VEN Y VERÁS  * NÚMERO 47 

 

Ora para que descubras la voluntad de Dios sobre ti sin posibles ilusiones.

Luego permanece disponible y abandonado entre las manos del Padre.

 

Has escuchado la llamada de Jesús para que le sigas y has aceptado claramente la llamada del amor, sirviéndole en pobreza y humildad totales. Como Pablo, deseas la verdadera sabiduría: “Pues no quise saber entre vosotros, sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor. 2, 2).Es normal, pues, que experimentes en ti un gran combate entre este deseo de amar de verdad a Cristo y el de hacer tu propia voluntad.

En tu vida, todo se reduce, en definitiva, a descubrir esta voluntad de Dios y a cumplirla: “No son los que dicen Señor, Señor, los que entrarán en el Reino, sino aquellos que hacen la voluntad de mi Padre”. En absoluto, deseas acercarte lo más posible a Cristo en su pobreza total, pero no sabes con exactitud que forma particular de pobreza espera de ti Cristo. Lo que es bueno y perfecto en sí mismo, no lo es necesariamente para ti. Esperas, pues, en la oración asidua que Dios te revele lo que impide en ti una entrega total y verdadera. Lo importante no es lo que tú decides abandonar por Dios, sino lo que Él quiere que tú abandones por Él.

 

Y es ahí donde pueden infiltrarse las ilusiones en medio de las mejores intenciones. Te sucede que piensas que lo mejor para ti es lo más difícil. Lo que importa, no es que el despegarse de algo o una actividad te repugne o te guste, sino que exija más amor. Si, después de haber orado largo rato, examinas esta obra en paz y en la confianza , como voluntad de Dios para ti, es una señal clara de que Dios te llama a responder generosamente a ella. Ten la seguridad de que si oras de verdad y confías en el tiempo que es un factor de primera importancia para una decisión, Dios te mostrará lo que espera de ti.

 

Es el momento de ponerte ante la obra del Espíritu Santo en ti. Considera con sencillez los dones recibidos de Dios en las diversas etapas de tu vida, las llamadas escuchadas a través de los acontecimientos y las personas. Trata de descubrir la vocación que Dios va dibujando en ti y que debe aparecer como una línea ondulada. Todo hombre lleva un misterio en su alma, su propio misterio, que es el de su nombre particular. Toda su angustia en este mundo es conocer ese nombre. Sólo Cristo puede revelar al hombre el misterio de su nombre en su propio Corazón de Hijo de Dios, donde se despertó eternamente al ser, en el corazón del Padre.

 

Mira al mismo tiempo en qué medida has sido fiel a esta llamada de Dios. Muy a menudo has utilizado sus dones para que sirvieran a tus puntos de vista personales, aún en el caso de que fuesen buenos en sí. Lo que vislumbras, ¿es un don de Dios, o una construcción que depende de ti ¡Cuántas ilusiones en tus deseos de santidad y tus actividades de servicio de los demás!

Cuidado, no te entregues a consideraciones racionales, sino déjate interpelar en el fondo de tu ser. Eres tú el interpelado por esta voluntad de Dios.

 

De aquí la necesidad de una oración intensa y prolongada para que encuentres el rostro del Espíritu Santo. Repite a Cristo el deseo de no ser más que una cosa con la voluntad de Dios. Sólo la oración puede purificar tus motivaciones profundas y hacer aparecer en el gran día las intenciones de tu corazón.

 

No te sorprendas entonces si experimentas tu gran pobreza que te reduce a ser maleable y dócil entre las manos de Dios. Eres un poco de tierra en el hueco de la mano de Dios y pides al soplo del Espíritu que venga para que te modele a imagen del Hijo. Es una situación inconfortable, pues no se trata ya de decidir por ti mismo el evitar tal cosa o emprender tal otra, sino abandonarte pura y simplemente en las manos de Dios, para dejarte hacer por Él.

 

Te abandonas entre las manos de Dios con una indiferencia total. Es la disponibilidad fundamental que asegura la concordancia de tu vida de “hombre” con el designio de Dios. En el fondo, aceptas el abandonarlo todo para seguir a Cristo, pero renuncias a decidir por ti mismo.

 

Con seres desposeídos así de sí mismos, Dios puede hacer santos. Para llegar a esta disposición, que es difícil, pues toca las raíces más profundas de tu libertad, es evidente que la oración es más necesaria que nunca. Sólo Cristo puede venir a enseñarte y darte la fuerza necesaria para ofrecerte así a Dios en el mayor de los sacrificios. Él mismo te ha abierto el camino en su Pascua. Lee a menudo la oración de abandono de Charles de Foucauld: “Padre mío, yo me abandono a Vos, haced de mí lo que gustéis. Cualquier cosa que hagáis de mí, yo os doy las gracias. Estoy pronto para todo, acepto todo.”

