmente. En el fondo, la pobreza evangélica no se refiere tan sólo al objeto sino también a la manera de poseerlo o de ser libre respecto de él. Si no alcanzas esta libertad profunda, tienes peligro de despreciar las cosas o de idolatrarlas, pero tanto en un caso como en otro, no las amas de verdad.
 

La verdadera libertad espiritual supone que te alejas de las cosas a fin de no identificarte con ellas. Las posees legítimamente pero en el fondo de tu corazón quieres ser libre ante Dios respecto de ellas. Eres como el joven rico que está en regla frente a la ley de Dios pero que padece una falta de libertad frente a sus bienes. No se trata de darlo todo, sino de llegar a querer lo que Dios quiere para ti. No se trata de querer lo mejor en sí, sino lo mejor para ti que corresponde a la voluntad de Dios.
 

Para llegar a esto, es bueno que tomes conciencia de estas “cosas” respecto de las cuales tienes que tomar posiciones. No se trata tan sólo de objetos materiales, bienes o personas de tu entorno, sino también de tus actividades, de tus aptitudes, de tus deseos y pensamientos, en una palabra, de todo tu ser. Una grave tentación sería considerar insignificantes, provisorias y sin valor estas realidades terrenas. Ahora bien, no puedes ir a Dios más que a través de ellas, son el lugar de tu servicio, de tu amor y de tu adoración.
 

No te olvides nunca de que Dios crece en ti según tu actitud positiva con respecto a las cosas y a las personas. El pecado no consiste en no usar de ellas sino en usar mal. Es una perturbación en tu relación objetiva con las cosas. En vez de convertirlas en medio de relación y de amor, te cierras sobre ellas para constituirte en el centro del mundo. Debes pues reconocerlas como buenas y de gran precio para tu vida cristiana. Sólo este reconocimiento positivo te hace capaz de abandonarlas correctamente y sin resentimiento.
 

Para abandonar a los seres y a las cosas, es preciso en primer lugar que las ames de verdad. Entonces al abandonarlas, mantendrás con ellas relaciones de gran intensidad pues te sentirás libre respecto de ellas, y las amarás de verdad por sí mismas: “Lo que no ha sido nunca objeto de una decisión , porque no ha sido encontrado nunca de verdad, no puede ser tampoco abandonado mediante una decisión libre”  (K[i]AL RAHNER).
 

Es preciso que el abandono de las personas y de las cosas sea objeto de una elección y de una decisión verdadera.
 

Reconoces en este movimiento la estructura cristológica de la Encarnación redentora. Jesús asume toda la realidad del mundo y del hombre, pero todo esto lo supera en la cruz y en la muerte. Sólo pasando por una y otra se vuelven a encontrar todas estas realidades transfiguradas en la gloria.
 

El amor y el abandono de las cosas no son dos actitudes diferentes y yuxtapuestas, sino las dos fases de un único movimiento.

Leyendo el DIARIO de Santa Faustina Kowalska, (lo que ella decía al Señor y lo que Jesús, en su Infinita Misericordia le decía a esta alma escogida y la invitaba a escribirlo todo), uno palpa con asombro la belleza de la vida de Dios en las almas al mismo tiempo, goza de las maravillas que el Señor hace en sus elegidos al llamarlos para misiones concretas. Hoy voy a presentar algunos puntos a este respecto. Pongo el número de cada relación según aparece en su grueso diario, y esto hecho para ayuda de aquellos que quisieran acercarse a lo profundo de esta santa personalidad perdida en Cristo.
 

1576. Has de saber, hija Mía, que entre Yo y tú hay un abismo sin fondo que separa al Creador de la criatura, pero Mi misericordia nivela este abismo. Te elevo hasta Mi no por necesitarte, sino únicamente por misericordia te ofrezco la gracia de la unión.
 

1577. Diles a las almas que no pongan obstáculos en sus propios corazones a Mi misericordia que desea muchísimo obrar en ellos. Mi misericordia actúa en todos los corazones que le abren su puerta; tanto el pecador como el justo necesitan Mi misericordia. La conversión y la perseverancia son las gracias de Mi misericordia.
 

1578. Que las almas que tienden a la perfección adoren especialmente Mi misericordia. Deseo que estas almas se distingan por una confianza sin límites en Mi misericordia. Yo mismo me ocupo de la santificación de estas almas, les daré todo lo que sea necesario para su santidad.
 

Experiencias de Vida:
 

En las “Fioretti della Madre Teresa de Calcuta” de José Luis González-Balado, se lee como palabras propias de la Beata Madre Teresa:
 

“En nuestra Congregación estábamos acostumbradas a tener la adoración eucarística una vez a la semana. Después decidimos tenerla cada día. Nuestro trabajo es mucho, pero –no obstante esto–, decidimos tener la adoración todos los días. Si bien, he tenido la oportunidad de comprobar que –a partir de aquel momento–, nuestro amor por Jesús ha venido a ser más comprensivo y nuestro amor por los pobres es más generosos. Y se han doblado las vocaciones. Dios nos ha bendecido con muchas, muchísimas vocaciones”.


Juan Carlos Giojelli, periodista, preguntó a Madre Teresa:

 

–¿Cuál es su fuerza?

–La santa Comunión.

–¿Quién ha sido su maestro?

–Jesús . Solo Jesús. Siempre Jesús. Es Él el maestro.

–Cuando reza, ¿qué cosa pide a Dios?

–Que haga de mí lo que Él quiera.

–¿Qué son para la Madre Teresa de Calcuta el dolor y el sufrimiento?

–El sufrimiento es condividir  la Pasión de Cristo.