(Adaptación de algún punto de textos del libro “ORA a tu PADRE” Jean Lafrance ).


 


 

   Recordando a Medjugorje... 

 

El 25 de junio 2004, recordábamos el 23 aniversario de la primera aparición de la Santísima Virgen en Medjugorje. Y después de 23 años, continúa en ese pequeño pueblo de Bosnia Erzegovina, un fenómeno inexplicable y misterioso, la cotidiana manifestación de la Virgen Santísima, María, a unos videntes.

 

Usamos abiertamente la palabra “aparición”, pero sabemos que se debería decir “presunta” aparición, en cuanto que la Iglesia, –único órgano competente para el juicio de estos hechos–, todavía no ha expresado claramente su parecer favorable definitivo. Pero tampoco ha dado ni expresado ningún parecer negativo. Está todo en estudio, pero todos los elementos favorables a su autenticidad aumentan con el pasar del tiempo. Y el hecho que continúe 23 años y mantenga su frescura y actualidad, hace reflexionar. Las numerosísimas gracias que muchísimas personas han recibido en Medjugorje son signos indudables de una presencia sobrenatural. La afluencia de la gente es continua; millones y millones de peregrinos se han acercado a esta localidad e Medjugorje para rezar.

 

Las apariciones sobrenaturales tienen un fin preciso: dar un signo, llevar una ayuda a la humanidad, a fin de que en el tiempo de la prueba, no haya dispersión y falta de unidad. Cada vez que ha habido apariciones de la Virgen Santísima, vemos que se caracterizan por un mensaje que anuncia e interpreta las dificultades del período histórico en que suceden. Así, por ejemplo:

 

En Lourdes, la Virgen dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Era el año 1858. El mundo se estaba abriendo al progreso científico, estábamos frente a los peligros del materialismo, de la negación del sobrenatural, y la Virgen –presentándose con aquel título, que reflejaba el dogma que hacía poco había proclamado el Papa–, reclamaba a realidades que huyen de la razón, reclamaba al Reino de Dios, a la vida eterna, a la presencia de Dios en el mundo.

 

En Fátima, en el 1917, la Virgen dijo: “Yo soy Nuestra Señora del Rosario”. Y su mensaje era una fuerte llamada a la oración para afrontar las terribles dificultades que se percibían venir en el horizonte. La Virgen habló explícitamente del comunismo ateo, que todavía no había nacido en Rusia, y de los errores que habría esparcido por el mundo. Sabemos cuánto haya sido profético y concreto este mensaje.

 

Desde el principio, el mensaje de Medjugorje, fue centrado en la “paz”. “Paz, paz, paz, reconciliaos”. Pocos días después muchas personas vieron la palabra “mir”, –que significa paz–, en el cielo de Medjugorje. La palabra paz se encuentra continuamente en los mensajes de la Señora de Medjugorje.

 

Este pueblo estaba entonces, bajo el régimen comunista. Muchos pueblos no gozaban de libertad, de autonomía, y aunque los derechos humanos no eran respetados, todo ello no anunciaba guerras. Pero, como siempre ha sucedido, las apariciones miran siempre el futuro. La Virgen hablaba de paz, porque sabía cuán necesaria era. Y sus palabras han resultado tremendamente proféticas. Lo sabemos nosotros, ahora, a la distancia de 23 años. El mundo se ha manchado de sangre por guerras fratricidas terribles. Todavía hoy encontramos actualizadas unas cincuenta olvidadas guerras que hacen correr ríos de sangre. La invitación de la Virgen de Medjugorje provenía de una visión del futuro que puede ser entendida solamente admitiendo que estos fenómenos tienen un auténtico origen sobrenatural.

 

“María nos invita a alcanzar y permanecer siempre conscientes que nosotros sobre la tierra somos peregrinos y que venimos del Amor de Dios.

 

Dios nos ha querido en este tiempo, en este siglo, en este País, en esta familia, allá donde estamos, con los dones que nos ha dado; pero nos ha dejado también la libertad de hacer nuestra elección , por la vida eternas.


Para llegar a formar y alcanzar esta conciencia, la Virgen María, Nuestra Madre, nos dice:

“¡Hijos, estad abiertos al Amor de Dios!”
 

P. Slavko Barbaric